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San Martín en Chile:
El Combate de Chacabuco.
Para
alcanzar el objetivo que San Martín
se había fijado, era necesario cruzar las altas
cumbres durante el mes de enero de 1817 y de esta forma,
libertar al pueblo chileno. Las fuerzas que integran el
Ejército de
los Andes realizaron esta hazaña divididas en dos
columnas principales, una a órdenes del brigadier
general Estanislao Soler por el camino de los Patos,
detrás de ésta iría el general San Martín y el
brigadier O’Higgins; y la otra a órdenes del general
Juan Gregorio Las Heras que se realizaría por el camino
de Uspallata. Estas columnas debían apoyarse mutuamente
y reunirse en el desemboque del río Aconcagua. La
intención del Libertador era seguir avanzando hacia la
cuesta de Chacabuco, donde tenía previsto una gran
batalla de aniquilamiento. A pesar de los múltiples
inconvenientes y
complicaciones, el Ejército Expedicionario logró
atravesar 5000 metros de altura en un frente de casi
1000 kilómetros reagrupándose en territorio chileno
entre los días 6 y 8 de febrero de 1817.
Entrada la
noche del 11 de febrero, el Ejército de los Andes acampó
al pie de la cuesta de Chacabuco, sin que los enemigos
pudiesen descubrir, a ciencia cierta, la posición que
ocupaban. Informado San Martín que los realistas se habían
fortificado en la angostura donde se encontraba el caserío
La Hacienda, dio orden de iniciar el despliegue
preparatorio para la batalla. La división del general
Soler entró por los cerros de la derecha y la división
de O’ Higgins emprendió la ascensión
de la cuesta. O’Higgins emprendió la ascensión
de la cuesta.
O’Higgins, omitiendo cumplir las órdenes
que impartiera San Martín o quizás violándolas por su
cuenta, en su afán de ser protagonista decisivo de la
batalla en su propio país, hizo ascender toda la
columna y temiendo que otro le arrebatase un triunfo que
creía fácil con sólo “atropellar”, descendió la
cuesta como un torrente y fue a estrellarse contra los
realistas.
Maroto, jefe de las tropas realistas, había
ubicado a sus hombres en el descenso de la cuesta,
ocupando el declive de un cerro que se cerraba en una
angostura por su derecha; en este barranco colocó su
artillería, cubrió su retaguardia con los dragones del
Coronel Morgado y los carabineros de Abascal liderados
por el coronel Quintanilla. O’Higgins notó muy pronto
el grave error que había cometido y la posibilidad real
de comprender la batalla. En efecto, los realistas
rechazaron la acción y efectuaron un violento
contraataque empleando dos cuerpos de infantería. San
Martín, en el colmo de la angustia, creyó, por un
momento, que la jornada estaba perdida, y desde la
cuesta trajo la reserva al campo de batalla. Nada sabía
de la división Soler; no alcanzaba siquiera a percibir
la cabeza de sus columnas. Le enviaba avisos sobre
avisos para que actuara
cuanto antes sobre el flanco enemigo, porque los cuerpos
de Crámer y de Conde, (8 y 7) se sostenían en
prodigios de bravura;
los granaderos a caballo, a su vez, no habían podido
operar sobre la línea de Maroto, fracasando en las dos
tentativas que habían hecho, a causa del terreno
impracticable en que O’Higgins los había
comprometido. Al oír el nutrido tiroteo, las descargas
y el fuego de la artillería que tenía lugar sobre su
izquierda, el general Soler veía con una profunda
ansiedad que la batalla se había comprometido a
destiempo, y que el éxito dependía de que él pudiera
llegar, cuanto antes, sobre flanco enemigo,; así es
que, puesto a la cabeza de la columna, no cesaba de
repetir sus voces, Al fuego, muchachos!, Al fuego!,
avanzando al trote de su caballo, seguido de los
batallones que , a toda prisa, corrían también en la
misma dirección por entre barrancos y precipicios. De
improviso se encuentra en una quebrada sin salida,; el
comandante Alvarado avisa que no puede pasar. Acude el
general y se indigna con los guías.
Estos se excusan por la premura en que los habían
puesto y vacilan...
Y la Loca...? La loca, de pie en una eminencia
cercana, gritaba: Por aquí! por aquí!... Siguen sus
indicaciones y pasan las columnas convergiendo sobre el
campo de batalla. Sube el general Soler a una meseta de
donde domina el flanco izquierdo de la posición de
Maroto. Una sola ojeda le basta para hacerse cargo de lo
crítico del momento, e indignado de que el general O’
Higgins hubiere procedido sin tenerlo en consideración,
trata de reparar la falta cometida. Llevaba la cabeza de
la columna el batallón de cazadores a las órdenes de
Alvarado y, en el momento, el capitán
de la primera compañía, don Lucas Salvadores,
recibe orden de descolgarse sobre el flanco de los
realistas, siguiéndolo por allí las demás fuerzas de
infantería; al mismo tiempo que, por debajo de la
pendiente, entraba en acción, sobre el mismo flanco, el
coronel don Mariano Necochea -el Murat argentino- a la
cabeza de sus granaderos a caballo. La acción toma en
el instante otro carácter. El enemigo abre su flanco
derecho por la turbación que sufría línea en el
izquierdo.
El coronel Zapiola penetra por allí con
otros tres escuadrones de granaderos a caballo;
acuchilla la caballería realista y ocupa la retaguardia
del caserío, al mismo tiempo que la columna de O’Higgins,
bajo las órdenes, ahora, del general San Martín, y
reforzada por la reserva, acomete de frente llevándose
todo por delante. La persecución fue tan tenaz que no
se salvó ningún cuerpo
de las fuerzas del general Maroto que no quedase
deshecho o prisionero y, de todas ellas, no pudo
rehacerse ni una compañía siquiera, que consiguiese
incorporarse, organizada, a las fuerzas que venían del
sur, a toda prisa, para defender la capital. Decidida y
terminada la batalla, a eso de la una del día, el
general San Martín, sentado en un tosco madero a la
sombra de una frondosa
y soberbia patagua, descansaba de la fatiga y conversaba
con Arcos, con Alvarez Condarco, sus edecanes y otros
muchos oficiales que venían a saludarlo. Al recibirlos,
con la jovialidad que le era natural en estos casos, notó
con sumo disgusto que algo muy grave paaba entre los
generales Soler y O’ Higgins. El primero traía el
rostro visiblemente enfadado y siniestro. Dio la mano a
todos los compañeros que se apresuraron a felicitarlo
por su oportuna aparición en el campo de batalla, menos
a O’Higgins, marcando bien la voluntad que tenía de
ofenderlo con este desaire. O’Higgins lo notó también,
produciéndose con esto un incidente que, aunque mudo y
contenido, perturbó visiblemente la cordialidad de la
reunión. San Martín se puso de pie, levantó una copa
de vino, y dijo: Señores: a los bravos de la derecha y
a los bravos del frente!. Todos aplaudieron: y sin dar
tiempo a más, con aquella sagacidad y viveza de
percepción con que sabía obrar en los momentos difíciles,
agregó tomando el tono oficial del mando: General
Soler: póngase Vuestra Señoría al mando de la
vanguardia, con toda su división, incorporando los
cuatro escuadrones de granaderos a caballo y ordene
Vuestra Señoría que la persecucuión no pase del
portezuelo de Colina, porque las tropas enemigas que
quedan al sur, estén concentrándose ahora en Santiago
para presentarnos otra batalla.
¿
Otra batalla, señor general? dijo O`Higgins.
Es natural. Abandonarnos la capital quedándoles todavía
intactas las fuerzas que tienen al sur -los tres
escuadrones de Barañao, los batallones de Chile y de
Chillán, el de la Palma y quince cañones que pueden
mover con 300 artilleros- me parece que sería el colmo
de la imbecilidad.
Han de aventurar otra batalla, porque
si se retiraran ahora, tendrían que replegarse a
Concepción; todo quedaría perdido para ellos y tendríamos
el país entero con nosotros.
General, Vuestra Excelencia no los conoce...
Los jefes presentes se sorprendieron al oír esta
observación, que les pareció impertinente.
Creo, señor general, agregó O`Higgins, que estamos
hablando entre amigos, ¿no es cierto?
¡Por supuesto! contestó San Martín, dando una forma
llana y fácil a sus palabras.
Pues en este caso, me permito insistir en que no hemos
de tener otra batalla...
Si vuestra excelencia quiere, prometo a marchar sobre
Santiago y ocuparlo mañana al amanecer.
Puesto que la conversación es amistosa, señor general
-dijo Soler- yo me permitiré opinar como Vuestra Señoría
y decirle que si Vuestra Excelencia me retira el honroso
puesto de dirigir la vanguardia para encargarselo al señor
general O`Higgins, que parece desearlo, cuide Vuestra
Excelencia de que una fuerte división pueda operar de
flanco en el momento oportuno y bien apercibida de lo
que pueda ocurrir en esta noche.
¡Señor general Soler! dijo O`Higgins.
¡Explique Vuestra Señoría si esas palabras tienen
doble sentido!
Tienen, señor general O`Higgins, el que Vuestra Señoría
les ha dado.
¡General! dijo San Martín incorporándose con ademán
supremo. !Vuestra Señoría acaba de recibir una orden
perentoria y urgente! Marche Vuestra Señoría a
cumplirla. Los momentos son preciosos; y ya que Vuestra
Señoría sabe lo que preveo, obre del modo conveniente
para que el enemigo no lo encuentre desprevenido.
Soler era entonces un hombre de treinta años a lo más.
Era el oficial de talla más elevada y más arrogante
del Ejército Argentino. Derecho y esbelto como un álamo,
militar consumado en su andar, en la severidad de su
gesto y en la cortesía reservada de sus modales, pasaba
por ser el más entendido de los jefes de división que
tenía entonces nuestro Ejército. En la reciente campaña,
había desempeñado la importante parte que le había
encargado el General en Jefe con una habilidad notoria y
con una competencia de primera clase.
El rompimiento del general Soler con el general
O`Higgins, la intransigente soberbia de su carácter y
la idea que el primero se había formado de la poca
capacidad del segundo, iban a ser causa de su separación
del Ejército de los Andes, en cuanto O`Higgins ocupase
en Chile el puesto de supremo Director del Estado que le
estaba destinado por los propósitos políticos y
necesarios del general San Martín.
Ambos jefes eran ya incompatibles en el Ejército de los
Andes.
Entretanto, era cierto que cuando el general San Martín
preveía, con buen juicio, una nueva batalla, y se
preparaba a ganarla, el coronel Barrañao, recién
llegado a Santiago, promovía la necesidad de tentar ese
nuevo ataque y de caer esa misma noche sobre los
argentinos.
En una reunión de jefes prevaleció el parecer de que
la operación era aventurada; porque no podía suponerse
que se tomara desprevenidos a jefes de tanta importancia
y experiencia como los que habían ejecutado la invasión
y ganado la batalla de Chacabuco.
La escena anterior puso preocupado al general San Martín;
y aunque procuraban disimularlo, todos estaban también
mas o menos afectados por el sinsabor que causan siempre
los incidentes de este género.
¡Las Heras! dijo el general sentandose de nuevo, Téngame
al corriente de lo que pasa entre O`Higgins y Soler y
trate de aquietarlo, hasta que entremos a Santiago.
¿Me permite Vuestra Excelencia una simple observación?
¿Como no?
Entonces suplicaré a Vuestra Excelencia que no me
encargue ese cuidado.
No tengo ninguna intimidad con el señor general Soler y
no deseo rozarme con él sino en cosas del servicio. Por
lo demás estoy cierto que el señor general Soler no se
ocupará por ahora de otra cosa que de cumplir las órdenes
que Vuestra Excelencia le ha dado.
En la tarde del 12 de Febrero, que tan glorioso día había
sido para el Ejercito Argentino, el general Soler
ocupaba el portezuelo de Colina. Establecido allí con
toda la vanguardia, hizo replegar al coronel Necochea,
que había llevado una tenaz persecución hasta dos
leguas más adelante.
Esta persecución había sido terrible para los
vencidos. Porque, se recordará que la caballería
argentina al mando de Zapiola por la izquierda y de
Necochea por la derecha, había penetrado hasta tomar
posesión de la retaguardia realista, al mismo tiempo
que Soler doblaba el flanco izquierdo del enemigo, y que
la división de O`Higgins dirigida por el general en
jefe rehacía sus columnas al favor de esos movimientos
y lo arrollaba por el frente. Con esto los enemigos habían
perdido su formación y se habían declarado en una
derrota espantosa. Pero, al huir hacia la cuidad, en el
más completo desorden y confusión, habían encontrado
que los granaderos a caballo les cerraban el paso; y
como les faltara ya la disciplina, al marchar así,
revueltos en grandes grupos, se permitían algunos la
imprudencia de hacer fuego, para abrirse camino; de modo
que los granaderos a caballo, lanzados a fondo, los
sablearon por mas de cuatro leguas en los callejones de
la vía, dejando detrás de sí una enorme cantidad de
enemigos muertos, heridos y prisioneros, sin que
alcanzaran a salvarse, sino algunos pocos fugitivos que,
trepándose a los cerros o escondiéndose en las
asperezas, lograron sustraerse por el momento al sable
de los vencedores, pero no salvarse de caer en sus
manos, hora más hora menos.

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