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13:: San Martín en Chile: El Combate de Chacabuco.

Para alcanzar el objetivo que San Martín  se había fijado, era necesario cruzar las altas cumbres durante el mes de enero de 1817 y de esta forma, libertar al pueblo chileno. Las fuerzas que integran el Ejército  de los Andes realizaron esta hazaña divididas en dos columnas principales, una a órdenes del brigadier general Estanislao Soler por el camino de los Patos, detrás de ésta iría el general San Martín y el brigadier O’Higgins; y la otra a órdenes del general Juan Gregorio Las Heras que se realizaría por el camino de Uspallata. Estas columnas debían apoyarse mutuamente y reunirse en el desemboque del río Aconcagua. La intención del Libertador era seguir avanzando hacia la cuesta de Chacabuco, donde tenía previsto una gran batalla de aniquilamiento. A pesar de los múltiples inconvenientes  y complicaciones, el Ejército Expedicionario logró atravesar 5000 metros de altura en un frente de casi 1000 kilómetros reagrupándose en territorio chileno entre los días 6 y 8 de febrero de 1817.

 Entrada la noche del 11 de febrero, el Ejército de los Andes acampó al pie de la cuesta de Chacabuco, sin que los enemigos pudiesen descubrir, a ciencia cierta, la posición que ocupaban. Informado San Martín que los realistas se habían fortificado en la angostura donde se encontraba el caserío La Hacienda, dio orden de iniciar el despliegue preparatorio para la batalla. La división del general Soler entró por los cerros de la derecha y la división de O’ Higgins emprendió la ascensión  de la cuesta. O’Higgins emprendió la ascensión de la cuesta.

 O’Higgins, omitiendo cumplir las órdenes que impartiera San Martín o quizás violándolas por su cuenta, en su afán de ser protagonista decisivo de la batalla en su propio país, hizo ascender toda la columna y temiendo que otro le arrebatase un triunfo que creía fácil con sólo “atropellar”, descendió la cuesta como un torrente y fue a estrellarse contra los realistas.

 Maroto, jefe de las tropas realistas, había ubicado a sus hombres en el descenso de la cuesta, ocupando el declive de un cerro que se cerraba en una angostura por su derecha; en este barranco colocó su artillería, cubrió su retaguardia con los dragones del Coronel Morgado y los carabineros de Abascal liderados por el coronel Quintanilla. O’Higgins notó muy pronto el grave error que había cometido y la posibilidad real de comprender la batalla. En efecto, los realistas rechazaron la acción y efectuaron un violento contraataque empleando dos cuerpos de infantería. San Martín, en el colmo de la angustia, creyó, por un momento, que la jornada estaba perdida, y desde la cuesta trajo la reserva al campo de batalla. Nada sabía de la división Soler; no alcanzaba siquiera a percibir la cabeza de sus columnas. Le enviaba avisos sobre avisos para que  actuara cuanto antes sobre el flanco enemigo, porque los cuerpos de Crámer y de Conde, (8 y 7) se sostenían en prodigios de  bravura; los granaderos a caballo, a su vez, no habían podido operar sobre la línea de Maroto, fracasando en las dos tentativas que habían hecho, a causa del terreno impracticable en que O’Higgins los había comprometido. Al oír el nutrido tiroteo, las descargas y el fuego de la artillería que tenía lugar sobre su izquierda, el general Soler veía con una profunda ansiedad que la batalla se había comprometido a destiempo, y que el éxito dependía de que él pudiera llegar, cuanto antes, sobre flanco enemigo,; así es que, puesto a la cabeza de la columna, no cesaba de repetir sus voces, Al fuego, muchachos!, Al fuego!, avanzando al trote de su caballo, seguido de los batallones que , a toda prisa, corrían también en la misma dirección por entre barrancos y precipicios. De improviso se encuentra en una quebrada sin salida,; el comandante Alvarado avisa que no puede pasar. Acude el general y se indigna con los guías.  Estos se excusan por la premura en que los habían puesto y vacilan...   Y la Loca...? La loca, de pie en una eminencia cercana, gritaba: Por aquí! por aquí!... Siguen sus indicaciones y pasan las columnas convergiendo sobre el campo de batalla. Sube el general Soler a una meseta de donde domina el flanco izquierdo de la posición de Maroto. Una sola ojeda le basta para hacerse cargo de lo crítico del momento, e indignado de que el general O’ Higgins hubiere procedido sin tenerlo en consideración, trata de reparar la falta cometida. Llevaba la cabeza de la columna el batallón de cazadores a las órdenes de Alvarado y, en el momento, el capitán  de la primera compañía, don Lucas Salvadores, recibe orden de descolgarse sobre el flanco de los realistas, siguiéndolo por allí las demás fuerzas de infantería; al mismo tiempo que, por debajo de la pendiente, entraba en acción, sobre el mismo flanco, el coronel don Mariano Necochea -el Murat argentino- a la cabeza de sus granaderos a caballo. La acción toma en el instante otro carácter. El enemigo abre su flanco derecho por la turbación que sufría línea en el izquierdo.

 El coronel Zapiola penetra por allí con otros tres escuadrones de granaderos a caballo; acuchilla la caballería realista y ocupa la retaguardia del caserío, al mismo tiempo que la columna de O’Higgins, bajo las órdenes, ahora, del general San Martín, y reforzada por la reserva, acomete de frente llevándose todo por delante. La persecución fue tan tenaz que no se salvó ningún  cuerpo de las fuerzas del general Maroto que no quedase deshecho o prisionero y, de todas ellas, no pudo rehacerse ni una compañía siquiera, que consiguiese incorporarse, organizada, a las fuerzas que venían del sur, a toda prisa, para defender la capital. Decidida y terminada la batalla, a eso de la una del día, el general San Martín, sentado en un tosco madero a la sombra de una  frondosa y soberbia patagua, descansaba de la fatiga y conversaba con Arcos, con Alvarez Condarco, sus edecanes y otros muchos oficiales que venían a saludarlo. Al recibirlos, con la jovialidad que le era natural en estos casos, notó con sumo disgusto que algo muy grave paaba entre los generales Soler y O’ Higgins. El primero traía el rostro visiblemente enfadado y siniestro. Dio la mano a todos los compañeros que se apresuraron a felicitarlo por su oportuna aparición en el campo de batalla, menos a O’Higgins, marcando bien la voluntad que tenía de ofenderlo con este desaire. O’Higgins lo notó también, produciéndose con esto un incidente que, aunque mudo y contenido, perturbó visiblemente la cordialidad de la reunión. San Martín se puso de pie, levantó una copa de vino, y dijo: Señores: a los bravos de la derecha y a los bravos del frente!. Todos aplaudieron: y sin dar tiempo a más, con aquella sagacidad y viveza de percepción con que sabía obrar en los momentos difíciles, agregó tomando el tono oficial del mando: General Soler: póngase Vuestra Señoría al mando de la vanguardia, con toda su división, incorporando los cuatro escuadrones de granaderos a caballo y ordene Vuestra Señoría que la persecucuión no pase del portezuelo de Colina, porque las tropas enemigas que quedan al sur, estén concentrándose ahora en Santiago para presentarnos otra batalla.

¿ Otra batalla, señor general? dijo O`Higgins.
Es natural. Abandonarnos la capital quedándoles todavía intactas las fuerzas que tienen al sur -los tres escuadrones de Barañao, los batallones de Chile y de Chillán, el de la Palma y quince cañones que pueden mover con 300 artilleros- me parece que sería el colmo de la imbecilidad.

 Han de aventurar otra batalla, porque si se retiraran ahora, tendrían que replegarse a Concepción; todo quedaría perdido para ellos y tendríamos el país entero con nosotros.

General, Vuestra Excelencia no los conoce...

Los jefes presentes se sorprendieron al oír esta observación, que les pareció impertinente.

Creo, señor general, agregó O`Higgins, que estamos hablando entre amigos, ¿no es cierto?

¡Por supuesto! contestó San Martín, dando una forma llana y fácil a sus palabras.

Pues en este caso, me permito insistir en que no hemos de tener otra batalla...

Si vuestra excelencia quiere, prometo a marchar sobre Santiago y ocuparlo mañana al amanecer.

Puesto que la conversación es amistosa, señor general -dijo Soler- yo me permitiré opinar como Vuestra Señoría y decirle que si Vuestra Excelencia me retira el honroso puesto de dirigir la vanguardia para encargarselo al señor general O`Higgins, que parece desearlo, cuide Vuestra Excelencia de que una fuerte división pueda operar de flanco en el momento oportuno y bien apercibida de lo que pueda ocurrir en esta noche.

¡Señor general Soler! dijo O`Higgins.

¡Explique Vuestra Señoría si esas palabras tienen doble sentido!
Tienen, señor general O`Higgins, el que Vuestra Señoría les ha dado.

¡General! dijo San Martín incorporándose con ademán supremo. !Vuestra Señoría acaba de recibir una orden perentoria y urgente! Marche Vuestra Señoría a cumplirla. Los momentos son preciosos; y ya que Vuestra Señoría sabe lo que preveo, obre del modo conveniente para que el enemigo no lo encuentre desprevenido.

Soler era entonces un hombre de treinta años a lo más. Era el oficial de talla más elevada y más arrogante del Ejército Argentino. Derecho y esbelto como un álamo, militar consumado en su andar, en la severidad de su gesto y en la cortesía reservada de sus modales, pasaba por ser el más entendido de los jefes de división que tenía entonces nuestro Ejército. En la reciente campaña, había desempeñado la importante parte que le había encargado el General en Jefe con una habilidad notoria y con una competencia de primera clase.

El rompimiento del general Soler con el general O`Higgins, la intransigente soberbia de su carácter y la idea que el primero se había formado de la poca capacidad del segundo, iban a ser causa de su separación del Ejército de los Andes, en cuanto O`Higgins ocupase en Chile el puesto de supremo Director del Estado que le estaba destinado por los propósitos políticos y necesarios del general San Martín.

Ambos jefes eran ya incompatibles en el Ejército de los Andes.

Entretanto, era cierto que cuando el general San Martín preveía, con buen juicio, una nueva batalla, y se preparaba a ganarla, el coronel Barrañao, recién llegado a Santiago, promovía la necesidad de tentar ese nuevo ataque y de caer esa misma noche sobre los argentinos.

En una reunión de jefes prevaleció el parecer de que la operación era aventurada; porque no podía suponerse que se tomara desprevenidos a jefes de tanta importancia y experiencia como los que habían ejecutado la invasión y ganado la batalla de Chacabuco.

La escena anterior puso preocupado al general San Martín; y aunque procuraban disimularlo, todos estaban también mas o menos afectados por el sinsabor que causan siempre los incidentes de este género.

¡Las Heras! dijo el general sentandose de nuevo, Téngame al corriente de lo que pasa entre O`Higgins y Soler y trate de aquietarlo, hasta que entremos a Santiago.

¿Me permite Vuestra Excelencia una simple observación?

¿Como no?

Entonces suplicaré a Vuestra Excelencia que no me encargue ese cuidado.

No tengo ninguna intimidad con el señor general Soler y no deseo rozarme con él sino en cosas del servicio. Por lo demás estoy cierto que el señor general Soler no se ocupará por ahora de otra cosa que de cumplir las órdenes que Vuestra Excelencia le ha dado.

En la tarde del 12 de Febrero, que tan glorioso día había sido para el Ejercito Argentino, el general Soler ocupaba el portezuelo de Colina. Establecido allí con toda la vanguardia, hizo replegar al coronel Necochea, que había llevado una tenaz persecución hasta dos leguas más adelante.

Esta persecución había sido terrible para los vencidos. Porque, se recordará que la caballería argentina al mando de Zapiola por la izquierda y de Necochea por la derecha, había penetrado hasta tomar posesión de la retaguardia realista, al mismo tiempo que Soler doblaba el flanco izquierdo del enemigo, y que la división de O`Higgins dirigida por el general en jefe rehacía sus columnas al favor de esos movimientos y lo arrollaba por el frente. Con esto los enemigos habían perdido su formación y se habían declarado en una derrota espantosa. Pero, al huir hacia la cuidad, en el más completo desorden y confusión, habían encontrado que los granaderos a caballo les cerraban el paso; y como les faltara ya la disciplina, al marchar así, revueltos en grandes grupos, se permitían algunos la imprudencia de hacer fuego, para abrirse camino; de modo que los granaderos a caballo, lanzados a fondo, los sablearon por mas de cuatro leguas en los callejones de la vía, dejando detrás de sí una enorme cantidad de enemigos muertos, heridos y prisioneros, sin que alcanzaran a salvarse, sino algunos pocos fugitivos que, trepándose a los cerros o escondiéndose en las asperezas, lograron sustraerse por el momento al sable de los vencedores, pero no salvarse de caer en sus manos, hora más hora menos.