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El
Recodo de la muerte
Aún
hoy día se recuerda a los turistas el punto denominado
otrora "el recodo de la muerte", por las
desgracias frecuentísimas que tenían lugar en esa
curva.
En
1825 la cruzó el capitán F. Bond Head y se hizo eco de
la tradición de cómo la arriada de mulas pasaba con
temor y temblor por aquel punto: "cuando doblaron
por la senda torcida, los colores diferentes de los
animales, los diferentes colores del equipaje que conducían,
con la ropa pintoresca de los peones que vociferaban el
extraño canto con que arrean las mulas, y la vista del
peligroso paso que debían trasponer, formaban en
conjunto un espectáculo interesantísimo.
"Así
que la mula delantera llegó al comienzo del paso, se
paró, resistiéndose claramente a seguir, y es natural
que todas las demás se detuvieran también.
"Era
la mula más linda que teníamos y, por eso, se la había
cargado con doble peso que a las otras; su carga nunca
había sido aliviada y se componía de cuatro maletas,
dos que me pertenecían a mí y contenían no solamente
una pesadísima talega de duros, sino también papeles
de tal importancia que difícilmente podría yo
continuar el viaje sin ellos. Los peones luego
redoblaron los gritos e inclinándose al costado de la
mula recogían piedras que tiraban a la mula delantera.
Con
la nariz en el suelo, literalmente olfateando el camino,
marchaban despacio, cambiando a menudo la posición de
sus patas, si encontraban flojo el terreno, hasta llegar
a la parte peor del paso, donde se volvió a parar, y
entonces empecé a mirar con grande ansiedad mis
maletas; pero los peones le volvieron a tirar pedradas y
ella siguió la senda y llegó con felicidad adonde yo
estaba; varias otras siguieron.
"Por
fin, la mulita portadora de una maleta con dos grandes
bolsas de víveres y muchas otras cosas, al pasar el mal
punto, golpeó la carga con la roca, con lo que las
patas traseras cayeron al precipicio, y las piedras
sueltas inmediatamente comenzaron a desmoronarse a su
contacto; sin embargo, la delantera se afirmó aún en
el estrecho sendero, donde no tenía sitio para su
cabeza, pero colocó el hocico en la senda, a la
izquierda y parecía sostenerse con la boca; su
peligroso destino se decidió pronto por una mulita
suelta que se acercó y, como venían detrás, golpeó
el hocico de su camarada, desplazándola; le hizo perder
el equilibrio y, patas arriba, la pobre criatura instantáneamente
empezó una caída realmente terrorífica.
Con
todo el equipaje, fuertemente amarrado, se precipitó
por la pendiente escarpada, hasta llegar a una parte
completamente perpendicular, y entonces pareció rebotar
y, dando vueltas en el aire, cayó de lomo y sobre la
carga en el torrente profundo. Al momento desapareció."
Tales
eran los caminos que, por espacio de más de veinte días,
tuvieron que recorrer los
soldados del más glorioso de nuestros ejércitos.
Nada extraño es, pues, que las bajas de vacunos y
caballares, y aun de mulas, fuera considerable.
Lo
extraño es que no hubiese sido inmensamente más
grande. Si se prescinde de los medios mecanizados, sería,
aun hoy día, una empresa nada fácil para un ejército,
cruzar la Cordillera, por el paso de Uspallata o por el
paso de los Patos.
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