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Punchauca
Pero
antes ocurrió una incidencia singular. El gobierno de
España había enviado comisionados a los países
disidentes de América para proponerles la pacificación
sobre la base de la constitución.
El
designado para actuar en el Perú fue el capitán de
fragata don Manuel Abreu, que arribó al campamento de
Huaura el 25 de marzo, y después de conferenciar
largamente con San Martín pasó a la capital donde hizo
conocer las instrucciones reales. La Serna, resuelto a
retirarse de Lima para resistir en el interior, debió
abrir las negociaciones, y a ellas accedió San Martín,
que acababa de estrechar el asedio y se había
presentado con gran parte de sus fuerzas en Ancón,
adonde las transportó por el mar.
Fernando
VII ofrecía el goce común de la constitución de 1812
para que renaciesen entre españoles y americanos las
relaciones de trescientos años y "las que
reclamaban las luces del siglo". La reunión de los
diputados de ambas partes se realizó en la hacienda de
Punchauca, cerca de Lima, a principios del mes de mayo;
pero el avenimiento no fue posible porque los americanos
expresaron no poder iniciar negociación alguna que no
fuese sobre la base de la independencia. Concertóse,
sin embargo, un armisticio y la celebración de una
entrevista de San Martín con La Serna, que se realizó
en Punchauca el 2 de junio.
Lo
que desarrolló allí San Martín ante el asombrado La
Serna fue nada menos que un magnífico plan de alta política
hispanoamericana: "Pasó el tiempo en que el
sistema colonial pudo
ser sostenido por España.
Sus
ejércitos se batirán con bravura tradicional de su
brillante historia militar; pero aun cuando pudiera
prolongarse la contienda, el éxito no puede ser
dudoso para millones de hombres dispuestos a ser
independientes y que servirán mejor a la humanidad y a
su país si en vez de ventajas efímeras pueden ofrecer
emporios de comercio, relaciones fecundas y de concordia
permanente entre los hombres de la misma raza, que
hablan la misma lengua y sienten igualmente el generoso
deseo de ser libres "
Y
enseguida propuso concretamente se nombrase una regencia
presidida por el propio La Serna e integrada por dos
corregentes designados por cada una de las partes, la
cual gobernaría independientemente al Perú, hasta que
llegase un príncipe de la casa real de España, a quien
se reconocería como monarca constitucional de la nueva
nación.
El
comandante español García Camba, presente en Punchauca,
anotó castizamente en sus Memorias que la inesperada
proposición era una verdadera zalagarda, y el
Libertador del Perú le diría años más tarde al
general Miller: "El general San Martín, que conocía
a fondo la política del gabinete de Madrid, estaba bien
persuadido que él no aprobaría jamás ese tratado;
pero como su principal objeto era el de comprometer a
los jefes españoles, como de hecho lo quedaban habiendo
reconocido la independencia, no tendrían otro partido
que tomar que el de unir su suerte al de la causa
americana "
San
Martín desconcertaba con meditada habilidad a quienes
procuraban avenirle a la propuesta constitucional; y el
exabrupto de la suya desvanecía del todo la esperanza
de lograr la paz por cualquier otro camino que no fuese
el de reconocer previamente la independencia. Era, por
otra parte, una manera de apurar el juego.
La
deposición de Pezuela por los jefes liberales
sublevados en Aznapuquio y resueltos a prolongar una
guerra cruel aunque estuviera prácticamente decidida,
le había sacado de las manos, puede decirse la
capitulación y la conferencia de Punchauca, realizada
por iniciativa del nuevo virrey en cumplimiento de las
reales instrucciones traídas por Abreu, le dio
oportunidad para tentarles con una fórmula de
pacificación que los colocaba en el trance difícil,
incluso en contradicción con sus principios, de
rechazar a un príncipe español al frente de una nación
soberana y a una monarquía constitucional que era su
propio sistema de asegurar el orden en la libertad.
Pero
La Serna pidió dos días para contestar; y en vez de
consultar con las corporaciones del Virreinato, como fue
su propósito inicial, se atuvo al consejo de los jefes
militares, que presintieron la celada: las instrucciones
del rey no consentían el compromiso de reconocer la
independencia; y llevar a Madrid la discusión de la
propuesta mientras quedaba un gobierno propio en el Perú,
así fuera una regencia mixta, era consumar en los
hechos la independencia.
No
hay duda que los jefes realistas del Perú vieron más
claro que el general O'Donojú, cuando Itúrbide le
propuso en Méjico el Plan de Iguala, tan semejante al
de San Martín en Punchauca, y cuya anticipada aceptación
fue repudiada por la metrópoli, pero determinó la
conclusión de la guerra y la definitiva independencia
mejicana.
La
respuesta del Virrey fue consiguientemente negativa, y
la evacuación de Lima comenzó de inmediato, aun antes
de concluido el armisticio que se concertó a raíz de
las negociaciones. El 6 de julio La Serna salía de la
capital rumbo a la Sierra a unirse con el general
Canterac, que se le había anticipado con el grueso del
ejército.
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