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El
oasis de los manantiales
Después
de referir cómo inició él el viaje el día 5 de
febrero de 1939, escribe que, al siguiente día, llegó
a las cercanías del río Patos, a un andarivel o
camino-cornisa, sobre la estrechura llamada Paso de San
Martín. "De aquí en adelante, -agrega Krumm-, el
camino tendría un nuevo interés y una nueva emoción;
recorrer la huella del genio de América.
Nos
detuvimos medio día en Las Hornillas y al amanecer del
siguiente continuamos nuestro viaje hacia el sud. Después
de cruzar el arroyo Aldeco y bordeando varios cerros de
pendientes escarpadas, llegamos, luego de seis leguas de
marcha, a una amplia planicie llamada Manantiales, el
lugar elegido (por San Martín) para establecer el depósito
de aprovisionamiento de víveres, reposición de ganado
y evacuación de heridos y enfermos, a cargo de 50
hombres durante la campaña de 1817. En las vegas de
buen pasto que lo circundan se ubicaron las reses,
destinadas al mantenimiento de la tropa.
"De
Manantiales, el camino toma
francamente la dirección Oeste, remontando el río
de Las Leñas, enfrentando la cordillera de La Ramada.
El camino se estrecha, y la marcha se hace pesada.
Durante todo el trayecto hay pasto y leña en
abundancia, no así en La Fría, donde hacemos alto a
las 16 hs., después de recorrer cinco leguas desde
Manantiales. "La falta de leña se convirtió en un
serio problema, pues no teníamos con qué hacer fuego
para calentar una pava para el mate.
Removiendo
el suelo, encontramos algunas "galletas" de
vacuno y pedazos de esas raíces llamadas "cuerno
de cabra", con lo que resolvimos el problema.
"Las
dificultades del camino aumentaron, a medida que subíamos;
los peones eran poco conocedores de la zona y la nieve
había cubierto toda huella. Desde el pie de la cumbre
hasta El Portillo, a 4.800 m., había que repechar más
de mil metros en una cuesta sumamente peligrosa. Poco
antes de llegar a la cumbre divisamos abajo a
nuestro compañero y a un peón que nos hacían señas.
"Llegamos
finalmente al Portillo. Eran las 15 horas, y un sol
radiante iluminaba el panorama, mientras hacia atrás,
abajo, se deshacía la tormenta. El espectáculo, que
desde allí se ofrece a la vista, escapa a todo
adjetivo. Vecino nuestro casi a nuestro lado, se levanta
majestuoso el Alma Negra (6.400), más allá el extenso
glaciar de La Mesa, a nuestros pies una muchedumbre de
cerros menores bajo un manto de nieve, como si la
cordillera se hubiese puesto su traje de vía para
recibirnos. Al oeste, recortados sobre el horizonte, un
sin fin de picachos señalan el cordón fronterizo. A
nuestra izquierda el Cordón de los Amarillos, y frente
nuestro, al sud, la mole gigantesca del Aconcagua.

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