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Acción
Año
XV - Boletín Nº 44
-
Córdoba, marzo de 1998
SAN
MARTIN NO FUE MASON
El
propósito de este artículo es difundir tres
Documentos, publicados en una revista especializada[1],
cuyo director, Patricio Maguire, ha realizado un aporte
extraordinario a la historia argentina, demostrando lo
que afirmamos en el título. Desde mediados del siglo
pasado algunos historiadores han sostenido que el
General San Martín fue masón, e incluso, interpretan
su retiro del Perú como resultado de una decisión masónica
disponiendo que Bolívar se hiciera cargo del mando en
la gesta libertadora.
Recientemente,
con motivo de cumplirse el aniversario de las batallas
de San Lorenzo y de Caseros, la Gran Logia de la
Argentina de Libres y Aceptados Masones publicó una
carta en La Nación (26/1/98), manifestando que la
masonería argentina “desea expresar, con serena unción,
que San Martín y Urquiza han integrado el rol de sus
miembros más conspicuos”.
Lo
más triste es que hasta autores católicos han aceptado
la hipótesis como válida. Por ejemplo, Carlos Steffens
Soler afirma que nuestro héroe máximo “comienza su
aventura americana con un juramento formal en las logias
inglesas”[2].
Sorprende este tipo de aseveraciones, ya que, como lo
admite uno de sus biógrafos más conocidos “no existe
ningún documento para probar que San Martín haya sido
masón”[3].
Cabe agregar el testimonio de dos ex- presidentes de la
República, que desempeñaron, además, el cargo de Gran
Maestre de la Masonería Argentina. Bartolomé Mitre
escribió: “La Logia Lautaro no
formaba parte de la masonería y su objetivo era sólo
político[4].
Es importante destacar que para esta cuestión Mitre
consultó al General Matías Zapiola, quien había
integrado la Logia. Por su parte, Domingo Faustino
Sarmiento opinó: “Cuatrocientos hispanoamericanos
diseminados en la península, en los colegios, en el
comercio o en los ejércitos se entendieron desde
temprano para formar una sociedad secreta, conocida en
América con el nombre de Lautaro. Para guardar secreto
tan comprometedor, se revistió de las fórmulas,
signos, juramentos y grados de las sociedades masónicas,
pero no eran una masonería como generalmente se ha creído...”[5].
La
Revista Masónica Americana, en su Nº 485 del 15 de
junio de 1873, publicó la nómina de las logias que
existieron en todo el mundo hasta 1872, y en ella no
figura la Lautaro[6].
Así, el único antecedente que pueden exhibir quienes
defienden la hipótesis comentada, es una medalla acuñada
por la logia “La Parfaite Amitié”, de Bruselas, en
1825. Al respecto puede señalarse que la medalla sólo
contiene la efigie del General y la inscripción “Au
General San Martín”, sin dársele el tratamiento de
“hermano” (H..). Como la Masonería no limita los
homenajes a sus propios miembros, y la figura del
Libertador era suficientemente conocida en Europa, dicho
elemento no aporta ninguna evidencia[7].
Además, se ha llegado a determinar que en 1825 el rey
de Bélgica, Guillermo I, dispuso acuñar diez medallas
diseñadas por el grabador oficial del reino, Juan Henri
Simeon, con la efigie de otras tantas personalidades de
la época. Aparentemente, debido a las necesidades políticas
internas, el rey concedió a la logia citada la acuñación
de la medalla destinada a San Martín. Hay que añadir
que eso ocurrió en 1825, y en los siguientes
veinticinco años que vivió San Martín en el viejo
continente, no se produjo ningún hecho ni documento que
lo vinculara a la organización.
Sobre
la posición de San Martín en materia religiosa, ha
investigado especialmente el P. Guillermo Furlong, quien
llega a esta conclusión: “Hemos de aseverar que San
Martín no sólo fue un católico práctico o militante,
sin que fue además, un católico ferviente y hasta
apostólico”[8].
Pero
hay un testimonio curioso, que viene a confirmar lo
dicho, con ocasión de una misión pontificia en Buenos
Aires, presidida por Mons. Muzi, en 1824, estando San
Martín ya alejado de toda función oficial. En esa
oportunidad, el Gobernador Rivadavia no recibió al
Vicario Apostólico, y tuvo actitudes sumamente
descorteses. Pues bien, el testimonio corresponde a un
integrante de esta misión, el P. Mastai Ferreti; quien
sería luego el Papa Pío IX, apuntó en su Diario de
Viaje: “San Martín(...)recibido por el Vicario, le
hizo las más cordiales manifestaciones”[9].
La
Masonería fue condenada por el Papa Clemente XII
mediante la Bula In Eminenti, del 4 de mayo de 1738, donde se prohibe “muy
expresamente(...)a todos los fieles, sean laicos o clérigos
(...) que entren por cualquier causa y bajo ningún
pretexto en tales centros(...)bajo pena de excomunión...”.
Esta condenación fue confirmada por el Papa Benedicto
XIV en la Constitución Apostólica Providas
del 15 de abril de 1751, y como consecuencia, fue también
prohibida la Masonería en España, ese año, por una
pragmática de Fernando VI. Por ello es importante
esclarecer este punto, pues “el catolicismo profesado
por San Martín establece una incompatibilidad con la
Masonería, a menos que fuera infiel a uno o a la
otra”[10].
Consta en las Memorias de Tomás de Iriarte, que
Belgrano rechazó la posibilidad de ingresar en la
organización, “aduciendo precisamente, la condenación
eclesiástica que pesaba sobre la secta[11].
Consideramos
que los documentos obtenidos por Maguire aclaran
definitivamente esta cuestión. El primero, responde a
un cuestionario solicitando informes sobre:
Logias:
Lautaro, Caballeros Racionales Nº 7 y Gran Reunión
Americana.
Las
personas siguientes: Francisco Miranda, Carlos María de
Alvear, Simón Bolívar[12],
José de San Martín, Matías Zapiola, Vicente
Chilabert, Bernardo O’Higgins, Luis López Méndez y
Andrés Bello.
El
segundo documento es la respuesta de la Gran Logia de
Escocia, y el tercero, la correspondiente a la Gran
Logia de Irlanda. Transcribimos a continuación la
traducción de los tres documentos, y luego las copias
de los originales inglés.
En
conclusión, si no existe ningún documento que
contradiga el contenido de estas cartas de las propias
autoridades masónicas, y, además, el análisis de su
obra demuestra que el Gran Capitán “hizo lo contrario
de lo que la Masonería procuraba y fue hostigado por ésta[13]”,
el veredicto no merece ninguna duda: San
Martín no fue Masón.
DOCUMENTO
I
Gran
Logia Unida de Inglaterra
Londres, 21 de agosto de 1979
Estimado Señor,
Su
carta del 7 de agosto de 1979, dirigida al Gran Maestre,
me ha sido derivada para su contestación.
1.
La Logia Lautaro era una sociedad secreta política,
fundada en Buenos Aires en 1812, y no tenía relación
alguna con la Francmasonería regular.
2.
La tres Logias que Ud. menciona en su carta, jamás
aparecieron anotadas en el registro o en los Archivos ni
de los Antiguos ni de los Modernos ni de la Gran Logia
Unida de Inglaterra: no hubieran sido reconocidas como
masónicas en este país entonces o posteriormente.
3.
Las seis personas mencionadas en su carta, de acuerdo a
nuestros archivos, nunca fueron miembros de Logias bajo
la jurisdicción de la Gran Logia Unida de Inglaterra.
4.
La Gran Logia de Inglaterra no era el único organismo
masónico existente durante el período en el cual Ud.
está interesado. Existían Grandes Logias
independientes en Irlanda, Escocia, Francia, Holanda y
Estados Unidos de América, todas las cuales autorizaban
la instalación de logias propias.
5.
Nunca han existido medios legales para prohibir que
extranjeros en Inglaterra crearan sus propias Logias,
pero tal acción siempre ha sido considerada por la Gran
Logia de Inglaterra como una invasión de su soberanía
territorial, y las logias así creadas no serían
reconocidas como regulares, ni se permitiría a sus
miembros concurrir a las Logias inglesas, o que los
masones ingleses concurrieran a aquellas.
Sinceramente
suyo,
James
William Stubbs
Gran
Secretario
DOCUMENTO
II
Gran
Logia de Escocia
Edimburgo, 30 de junio de 1980
Estimado Señor,
Con
eferencia a su carta del 17 de junio concerniente a las
seis personas mencionadas en su comunicación, le
informo que las conexiones que la Gran Logia de Escocia
tuvo con Sudamérica fueron establecidas en fecha muy
posterior a las de la Gran Logia Unida de Inglaterra, ya
que la primera Logia Escocesa no fue autorizada hasta
1867.
Lamento
no poder ayudarle en su investigación.
Afectuosamente
suyo,
Gran
Secretario
DOCUMENTO
III
Gran
Logia de Irlanda
Dublin, 24 de junio de 1980
Estimado Señor,
Gracias
por su carta del 17 de junio y por la copia de las
cartas que Ud. recibió de la Gran Logia Unida de
Inglaterra.
La
Gran Logia de Irlanda nunca estuvo activa en Sud América
y no hemos tenido relación alguna con los organismos
que Ud. menciona.
La
respuesta a las preguntas que Ud. específicamente
formula son:
1.
No hemos emitido patentes (Cartas de Instalación) a
ninguna de las Logias arriba mencionadas y no existe
registro alguno de ninguno de los nombres que menciona,
como miembros de logias irlandesas.
2.
No existe posibilidad alguna de que una logia nuestra
haya emitido patentes o iniciado a ninguna de las
personas mencionadas, por cuanto no estaban activas en
sus áreas.
3.
Desde el establecimiento de la Gran Logia de Irlanda en
1725 se estableció que temas de Política o Religión
no podían ser considerados en ninguna de nuestras
logias, ni éstas tampoco debían comprometerse en
actividad política alguna. Este principio permanece
vigente hasta el presente día.
Sinceramente
suyo,
J.O.
Harte
Gran Secretario
________________________________
Editor:
Centro de Estudios Cívicos
Redacción: Mario Meneghini
Pedro J. Frías 330 (5000) Córdoba
cecivicos@hotmail.com
Acción
Año XXII -
Boletín Nº 71
-
Córdoba, noviembre 20 de 2004
CRISTIANISMO
Y PATRIOTISMO
En
un nuevo aniversario de la batalla de la Vuelta de
Obligado (20-11-1845), que en la Argentina se conmemora
como símbolo de la Soberanía Nacional, nos parece
oportuno dedicar este Boletín a analizar la relación
entre cristianismo y patriotismo. Nos limitaremos a
recordar conceptos aprendidos de uno de nuestros
maestros, el P. Alberto Ezcurra, difundidos en sus
Sermones Patrióticos[i].
Pensar
en la patria es un deber, que nos corresponde como
argentinos y también como católicos. Es parte del
mandamiento que nos manda amar a nuestro prójimo. Y,
entre el prójimo, tenemos que querer con mayor
predilección a aquellos que están más próximos. Es
decir, a aquellos que están unidos a nosotros por lazos
de sangre, de lengua, de religión, de cultura, de
tradición, de historia.
Y
es un deber, también como hijos: el mismo cuarto
Mandamiento que nos manda amar a nuestros padres, nos
manda también amar a nuestra patria, porque de los
padres y de la patria recibimos la vida. Y como estamos
obligados a amar a nuestros padres, tenemos que amar
también a nuestra patria.
Se
podría decir que alguien que no quiera a su familia,
que no se preocupe por ella, no es un buen católico.
Exactamente lo mismo podemos expresar de quien se dice
católico, pero no es capaz de querer esta tierra en la
que Dios lo hizo nacer. A este rincón del planeta que
se llama Argentina. Porque no nacimos aquí por
casualidad, sino que fue la Providencia quien quiso que
viniéramos a la vida en este lugar y en este momento
histórico.
Ese
deber de los católicos para con la patria, es algo que
nos enseña toda la historia de la Iglesia, y el
magisterio pontificio. El Papa
León XIII, el gran pontífice de la Rerum Novarum,
documento donde manifestó su preocupación por los
trabajadores, amaba también a la patria y nos enseña a
quererla. Dice que: “el amor sobrenatural de la
Iglesia y el amor natural a la patria, son dos amores
que proceden de un mismo principio eterno, porque la
Causa y el Autor de la Iglesia y de la Patria es el
mismo Dios. De lo cual se sigue que no puede darse
contradicción entre estas dos obligaciones.”
Por
su parte, el Papa
San Pío X, manifestó a un grupo de peregrinos en
Roma: “Sí, es digna no sólo de amor sino de
predilección la Patria, cuyo nombre sagrado despierta
en nuestro espíritu los más queridos recuerdos y hace
estremecerse todas las fibras de nuestra alma”. “Si
el catolicismo fuera enemigo de la Patria, no sería una
religión divina.”
Cuando
Juan Pablo II
visitó la Argentina, en un momento difícil, les dijo a
los Obispos: “La universalidad, dimensión esencial en
el pueblo de Dios, no se opone al patriotismo ni entra
en conflicto con él. Al contrario, lo integra,
reforzando en el mismo los valores que tiene, sobre todo
el amor a la propia Patria, llevado si es necesario
hasta el sacrificio.”
El
sacrificio de quienes entregaron su vida por la patria,
nos obliga moralmente a recordarlos y no olvidar nunca a
quienes nos precedieron. Pues la Argentina tiene un
pasado; tiene una historia particular. Nosotros
recibimos la cultura que venía de Grecia y de Roma, a
través de España, y, junto con ella, el cristianismo.
La fidelidad a esos valores estaba presente en los
hombres que nos legaron la patria. Incluso cuando fue
necesario proclamar la independencia de España, no se
hizo como ruptura con ese pasado, con aquella tradición
recibida. Y, especialmente, no se renegó de la tradición
cristiana.
La
herencia que recibimos implica una responsabilidad. No
podemos ignorar que la Argentina contemporánea se ha
desviado de la ruta que le señala su tradición.
Debemos reconocer que está gravemente enferma; y su
dolencia es, principalmente, espiritual. Nuestra patria
nació cristiana; los próceres se preocuparon de darle,
no solamente un cuerpo, es decir un territorio, sino que
quisieron darle también un alma y un alma cristiana.
Eso es algo que no podemos olvidar, es algo de lo que no
podemos renegar, sin traicionar el sueño de nuestros
ancestros.
Quien
es considerado, con justicia, el Padre de la Patria, San
Martín, fue combatido y obligado al exilio por aquellos
que no aceptaban que el alma de la patria fuese
cristiana. Que renegaban de la tradición hispánica,
pues preferían los postulados masónicos de la Revolución
Francesa. Aún desde Europa, San Martín continuó hasta
su muerte preocupándose por el cuerpo y el alma de la
Argentina. En varias de sus cartas aboga por una mano
firme que ponga orden en la patria. Cuando esa mano
firme enfrenta al invasor extranjero, en la Vuelta de
Obligado, San Martín redacta su testamento,
disponiendo:
“El
sable que me ha acompañado en la independencia de América
del Sur, le será entregado al general de la República
Argentina don Juan Manuel de Rosas, como prueba de la
satisfacción que como argentino he tenido de ver la
firmeza con que ha sostenido el honor de la República
contra las injustas pretensiones de los extranjeros que
trataban de humillarla.”
La
importancia de conocer la historia nacional, fue
destacada por el actual pontífice, siendo todavía
Arzobispo de Cracovia: “No nos desarraiguemos de
nuestro pasado, no dejemos que éste nos sea arrancado
del alma, es éste el contenido de nuestra identidad de
hoy.” “Una nación vive de la verdad sobre sí
misma.” “No puede construirse el futuro más que
sobre este fundamento.” “Que nadie se atreva a poner
en tela de juicio nuestro amor a la Patria. Que nadie se
atreva.”
Es
que la patria es la tierra de los padres. No es
solamente un concepto geográfico; incluye un patrimonio
cultural y una historia. Los argentinos que vivimos hoy
en esta patria, la recibimos como herencia del pasado y
debemos transmitirla a las generaciones futuras. Es algo
que tenemos en custodia, no nos pertenece. No la podemos
vender, ni mucho menos regalar.
Nunca
es más grande y fuerte un pueblo que cuando hunde sus
raíces en el pasado. Cuando recuerda y honra a sus
antepasados. Por eso, debemos mirar hacia ese pasado y
recordar el ejemplo de los héroes nacionales, para
pensar después en el presente; para pensar en el
presente sin desanimarnos, a pesar de todo. Para que,
aunque parezcamos una patria y un pueblo de vencidos, no
seamos vencidos en nuestra alma, no seamos vencidos en
nuestro espíritu, en nuestra manera de pensar, en
nuestro compromiso de argentinos y de cristianos.
Frente
a la decadencia actual de la Argentina, la peor tentación,
mucho peor que la derrota exterior, es la tentación de
la derrota interior. La tentación del desaliento, la
tentación de la desesperación, la tentación de pensar
que no hay nada que hacer. La tentación de rendirnos;
la de olvidarnos lo que nos enseñaba el P. Castellani:
de que la pelea vale la pena pelearla, y de que Dios no
nos exige que venzamos, porque a vences el triunfo no
depende de nosotros, pero Dios sí nos exige que no
seamos vencidos.
Queremos
terminar recordando la última parte de la Oración
rezada por el P. Ezcurra, con motivo de la repatriación
de los restos de Rosas:
“Te
rogamos Señor, que le des a Don Juan Manuel de Rosas el
descanso eterno; y que a nosotros nos niegues el
descanso, nos niegues la tranquilidad, la comodidad y la
paz, hasta que, con los escombros de esta Patria en
ruinas, sepamos edificar la Argentina grande que Juan
Manuel amó, en la cual soñó y por la cual entregó su
vida”. Así sea.
Editor:
Centro de Estudios Cívicos
Redacción: Mario Meneghini
Pedro J. Frías 330 (5000) Córdoba
cecivicos@hotmail.com
http://cec.tripod.com.ar
[i]
Ezcurra,
Alberto Ignacio. “Sermones patrióticos”; Buenos
Aires, Cruz y Fierro Editores, 1995.
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