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Independencia de Perú

 



3· Un manifiesto a los Peruanos

Y ya estaba al pie de su mula, con el fiel padre Bauzá, su capellán y administrador privado que le acompañaría hasta Santiago, cuando a fines de octubre recibió una visita importante: nada menos que el prominente logista Julián Álvarez venía a verle en persona, tan delicada era la nueva que debía participarle. Se había decidido en los consejos de Buenos Aires enviar a Europa al talentoso canónigo Valentín Gómez, como diputado del gobierno para gestionar ante el Congreso de los Soberanos, reunido en Aix-la-Chapelle, el reconocimiento de la independencia del país sobre la base del establecimiento de una monarquía constitucional en el Río de la Plata.

Pueyrredón le había escrito también, el 24 de septiembre, con ingenuo entusiasmo, sobre este negocio de cuyo éxito a su juicio dependía la salvación del país: "Él sólo va a terminar la guerra y asegurar nuestra independencia de toda otra nación extranjera; por él haremos que al momento evacuen los portugueses el territorio oriental".

San Martín escuchó con mucha atención al secretario de la Logia: tampoco le disgustaba a él una solución monárquica siempre que tuviera por base la independencia: sobre ello habían conversado en la chacra de Pueyrredón, durante la reunión de junio.

Pero sin duda pensó que si esa solución podía adoptarse en el Río de la Plata, para hacerla viable en toda América debía conquistarse antes la libertad del Perú. Además, algo le dejó una espina mordiente. Cuando Álvarez viajaba para Mendoza divisó en lontananza al cruzar la

frontera de Santa Fe a una partida de jinetes, que, a no dudarlo, venían a registrar su galera. "Eran los montoneros - explicó con el lenguaje de los doctores de Buenos Aires- y no había tiempo que perder". Y el buen don Julián, antes de que llegaran, había hecho detener el carruaje y con los documentos de la negociación monárquica hizo una pira y los quemó. ¿No era ése un proceder semejante al de quien destruye la prueba de un delito? ¿Estaría acaso esta negociación destinada a ahondar la gran crisis abierta por la divergencia del Litoral?

San Martín con el buen franciscano siguió viaje a Chile. Dejaba a su Remedios convaleciente de un nuevo contratiempo tenido a poco de llegar a Mendoza. En Santiago tuvo una excelente noticia. La naciente escuadra chilena - habían llegado ya varios de los buques contratados- daba los frutos esperados. El coronel Blanco Encalada, improvisado almirante, acababa de apresar en Talcahuano a una fragata española, la Reina María Isabel, magnífica presa que venía a engrosar la flota.

En su atareado bufete de la casa del Obispado, San Martín recomenzó su actividad. La minuciosa, concreta y permanente faena de la empresa peruana. Hacia tiempo, desde antes de su viaje a Buenos Aires, habíala iniciado con sus métodos habituales. Iban y venían mensajes hasta Lima o Arequipa o al Callao; informaciones, libelos, cartas misteriosas, anónimos. Todo pasaba bajo su mirada infatigable. Las cosas iban bien.

Quizá pudiera comenzarse en esta estación, apenas llegara el famoso Lord Cochrane.

Entre tanto, el 13 de noviembre. Escribió un manifiesto a los peruanos en que se presentaba como su Libertador: "Mi anuncio no es el de un conquistador que trata de sistematizar una nueva esclavitud. Yo no puedo ser sino un instrumento accidental de la justicia y un agente del destino. El resultado de la victoria hará que la capital del Perú vea por la primera vez reunidos a sus hijos eligiendo libremente su gobierno y apareciendo a la faz de las  naciones del globo entre el rango de las naciones".

Pocos días después, el 28 de noviembre, llegaba a Valparaíso Lord Alejandro Cochrane, recedido por la fama resonante de sus acciones navales en la guerra contra Napoleón. Álvarez

Condarco, en Boulogne-Sur-Mer, habíalo convencido fácilmente a enrolarse en la gran aventura que para él significaba participar en la contienda americana. Servía de esta manera a sus propios ideales y a las conveniencias de su país a quien sabía interesado en la libertad de la América española. Era una nueva ocasión para el noble lord e iguales motivos habían decidido a otros marinos ingleses - Wilkinson, De Guise, O'Brien, Forster - a comandar los barcos de la armada independiente.

Mecíanse ya en el puerto de Valparaíso, en airoso conjunto, las fragatas, corbetas y bergantines, y el 14 de enero de 1819 Cochrane saldría rumbo al Callao para hacer su primer crucero por el Pacífico y combatir a la flota española que hasta entonces no había tenido oposición alguna.

La iniciación de la guerra marítima era la etapa indispensable de la expedición al Perú.

Pero en algunos aspectos las cosas no marchaban bien. Prolongábase la guerra en el sur. adonde se había enviado al general Balcarce, que debía habérselas a un mismo tiempo con realistas y montoneros.

Además, el gobierno de O'Higgins era jaqueado por una oposición creciente y se hallaba prácticamente paralizado por falta de recursos o de energía para conseguirlos; incluso podía acusarse algún desgano en la realización de los aprestos del ejército, que San Martín urgía sin descanso.

Advertíase en ciertos círculos notoria animadversión hacia determinados elementos del gobierno que fue necesario desplazar; y reaparecían peligrosamente algunos restos del partido carrerino cuyas aspiraciones promovía desde Montevideo José Miguel Carrera, que clamaba venganza por la ejecución de sus hermanos Luis y Juan José realizada en Mendoza poco después de la batalla de Maipú,  triste final de una funesta aventura.

El Director Supremo de Chile, fraternalmente unido a San Martín, sufría más que ninguno estas dificultades, pero se veía obligado a considerarlas a pesar de ser. por otra parte, el primer interesado en cooperar con la fuerza que era su más firme sostén. San Martín pintaba a Pueyrredón esta situación con sombríos colores y le instaba a aumentar sus auxilios.