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Los
fríos eran intensísimos
En
las zonas cercanas a la cumbre, los días, según las
horas y según la ubicación en que se encuentra uno,
son muy calurosos o muy fríos, y las noches son frigidísimas
siempre, tanto en las proximidades de la cumbre, como
lejos de ella.
A
quince y veinte grados bajo cero, llega el frío en
algunas noches de verano, y aún en pleno día. Y pensar
que toda la tropa, desde San Martín hasta el último
soldado, tuvieron que dormir a lo arriero, no una, sino
muchas noches, usando por cama la montura, el poncho y
el jergón, y todo ello sobre el duro suelo.
La
nieve que indefectiblemente cayó sobre ellos, algunas
noches, fue un reconfortante,
como suele acaecer y la escena matutina debió
ser de singularísima en esas ocasiones, ya que el frío
más intenso es el de las primeras horas de la mañana,
y todos los bagajes, cargas y armas estarían cubiertos
de nieve, y las aguas, y demás líquidos estarían
helados, y los animales ateridos de frío.
Eric
Krumm, que recorrió el camino seguido por San Martín,
describe lo que era el dormir y el despertarse: "lo
que más pena daba era el ver a los animales husmeando
en la nieve, en busca de pasto, con las
"velas" de hielo colgándoles de las crines,
de la cola e incluso de las pestañas. La nevada
continuaba hasta alcanzar en algunos lugares a los 30
cm.".
Digamos
aquí que la nieve borra las huellas y si no hay buenos
baquianos es harto fácil el extraviarse una caravana.
El mismo Eric Krumm, que hizo la travesía en 1938 nos
informa al respecto: "Las dificultades del camino
aumentaron, a medida que subíamos; los peones eran poco
conocedores de la zona, y la nieve había cubierto toda
huella. Desde el pie de la cumbre hasta el Portillo, a
4800 metros, había que repechar más de mil metros en
una cuesta sumamente peligrosa".
Para
defender a sus soldados contra el frío, adoptó San
Martín dos medidas extraordinarias: el proporcionar a
la tropa zapatos que abrigaran bien los pies, y el
distribuir a los mismos, buena cantidad de alcohol, que
le llevara calor al organismo. No olvidó proveerlos de
ponchos forrados y muy abrigadores, pero creyó que lo más
importante era un buen calzado, así para caminar por
caminos pedregosos, como para defenderse del frío.
Con
los desperdicios de cuero de las reses, hizo construir
tamangos o zapatones altos y anchos y los hizo forrar
interiormente con trapos y lana. En su bando del 17 de
octubre de 1816, ordenando recoger trapos de lana para
forrar los tamangos, manifestaba San Martín que ello
era necesario "por cuanto la salud de la tropa es
la poderosa máquina que bien dirigida puede dar el
triunfo, y el abrigo de los pies es el primer
cuidado".
ABRIGOS
HASTA PARA LAS BESTIAS
No
obstante todos estos medios, es indecible lo que debió
sufrir la tropa, sobre todo los hombres no acostumbrados
a climas fríos. Digamos que también se proveyó de
protección a las bestias, contra las inclemencias
andinas. Proveyó a caballos, mulas y vacas de la
llamada enjalina chilena o abrigo forrado en pieles.
Desechó
los forrados de paja, por el peligro de que las bestias
los comieran, por falta de otra alimentación. Como
puede colegirse de todo lo dicho, aquellas veinte o más
noches cordilleranas debieron ser atrozmente terribles,
y es posible que más de un soldado hubiera desertado,
si la soledad, la distancia y el desamparo del yermo, no
le hubiera impedido.
El
fenómeno, a haberse realizado, no nos habría de extrañar,
ya que aquella vida era
humanamente intolerable y el que lo tolerara un
ejército de 5.000 héroes, fue un fenómeno inaudito.
Caminar con suma fatiga, durante todo el día y pasar
veinte o más noches sin cuarteles, sin carpas, sin
techo alguno, hasta sin la más rudimentaria comodidad,
en zonas frigidísimas, bajo todas las inclemencias más
bravías de los Andes, y todo ello sin una queja, sin
una deserción y sin una señal de descontento, es por
cierto un hecho único.
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