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La
puna o el soroche
Pero
a todas las dificultades señaladas hay que agregar aún
otra: los efectos de la
puna o soroche. El fenómeno es ciertamente
terrible, ya que, aún en horas de más normalidad, la
fatiga es grande y las fuerzas casi nulas. Y no hay
adaptación alguna súbita, sino lenta de meses o años.
Según
el doctor Eduardo Acevedo Díaz "recientes
investigaciones afirman que el habitante de las punas y
de las altas cordilleras, es una variedad del hombre.
Sus pulmones son de amplia capacidad; en proporción al
tamaño del cuerpo, su corazón es de gran dimensión;
el tórax es atlético; el pulso es lento".
San
Martín trató de aminorar las consecuencias de la puna,
propinando abundante ajo y cebolla a sus soldados, y
facilitando el camino a los atacados en mula. Escribe
Espejo que "toda la infantería iba montada hasta
la primera noche de vivac en el descenso de la
cordillera, para precaver o disminuir la fatiga que el
soroche produjera en la tropa. No obstante esto, entre
los artículos de la proveeduría, se llevaban cargas de
cebollas, de ajos y de vino para racionar la tropa en
las jornadas peligrosas, que la experiencia ha enseñado
ser antídotos poderosos que de ordinario precaven el
mal o lo curan".
Como
es de suponer, ni ese antídoto, ni el hacer que la
infantería montara las mulas, salvó a la tropa de los
graves males y aun de males mortales. El proveer a los
soldados de mulas, sobre que montar, a lo menos en los
trayectos más expuestos a la puna, era una buena
medida, pero esta medida no fue tan eficiente como podría
creerse, ya que suponía el ensillar y desensillar,
labor que en las alturas se hace poco menos que
imposible para los afectados por la puna. Lo cierto es
que, como escribía San Martín a Miller, "la puna
atacó a la mayor parte del ejército, de cuyas resultas
perecieron varios soldados".
Bajo
los terribles y angustiosos efectos de la puna, aquellos
hombres no sólo tenían que ensillar y desensillar; tenían
que llevar el peso de su ropa, mochila cargada, armas y
municiones, y tenían que cargar con parte del
menaje de cocina, y tenían que conducir las arrias de
mulas y las recuas de ganado, y tenían que llevar a
pulso unas veces y, sobre zorras, otras veces, ya
subiendo con cabrestantes, ya bajando por medio de los
mismos, las pesadas zorras y los pesadísimos cañones.
Eran
500 los milicianos que tenían a su cargo esa labor,
pero fue menester que todo el ejército participara en
ese acarreo, ya que los vehículos, fabricados para el
transporte, así de la artillería, como del puente y de
los cabrestantes, no sólo resultaron inútiles, en dos
tercios del camino, sino que el acarreo de los mismos
resultaba otra pesada carga.
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