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La Financiación de la empresa
Samuel W. Medrano (1899-1977).
Abogado. Profesor universitario.
Ejerció la función pública.
Culminada
la campaña de Chile, San Martín se apresuró a viajar
de nuevo a Buenos Aires y el 13 de abril salía de
Santiago para repasar la cordillera y realizar de nuevo
la larga travesía.
Debería
replantear ante Pueyrredón y los prohombres de la Logia
en Buenos Aires los planes elaborados después de
Chacabuco, ya que la invasión de Osorio había se
postergado y la gestión de Manuel Aguirre y Gregorio Gómez,
enviados a Norteamérica para adquirir navíos, demoraba
todavía más.
Pueyrredón
le esperaba dispuesto a recibirle con los grandes
honores que reclamaba la gloria del vencedor de Maipú:
"Sin embargo de que usted me dice que no quiere
bullas ni fandangos – le escribió en una carta que
recibió en el viaje - es preciso se conforme a recibir
de este pueblo agradecido las demostraciones de amistad
y ternura con que está preparado". Pero San Martín
siempre esquivo, evitaba las aclamaciones y el 11 de
mayo entraba a la ciudad sin aviso previo, a la hora del
alba. Yendo directamente a su casa donde le aguardaban
María de los Remedios y su hija, a quienes no veía
desde aquella mañana de Mendoza, hacía más de un año,
cuando se despidió de ellas para conducir su ejército
a través de la cordillera.
Estuvo
en Buenos Aires poco más de un mes. Pero si pudo evitar
la efusión popular del recibimiento le fue imposible
substraerse a los honores oficiales. El 17 de mayo debió
asistir a la sesión extraordinaria que el Congreso
acordó celebrar para expresar públicamente la gratitud
de la Nación al vencedor de Maipú.
La
ciudad se había engalanado para adherir a la solemne
ceremonia y se volcó sobre las calles del breve
recorrido que haría la comitiva desde el Fuerte hasta
la Casa Nacional, sede de la Soberanía, en el antiguo
local del Consulado sobre la misma calle que ahora se
llama de San Martín.
El
general de los Andes, de gran uniforme adelantaba su
figura marcial al lado del Director Supremo y la
multitud que lo contemplaba aplaudiendo su paso debió
comprender enternecida, en aquella hora de emoción y de
gloria, el significado cabal de la misión que ese
hombre estaba realizando con un fervor tan intrépido e
indeclinable en el propio sacrificio, como tenaz e
intransigente en el reclamo con que llamaba a
compartirla. Porque en el corazón del pueblo era ya San
Martín algo más que el extraordinario ejecutor de las
proezas militares y veía en él al símbolo de los
grandes ideales que le habían movilizado, al héroe que
encarnaba la esperanza y los anhelos de la Revolución.
Ahora
su sola presencia era un llamado a proseguir la obra
todavía inconclusa y casi un reproche que hacía
acallar las disidencias y pasiones que la retardaban,
pues todos sabían que en el éxito de su empresa estaba
la aspiración más auténtica y profunda del pueblo.
Por eso alcanzaron vigorosa expresión las palabras con
que saludó a San Martín en la reunión de la Asamblea
el presidente de turno don Matías Patrón: "La Patria se gloria por la victoria obtenida y sus consecuencias,
y no es menor su satisfacción al esperar de vuestro
valor y vuestra
constancia, iguales y mayores glorias sobre los peligros
que restan arrostrar".
San
Martín estaba ansioso por terminar rápidamente el
cometido que le había traído a Buenos Aires. Tenía
ante el gobierno y los "amigos" de la Logia un
inmenso prestigio y no hay duda que supo aprovecharlo.
Su
autoridad pesó decididamente en los acuerdos que se
adoptaron para cooperar en el plan continental. Era
necesario acelerar la formación de la escuadra para
librar de enemigos al Pacífico y hacer posible la
expedición a Lima: debían ser reforzados los efectivos
del ejército con nuevos reclutas y oficialidad
competente; había que suministrar armamentos,
vestuarios, caballadas; y todo eso requería urgente
financiación.
San
Martín expuso concretamente sus demandas, allanó
objeciones, explicó de nuevo la trascendencia de su
empresa, enfrentó al ceñudo doctor Tagle y convenció
a todos, primero a los amigos, y después a Pueyrredón
en su chacra de San Isidro.
Había
dificultades indudables, que se irían complicando cada
vez más y, en primer lugar, estaba la penuria
financiera que desesperaba a Gascón, ministro de
Hacienda, y amargaba la vida del Director Supremo, que
debía multiplicarse para atenderlo todo. El gobierno
tenía que
responder
a las exigencias del frente del Norte continuamente
amenazado por La Serna, y estar a la mira de la situación
creada en la Banda Oriental por la invasión portuguesa,
que en cualquier momento a pesar de su actual actitud
pasiva podía plantear una crisis de atención
inmediata. Además, se venía temiendo con fundamento la
realización de la gran amenaza de Fernando VII, que
preparaba en Cádiz un ejército a órdenes del conde
del Abisbal para invadir el Río de la Plata.
Pero
San Martín fue perentorio y convincente. El 16 de junio
tomaba la galera para volver a Mendoza, esta vez en
compañía de Remedios y Merceditas. Llevaba además las
promesas del gobierno de realizar un empréstito forzoso
de quinientos mil pesos durante los próximos cuatro
meses destinado a las necesidades de la expedición.
En
realidad, desde al año anterior habían comenzado las
gestiones para la adquisición de la escuadra. San Martín
comisionó a Álvarez Condarco, primero y después a Álvarez
Jonte para que fueran a Londres con ese objeto, Manuel
Aguirre y Gregorio Gómez por otra parte, viajaron a
Norteamérica para contratar barcos de guerra por cuenta
de los gobiernos argentino y chileno.
Se
irían adquiriendo, además, algunas naves que se
ofrecieran en el Río de la Plata o en Valparaíso. Buscábase
también un almirante para la futura flota: desde Europa
vendría Lord Cochrane. En cuanto a los preparativos
militares, San Martín confiaba en O'Higgins y en la
terminación de la guerra en el sur de Chile, donde
prolongaban su resistencia los realistas, ahora a órdenes
del general Sánchez: sabía también cuánto habría de
rendirle, para remontar su nuevo ejército, el
inextinguible celo de su amada provincia de Cuyo,
siempre en manos de sus adictos Luzuriaga, La Rosa y
Dupuy. En Buenos Aires había comprado armas y
pertrechos de guerra.
Volvía,
pues, satisfecho de su viaje. Comprendía las razones
del gobierno y los aspectos
diversos de la situación general, pero ya había
hecho su opción frente a esos problemas y por eso la
había auspiciado con tanto empeño.
La
expedición a Lima significaba resolver el máximo
problema; era la conquista de la independencia de América,
que por añadidura daría al gobierno la fuerza y los
medios de resolver las otras cuestiones.
No
sólo el patriotismo y la fidelidad a los principios
adoptados indicaban este camino sino también el buen
senado y las conveniencias del mismo gobierno. Por eso,
con optimismo estimulante, había escrito a O'Higgins
antes de partir: "El empréstito de los quinientos
mil pesos está realizado. Hágase por ese Estado otro
esfuerzo y la cosa es hecha, sobre todo auméntese la
fuerza lo menos hasta nueve mil hombres, pues de lo
contrario nada se podrá hacer.
Prevengo
que en los quinientos mil pesos va inclusa la cantidad
del valor de cuatro mil quinientos vestuarios destinados
para el ejército de los Andes. Póngase usted en zancos
y dé una impulsión a todo para que haya menos que
trabajar. De lo contrario yo me tiro a muerto".
La
cordillera estaba cerrada cuando llegó a Mendoza y debió
aguardar allí la buena estación. Pero a fines de
agosto Pueyrredón le escribía una carta desoladora. El
empréstito fracasaba. "No hay numerario en plaza -
agregaba el 2 de septiembre -, es imposible el medio
millón aunque se llenen las cárceles y
cuarteles".
Ante
la primera noticia, San Martín que conocía cuánto debía
jugar en la emergencia reaccionó con violencia
inesperada: envió su renuncia de Director
Supremo. Si el ejército no era socorrido no solamente
no podría emprender operación alguna sino que estaba
muy expuesto a su disolución.
Además
su salud era muy mala y su médico, el doctor Colisberry,
no le daba ni seis meses de existencia, y habiendo
variado las circunstancias rogaba se le admitiera la
renuncia. Y a Guido, a su entrañable Guido, que seguía
la negociación desde Chile, le explicaba que el
Director como jefe del Estado y como amigo había
sancionado el auxilio pedido. El incumplimiento era
cuestión de honor: "Yo no quiero ser juguete de
nadie", terminaba.
La
renuncia cayó en Buenos Aires como una bomba. Volvieron
a reunirse los hombres del Congreso. Pueyrredón,
recapacitando sobre su actitud anterior tal vez un poco
débil frente a los comerciantes, metió a todos en un
puño, apretó terriblemente y consiguió exprimir hasta
300.000 pesos. Zañartú, ministro de Chile, le
explicaba a O'Higgins la situación: "El empréstito
se lleva a cabo porque la Logia no se detendría por
consideración alguna que se oponga a la realización
del fin. San Martín ha dado un golpe maestro". Y
es que la autoridad de San Martín seguía siendo
incontrastable. Le volvió a escribir a Guido:
"Todo eso ha mejorado mi salud y sólo espero un
poco más de tiempo para que venga todo el dinero y
marcharme a ésa aunque sea muriéndome".
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