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El Cruce de los Andes de San Martín

 



La falta de agua y leña

Y Rosales, a quien también ya hemos citado, está en lo cierto al describir la Cordillera como "una muralla de soberbios montes amontonándose unos sobre otros, de tal arte, que el primero sirve de escala o de grada para el segundo, hasta subir a tan grande altura que sobrepuja con mucho las nubes... y son en su comparación niños o pigmeos los Alpes, los Pirineos y Apeninos de Italia y otros gigantes de soberbia grandeza".

Pero nada arredró a San Martín. Nada de eso le arredró, pero todo esto le conturbó.

El mismo lo escribía así a Tomás Guido, en carta del 14 de junio de 1816: "lo que no me deja dormir es, no la oposición que puedan hacerme los enemigos, sino el atravesar estos inmensos montes". Como el camino, así por Uspallata como por los Patos, supone el cruzar cuatro cordilleras, son otros tantos los empinados ascensos y otros tantos los  precipitados descensos, casi siempre por rutas, hoy discretamente anchos, pero otrora, inconcebiblemente estrechos, por las que tiene que andar el viajero.

Pero no era el camino, aunque tan abrupto y rebelde, tan traidor y falso, la única dificultad que hubo que vencer el gran soldado de la Patria. Estaba también la falta de agua. Singular paradoja: abunda el agua en la Cordillera, y es precisamente costeando ríos de buen caudal y de excelente calidad, que se hallan los caminos, y, no obstante, no hay agua, o sólo la hay en contados puntos. Es que en la Cordillera, sobre todo del lado argentino tiene lugar el tormento de Tántalo: estar al lado, a pocos metros, de abundante agua y no poder beberla. La razón es muy sencilla: entre la senda que lleva el viajante y el río, hay 100, 200, 500 o más metros de montaña tan perpendicular que no hay cómo bajar, y en caso de bajar, no hay cómo subir otra vez.

Si no es en algún que otro punto, donde el río y camino se encuentran a igual o casi igual nivel, no hay que pensar en utilizar el agua del río Mendoza, si se hace el viaje por Uspallata, o el agua del Río de los Patos, si se toma la otra ruta principal.  San Martín conocía esta realidad y por eso reguló las jornadas según hubiese, o no, posibilidad de agua. He aquí algunas líneas del itinerario a seguir, por el grueso del Ejército: "1ª jornada... con monte y agua a una legua, antes de la parada; 2ª jornada... sin agua alguna; 3ª jornada... con agua dos leguas antes, en el carrizal; 4ª jornada... sin agua en toda la tirada; 5ª jornada... poca agua; 6ª jornada... sin agua; 7ª jornada... sin agua toda [la jornada]; 8ª jornada... con agua, etc."

Haciendo la travesía por jornadas, según los sitios donde había agua para saciar la sed de más de 5.000 hombres y de más de 10.000 bestias, quedaba eliminada una de las dificultades más grandes.

No hay agua, sino en contadas ocasiones, pero no hubo entonces, ni hay al presente, pasto alguno adecuado para las bestias ni leña alguna para los fogones, fuera del valle de Uspallata y del Valle Hermoso, en  los que el ejército podía estar acampando durante algunos días. En todos los restantes nada podría hallarse a uno y otro fin, ya que el clima desértico de la Cordillera hace que ésta sólo ofrezca rocas desnudas de toda vegetación y valles cubiertos  de inmensos pedregales.

En la aridez de las laderas sólo se ve, de vez en cuando, unos arbustos espinosos y retorcidos, entremezclados con pastos duros que hasta los 4,000 metros constituyen el tapiz vegetal como estepa arbustiva. A excepción del valle del Uspallata y del Valle Hermoso, no había que pensar en hallar forraje para los animales, si bien en algunos puntos existía y existe el pasto puna, gramínea tan dura como poco digerible.