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2·
Introducción
Relatos
del Padre Furlong: "Cruce de los Andes"
"EN
VEINTICUATRO DIAS HEMOS HECHO LA CAMPAÑA, PASAMOS LAS
CORDILLERAS MAS ELEVADAS DEL GLOBO, CONCLUIMOS CON LOS
TIRANOS Y DIMOS LA LIBERTAD A CHILE..."
Palabras
del general San Martín en el parte detallado de la
batalla de Chacabuco.
Santiago
e Chile, febrero 22 de 1817.
Para
la inmensa mayoría de los que estudian y enseñan la
historia patria, el paso de los Andes es un hecho de
gran realce, una empresa difícil, penosa y peligrosa,
pero están muy lejos de imaginar lo arduo y
sobrehumano que fue aquel cruce, único en los anales
de la historia argentina y universal. Si exceptuamos a
los cuyanos que contemplan, día tras día, ese
imponente muro de proporciones gigantescas, y oyen a
la continua las infinitas peripecias y mortales
accidentes que allí tienen lugar, bien pocos han de
ser los argentinos que tengan una idea, ni siquiera
aproximada de lo que debió costar a San Martín
cruzar la Cordillera.
El
viaje actual, ya sea en tren, ya sea en rápido automóvil
u ómnibus de pasajeros, y ni hablar en avión, sólo
muy ligeramente capacita para que pueda uno formarse
alguna idea de lo que, otrora, significó cruzar aquel
compacto aglomerado de gigantescos montes.
Para
comprenderlo, con mayor aproximación a la realidad
histórica, es menester eliminar, mentalmente, la
amplia carretera que hoy existe; es menester suprimir
la mayoría de los puentes, y es menester prescindir
del túnel, de que se valen, así los trenes como los
autos, para acortar distancias y evitar terribles
ascensos y descensos. En 1817 nada de eso había. La
carretera no era tal; sólo era un camino, de treinta
a cincuenta centímetros de anchura, desigual y
pedregoso, camino de mulas en el que había que viajar
con la lentitud propia de estos animales, dado lo
cual, el cruce demandó de 20 días para las tropas de
la patria.
Es
posible que algún estudioso, al referirse al paso de
los Andes no peque de esa estrechez mental, ni de esa
visual miope, pero la inmensa mayoría de quienes no
hayan pasado la Cordillera o, a lo menos no se hayan
internado en ella hasta Uspallata, por ejemplo, o
hasta un punto análogo, forzosamente han debido
formarse, y se forman, una idea harto inadecuada de lo
que fue la hazaña sanmartiniana.
El
coronel Leopoldo R. Ornstein ha escrito, con sobrado
fundamento, que "algunos tratadistas han
establecido un parangón entre el paso de los Andes
con el de los Alpes por Aníbal, primeramente, y por
Napoleón después. La similitud es muy relativa, por
cuanto difieren en forma muy pronunciada las
dimensiones y características geográficas del teatro
de operaciones, como también los medios y recursos
como fueron superadas en cada caso ambas cadenas orográficas.
Esas
diferencias son, precisamente, las que presentan la
hazaña de San Martín como algo único en su género.
En efecto: Aníbal cruzó los Alpes por caminos que ya
en esa época eran muy transitados, por ser vías
obligadas de intercambio comercial. Y aunque no puede
afirmarse que su transitabilidad fuese fácil, tampoco
debe considerarse que pudiera presentar grandes
dificultades, puesto que el general cartaginés pudo
llevar consigo elefantes, carros de combates y sus
largas columnas de abastecimiento.
San
Martín atravesó los Andes por empinadas y tortuosas
huellas, por senderos de cornisa que sólo permitían
la marcha en fila india, imposibilitado materialmente
de llevar vehículos y debiendo conducir a lomo de
mula su artillería, municiones y víveres, aparte de
haber tenido que recurrir a rústicos cabrestantes e
improvisados trineos para salvar las más abruptas
pendientes con sus cañones. Habría podido Aníbal
franquear las cinco cordilleras de la ruta de Los
Patos, escalando, con elefantes y vehículos, los
5.000 metros del Paso Espinacito?
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