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4·
El hombre del sueño Americano
Por
Bartolomé Mitre
Se
ha dicho que San Martín no fue un hombre, sino una misión.
Dar expansión a la revolución de su patria que entrañaba
los destinos de la América, salvándola y americanizándola
Se
ha dicho que San Martín no fue un hombre, sino una misión.
Sin exagerar su severa figura histórica, ni dar a su
genio concreto un carácter místico, puede decirse con
la verdad de los hechos comprobados que pocas veces la
intervención de un hombre en los destinos humanos fue más
decisiva que la suya, así en la dirección de los
acontecimientos, como en el desarrollo lógico de sus
consecuencias.
Dar
expansión a la revolución de su patria que entrañaba
los destinos de la América, salvándola y americanizándola,
y ser a la vez el brazo y la cabeza de la hegemonía
argentina en el período de su emancipación; combinar
estratégica y tácticamente en el más vasto teatro de
operaciones del orbe, el movimiento alternativo o simultáneo
y las evoluciones combinadas de ejércitos o naciones,
marcando cada evolución con un triunfo matemático o la
creación de una nueva república; obtener resultados
fecundos con la menor suma de elementos posibles y sin
ningún desperdicio de fuerza, y por último, legar a su
posteridad el ejemplo de redimir pueblos sin fatigarlos
con su ambición o su orgullo, tal fue la múltiple
tarea que llevó a cabo en el espacio de un decenio y la
lección que dio este genio positivo, cuya magnitud
circunscripta puede medirse con el compás del geómetra
dentro de los límites de la moral humana.
De
aquí, la unidad de su vida y lo compacto de su acción
en el tiempo y en el espacio en que se desarrolla la una
y se ejercita la otra. Toda su juventud es un duro
aprendizaje de combate. Su primera creación es una
escuela de táctica y disciplina. Su carrera pública es
la ejecución lenta, gradual y metódica de un gran plan
de campaña, que tarda diez años en desenvolverse desde
las márgenes del Plata hasta el pie del Chimborazo. Su
ostracismo y su apoteosis es la consagración de esta
grandeza austera, sin recompensas en la vida, que
desciende con serenidad, se eclipsa silenciosamente en
el olvido, y renace a la inmortalidad, no como un mito,
sino como la encarnación de una idea que obra y vive
dilatándose en los tiempos.
BARTOLOME
MITRE
De "Historia de San Martín y de la emancipación
sudamericana"
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