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Hacia el Perú
El
2 de abril de 1820 realizábase en la ciudad de Rancagua
una reunión cuya grave trascendencia no podía escapar
a quienes a ella concurrían, todos ellos jefes del Ejército
de los Andes. En su presencia, el general las Heras, que
los había convocado, abrió un pliego remitido por San
Martín y leyó lo siguiente: " EI Congreso y
Director Supremo de las Provincias Unidas no existen: de
estas autoridades emanaba la mía de general en jefe del
Ejército de los Andes y de consiguiente creo que mi
deber y obligación el manifestarlo al cuerpo de
oficiales para que ellos por sí y bajo su espontánea
voluntad nombren un general en jefe que deba mandarlos y
dirigirlos, y salvar por este medio los riesgos que
amenazan a la libertad de América.
Me
atrevo a afirmar que ésta se consolidará no obstante
las críticas circunstancias en que nos hallamos si
conserva como no lo dudo las virtudes que hasta aquí lo
han distinguido".
Pero
los jefes respondieron a San Martín: "La autoridad
que recibió el señor general para hacer la guerra a
los españoles y adelantar la felicidad del país no ha
caducado ni puede caducar, porque su origen que es la
salud del pueblo, es inmutable". Y se atuvieron con
lealtad magnífica a la calidad heroica de la empresa.
Sabían que su conductor era algo más que un jefe del
ejército y reconocían en él al artífice insuperable
de la obra todavía inconclusa.
Entretanto
la ruta del Pacífico había sido franqueada por lord
Cochrane. Desde el año anterior el almirante corría
sin descanso a la armada realista, obligándola a
encerrarse en el Callao bajo la protección de sus
fuertes.
Allí
la fue a buscar desafiando los fuegos de la poderosa
fortaleza con increíble audacia, pretendiendo
incendiarla con sus famosos cohetes a la Congreve, como
Nelson en Copenhague, y declarando el bloqueo de toda la
costa peruana. Se había presentado después ante
Guayaquil y a principios de febrero de 1820 estaba
asaltando los fuertes de Valdivia, último baluarte de
la resistencia en el sur de Chile, que conquistó tras
una cruenta y memorable jornada.
Ahora,
al tiempo que San Martín terminaba con O'Higgins los
minuciosos aprestos del "Ejército Libertador del
Perú", nuevo nombre del Ejército Unido, la
escuadra fondeaba en el puerto de Valparaíso lista para
proteger el largo convoy en que aquél sería trasladado
a la costa peruana.
Durante
las últimas semanas el trajín había sido
extraordinario y se multiplicaron las tareas con febril
intensidad. Iban llegando las tropas desde el campamento
de Quillota y arribaban alpuerto carretas
atestadas de aprovisionamientos. En incesante ajetreo
los encargados de distribuirlos ambulaban entre pilas de
fardos.
Cargábanse
en los barcos de transporte pertrechos y municiones;
alimentos y vestuarios; caballadas y arneses; armas y cañones,
entre los cuales andaba fray Luis Beltrán, enérgico y
gesticulante como siempre, embutido en su nuevo uniforme
de capitán de artillería; mientras Nicolás Rodríguez
Peña, el ilustre triunviro de 1813 y primer confidente
de la empresa, vigilaba el cumplimiento de los
contratos, y su antiguo colega, Antonio Alvarez Jonte,
mortalmente enfermo, se empeñaba en rendir sus
postreros esfuerzos.
Más
de cuatro mil hombres de las tres armas fueron embarcándose
en un orden perfecto, 2.313 de ellos eran argentinos y
1.805 chilenos, sin hacer cuenta de la numerosa
oficialidad.
Por
fin, el 20 de agosto la armada se alineaba en la hermosa
bahía, deslumbrante la blancura de sus velámenes,
relucientes los cascos recién pintados, al tope la
bandera con la estrella de Chile, formados en cubierta
los batallones. En una empavesada falúa, que se
deslizaba airosamente entre las naves pasaba revista
antes de embarcarse el general José de San Martín, a
quien O’Higgins había enviado su nombramiento de
capitán general.
Acompañábanle
en la carroza sus generales divisionarios José Antonio
Álvarez de Arenales, el recio vencedor de la Florida, y
Toribio de Luzuriaga, que tan eficazmente había
colaborado con él en el gobierno de Cuyo; e iban también
el general Las Heras, designado jefe del Estado Mayor, y
los secretarios de guerra Bernardo Monteagudo y Juan
García del Río, junto al flamante coronel don Tomás
Guido, que acababa de trocar por la espada su cartera de
diplomático y era el primer edecán del general en
jefe.
El
espectáculo era imponente y magnífico. Partía desde a
bordo la aclamación emocionante de los soldados del
glorioso ejército de los Andes unidos a las tropas de
Chile en el nuevo "Ejército Libertador", en
cuyas filas formaban ahora los Granaderos a Caballo, los
Cazadores, los artilleros, los veteranos de la infantería.
Sus vivas a la patria se unían a los ¡hurras! estentóreos
de las tripulaciones mandadas por aquellos rudos
capitanes ingleses de chaqueta blanca y patillas rojas.
Desde la playa, en un revolear de pañuelos, que también
servían para enjugar las lágrimas de la despedida,
respondía incesante el clamoreo unánime de la
multitud.
Poco
después zarpaba la expedición y las naves se alejaban
lentamente del puerto para tomar el largo, hendiendo las
ondas del océano rumbo al norte. En la vanguardia iba
el almirante lord Cochrane, que enarbolaba su enseña en
la "O'Higgins", fragata de 44 cañones, a cuyo
lado navegaban la "Lautaro", de 46, y el
bergantín "Galvarino", de 18; seguían después
los dieciséis transportes flanqueados por el
"Araucano", de 16, y la goleta "Moctezuma"
de 7; y cerraban la marcha, tras una línea de lanchas
cañoneras, la "Independencia", de 28, y el
navío "San Martín", de 64. el más poderoso
de la flota, donde se había instalado el rancho del
general en jefe.

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