8·
Guerra
y Política
La
escuadra navegaba ya ante las costas peruanas, y San
Martín dispuso realizar el desembarco en la bahía de
Paracas, en una playa arenosa a diez kilómetros de la
cual se alzaba la villa de Pisco. Así se hizo con
absoluta tranquilidad el 8 de septiembre. ¿Porqué
desembarcó en Pisco? Lord Cochrane, obstinado escocés,
no terminaba de entenderlo, y sostenía con terquedad
que debía tomarse tierra frente a Lima para atacar
enseguida al virrey.
El
general en jefe había decidido con admirable previsión.
Pisco se hallaba a 260 kilómetros de Lima, y esta
circunstancia le daba tiempo para promover la insurrección
del país sobre el cual debía sostenerse, elemento de
primera fuerza para el desarrollo de sus planes. Además,
evitaba afrontar de golpe a un ejército muy superior en
número, y desde Pisco podía realizar con eficacia el
designio militar de darle inmediato quehacer a sus
espaldas, mientras él iba a presentársele en el norte
haciéndole creer entretanto que buscaría su objetivo
desde el sur.
Quería
también iniciar las primeras fintas del manejo político que tenía meditado, y sabía que
llegaba en el mejor momento para ello. Estaba cierto que
los jefes liberales del ejército de Pezuela presionaban
sobre el virrey para buscar un avenimiento con los
disidentes sobre la base de la Constitución de 1812,
recién jurada por Fernando, y de las Cortes, en las
cuales se había acordado dar representación a los
diputados de América. Ése era. además, el propósito
del nuevo gabinete español.
San
Martín había decidido cruzar definitivamente esa
esperanza. Demasiado conocía él a los liberales de las
Cortes: eran los mismos que en Cádiz le habían
asqueado tanto como los serviles de Fernando. Él también
era liberal y sabía cómo envolver al adversario en la
trampa de los principios.
El
mismo día del desembarco, desde Pisco, al tiempo que
sus tropas desalojaban a la guarnición realista, 500
hombres al mando del coronel Quimper, dio su primera
proclama a los peruanos, y en ella, al referirse a la
constitución, que Pezuela había dispuesto jurar en
todo el virreinato, expresó rotundamente esta
advertencia: "La América no puede contemplar la
constitución española sino como un medio fraudulento
de mantener en ella el sistema colonial. Ningún
beneficio podemos esperar de un código formado a dos
mil leguas de distancia, sin la intervención de
nuestros representantes.
El
último virrey del Perú hace esfuerzos por prolongar su
decrépita autoridad. El tiempo de la opresión y de la
fuerza ha pasado. Yo vengo a poner término a esa época
de dolor y humillación. Este es el voto del Ejército
Libertador, ansioso de sellar con su sangre la libertad
del Nuevo Mundo".
Pezuela
quedaba, pues, notificado, y más que él, los jefes
liberales del ejército realista. La Constitución de Cádiz, el nuevo régimen de la revolución
española, nada valían para el jefe del Ejército
Libertador. Y se dijera que acentuaba más el terminante
repudio al dirigirse él mismo, y en otro proclama, a la
nobleza del Perú: "Ilustres patricios - les decía
-, la voz de la revolución política de esta parte del
Nuevo Mundo y el empleo de las armas que lo promueven no
han sido ni pueden ser contra vuestros verdaderos
privilegios".
Púsose
en seguida en contacto con las gentes de la tierra y se
desparramaron por todas partes sus proclamas. Y el
general. que no quería perder mucho tiempo en Pisco,
comenzó a conferenciar reservadamente con Arenales.
No
había transcurrido una semana desde el desembarco
cuando se presentaba un representante de Pezuela. El
virrey pretendía abrir la negociación e invitaba a San
Martín a designar diputados para escuchar sus
proposiciones. San Martín aceptó. Como había
imaginado, el juego comenzaba por la política; y sus
diputados, Guido y García del Río, se trasladaron a
Miraflores, un pequeño villorrio al sur de Lima, a
tratar con los del virrey. Pero era natural que no
pudieran entenderse.
Proponían
los realistas como base de arreglo, la constitución
española y el envío de diputados americanos a las
Cortes. Pero no era posible aceptar lo que San Martín
había rechazado expresamente en su proclama. Pidieron
entonces aquéllos la suspensión de las armas y el
retiro de las tropas invasoras hasta que fueran
diputados a España; pero la contrapropuesta patriota
era también inaceptable, porque exigieron para acceder,
entre otras cosas igualmente sustanciales, la evacuación
del Alto Perú. que sería ocupado por el Ejército
Libertador.
El
1 de
octubre terminaba la fracasada conferencia de Miraflores,
pero quedaba de ella una inquietante sugerencia que los
diputados independientes, siguiendo el juego de su
general, deslizaron en el oído del virrey: "acaso
sobre la base de la independencia política del Perú,
la pacificación podía convenirse estableciendo una
monarquía con un príncipe de la casa reinante en España..."
San Martín explicaría años después la cabal
inteligencia de esta proposición.
Durante
el breve armisticio, San Martín había redactado unas
prolijas instrucciones para el general Arenales, que debía
expedicionar a la Sierra, o sea a la región que se
eleva hacia el Oriente inmediatamente después de la
región de la Costa. Tenía como objetivo realizar una
doble acción militar y política, pues debería ocupar
e insurreccionar las poblaciones existentes en los
valles que van escalonándose entre las dos cadenas de
los Andes.
Arenales
debería irrumpir por el
desfiladero de Castro Virreyna, con una columna
de mil hombres, y recorrería esos valles de sur a
norte, desde Huamanga, ocupando sucesivamente a
Huancavelica, Jauja y Tarma, para descender hacia la
costa, desde Pasco, y colocarse al norte de Lima.
Allí
le esperaría San Martín con el ejército, porque
pensaba reembarcarlo en Pisco y llevarlo por el mar,
para situarse al norte de la capital. Era una fina
operación semienvolvente, que por cierto no esperaba
Pezuela. Es verdad que dejaba libre el sur, pero su
ejecución cortaba al virrey las comunicaciones con el
norte, donde sabía el general era inminente el
pronunciamiento de Trujillo, con cuyo gobernador, marqués
de Torre- Tagle, estaba en relaciones desde Chile; y,
además, a las espaldas de Lima dejaba toda la Sierra en
insurrección.
Era,
sin duda, una audaz diversión, que comprometía a la
cuarta parte de su ejército en una empresa llena de
peligros: pero San Martín confiaba en la pericia de
Arenales, veterano batallador en las campañas del Alto
Perú e insuperable conductor para una guerra de montaña.
El
general aguardó en Pisco hasta saber que Arenales
escalaba los pasos de la sierra, después de haber
derrotado a algunas fuerzas enemigas en Inca y en Nazca,
contra las cuales desprendió ágiles columnas al mando
de Rojas y Lavalle, que iniciaron con la victoria esta
primera etapa de la campaña.
San
Martín reembarcó el ejército el 25 de octubre y se
trasladó hasta el puerto de Ancón, desembarcando poco
después en el de Huacho a 150 kilómetros al norte de
Lima, para instalar su campamento en Huaura. Allí
esperaría el resultado de la expedición a la Sierra,
mientras comenzaba en seguida su diligente actividad
proselitista para sublevar en su favor a las provincias
septentrionales.
Había
en esa espera, que exasperaba al irritable lord Cochrane,
la paciente confianza del buen ajedrecista; no quería
ni debía apresurarse, sino dejar actuar a los factores
diversos que integraban su plan. Por eso le había
escrito a O'Higgins explicándole la marcha de Arenales
y su reembarco hacia el norte: "Mi objeto es
bloquear a Lima por la insurrección general y obligar a
Pezuela a una capitulación".
Estaba
cierto de obtener este resultado en menos de tres meses;
pero no hubo, sin embargo, capitulación, y la guerra se
prolongaría aunque San Martín lograse su propósito
esencial, entrando a Lima sin lucha y proclamando desde
la capital la independencia del Perú en julio del año
entrante.
Lo
notable fue que habrían de ser los jefes liberales del
ejército realista los que interfirieran el plan del
Libertador, pues cuando Pezuela estaba moralmente
vencido fueron ellos quienes le impidieron capitular.
A
poco de establecer su campamento en Huaura, fueron
produciéndose los hechos que San Martín esperaba para
estrechar al virrey. Guayaquil, que se había levantado
el 9 de octubre al solo anuncio de su presencia en
Pisco, le enviaba sus diputados y se acogía a su
protección; poco después, el 5 de noviembre, el
almirante Cochrane realizaba una hazaña incomparable
capturando a la fragata Esmeralda, en su refugio del
Callao, cuyos fuegos desafió impávido ante el asombro
de los propios adversarios; a principios de diciembre
los trabajos
de zapa, que minaban constantemente el frente interno
enemigo, obtenían un éxito brillante al decidir la
deserción en masa del regimiento "Numancia",
formado en gran parte por colombianos, que se pasó a
sus banderas con armas y bagajes; y para Navidad el
marqués de Torre-Tagle se pronunciaba en Trujillo.
Por
su parte permaneció en posición
defensiva, preparado para recibir un ataque,
aunque conocía bien la indecisión de Pezuela, que él
había determinado con su estrategia. Si salía de Lima
para buscar a San Martín en Huaura debía temer con
fundamento que éste embarcara su ejército en Huacho y
cayera sobre la capital indefensa.
Por
eso el virrey se contentaba con mantener una fuerte
vanguardia sobre la línea del Chancay, reteniendo a su
ejército en Aznapuquio, mientras su adversario
explotaba hábilmente la situación inundando de agentes
y proclamas a la ciudad de los Reyes, y movía ágiles
guerrillas en sus alrededores que jaqueaban los caminos
y entorpecían los abastos. A principios de enero de
1821 se incorporaba al Ejército Libertador la división
de Arenales, que había concluido su campaña obteniendo
una magnífica victoria
en Pasco y llenado su objeto de levantar a los pueblos
de la Sierra en favor de los independientes.
Daba,
pues, sus frutos la situación creada por San Martín.
Pezuela había llegado a declarar que creía imposible
defender al país si no le llegaban refuerzos navales de
España, y dentro de Lima, un fuerte partido le incitaba
a una capitulación honorífica. Pero los jefes de la
logia constitucional, que le eran adversos, temieron se
decidiera en este sentido, y reunidos en el cuartel
general de Aznapuquio le intimaron abandonar el mando
como único medio de conservar el Perú.
El
virrey se resignó, y el 29 de enero de 1821 los jefes
eligieron en su reemplazo al general La Serna. Y he ahí
cómo el jefe del Ejército Libertador debería
entenderse, en adelante, con los jefes liberales del ejército
realista.

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