12·
La
entrevista de Guayaquil
San
Martín se dirigió de nuevo hacia Guayaquil con el
mismo objeto anunciado para la malograda entrevista de
febrero. Había embarcado en la goleta
"Macedonia", que arribó el 25 de julio a la
isla de Puná, a la entrada del golfo, y allí recibió
el anticipado saludo de Bolívar,
presente en Guayaquil desde unos días antes.
El
Libertador de Colombia había aprovechado su tiempo y
resuelto perentoriamente la incorporación a su dominio
de la provincia de Guayaquil, cuya Junta de Gobierno
después de proclamar la autonomía en 1820 buscaba la
unión con el Perú.
Por
eso en la carta que compañó al saludo invitaba a San
Martín a descender a la ciudad para recibirlo "en
el suelo de Colombia". Era un avance típico del
temperamento y los procedimientos de Bolívar, el cual
se anticipó con habilidad y firmeza a producir el hecho
consumado que opondría después a
los propósitos del Protector del Perú sobre la
conveniencia de permitir a Guayaquil la libre
determinación de su destino.
Vale
la pena recordar esa carta, primorosa y cálida expresión
de amistad: "Con suma satisfacción, dignísimo
amigo, doy a usted por primera vez el título que ha
mucho tiempo mi corazón le ha consagrado. Amigo le
llamo y este nombre será el que debe quedarnos por la
vida porque la amistad es el único título que
corresponde a hermanos de armas, de empresa y de opinión.
Tan
sensible me será que no venga a esta ciudad como si fuéramos
vencidos en muchas batallas; pero no, no dejará burlada
la ansia que tengo de estrechar en el suelo de Colombia
al primer amigo de mi corazón y de mi patria.
¿Cómo
es posible que venga usted de tan lejos para dejarnos
sin la posesión efectiva en Guayaquil del hombre
singular que todos anhelan conocer y si es posible
tocar?
No
es posible. Yo espero a usted y también iré a
encontrarle donde quiera esperarme; pero sin desistir de
que nos honre en esta ciudad. Pocas horas como usted
dice bastan para tratar entre militares; pero no serían
bastantes esas mismas para satisfacer la pasión de
amistad que va a empezar a disfrutar de la dicha de
conocer el objeto caro que amaba sólo por la opinión,
sólo por la fama".
Al
día siguiente San Martín desembarcaba en Guayaquil.
Se
le había preparado alojamiento en una casa frente al
muelle y en ella le aguardaba Bolívar, de gran
uniforme, y acompañado de su Estado Mayor. Al acercarse
San Martín, cuenta el coronel Rufino Guido que se
hallaba presente, el Libertador de Colombia se adelantó
unos pasos y alargando la diestra dijo: "Al fin se
cumplieron mis deseos de conocer y estrecharla mano del
renombrado general San Martín".
Subieron
juntos hasta el salón principal y hubo allí
presentaciones y saludos efusivos; pero poco después
San Martín y Bolívar se encerraron para conversar a
solas durante una hora y media. Después de esta
conferencia Bolívar se retiró de la casa y San Martín
que debió seguir cumplimentando a las gentes empeñadas
en saludarle, retribuyó horas después el saludo del
Libertador de Colombia trasladándose a la residencia de
éste donde volvieron a hablar a solas aunque muy
brevemente.
Cuando
retornó a su alojamiento, agrega Guido, acercándose la
hora de comer lo hizo sin más compañía que la de sus
edecanes y el oficial de la escolta, y por la noche
recibió otras visitas entre ellas, algunas de señoras.
Al
día siguiente, 27 de julio, San Martín volvió
a entrevistarse con Bolívar; pero esa misma mañana dio
orden que le arreglaran su equipaje y estuviera todo
listo en la Macedonia para regresar al Perú, pues
pensaba embarcarse a las once de la noche.
La
nueva conversación se realizó en la residencia de Bolívar
desde la una hasta las cinco de la tarde y, como la
anterior, encerrados en un salón y sin testigos. Cuando
terminaron la casa estaba llena de generales y
personajes invitados por el Libertador a un gran
banquete que ofrecía en honor del Protector del Perú.
Al
final del convite Bolívar alzó su copa y exclamó:
"Brindo, señores, por los dos hombres más grandes
de la América del Sur, el general San Martín y
yo". San Martín contestó: "Por la pronta
terminación de la guerra, por la organización de las
nuevas repúblicas del continente americano y por la
salud del Libertador".
Hubo
después un baile y el general debió participar de la
fiesta hasta que a medianoche llamó a Guido y le dijo:
"Vamos, no puedo soportar este bullicio".
Advertido Bolívar lo acompañó a retirarse sin ser
notado y ambos se dirigieron directamente al muelle
donde se despidieron para siempre. San Martín embarcó
en un bote de la Macedonia y apenas llegó a bordo la
goleta levó sus anclas y se hizo a la vela.
¿De
qué se había tratado en la famosa entrevista? Durante
años quedó guardado lo que dio en llamarse el secreto
de Guayaquil y se tejieron conjeturas o inventaron hipótesis
diversas, porque del encuentro entre San Martín y Bolívar
sólo se supo entonces ciertamente que aquél había
resuelto eliminarse de la escena americana dejando al
Libertador de Colombia la tarea de concluir con las últimas
fuerzas realistas en el Perú.
Pero
el misterio se disipó en 1844, Gabriel Lafond de Lurcy,
un marino francés que solicitó y obtuvo de San Martín
informaciones y documentos sobre su actuación en la
guerra de la emancipación americana, publicó en la
obra "Voyages autour du monde et voyages célebres.
Voyages dans les deux Amériques", el texto de una
carta que San Martín dirigió a Bolívar el 29 de
agosto de 1821, de vuelta en Lima una vez realizada la
entrevista de Guayaquil y cuando el general ultimaba los
preparativos para reunir al Congreso del Perú ante el
cual resignaría su cargo de Protector.
La
carta que publicó Lafond fue traducida y publicada por
Juan Bautista Alberdi en 1844, viviendo aún el general
San Martín, y decía así:
Lima,
29 de agosto de 1821.
Excmo.
señor Libertador de Colombia, Simón Bolívar.
Querido
general:
“Dije
a usted en mi última del 23 del corriente que habiendo
reasumido el mando Supremo de esta república, con el
fin de separar de él al débil e inepto Torre-Tagle las
atenciones que me rodeaban en el momento no me permitían
escribirle con la atención que deseaba; ahora al
verificarlo no sólo lo haré con la franqueza de mi carácter
sino con la que exigen los altos intereses de la América.
Los
resultados de nuestra entrevista no han sido los que me
prometía para la pronta terminación de la guerra.
Desgraciadamente yo estoy íntimamente convencido o que
no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus
órdenes, con las fuerzas de mi mando, o que mi persona
le es embarazosa.
Las
razones que usted me expuso de que su delicadeza no le
permitiría jamás mandarme, y que aun en el caso de que
esta dificultad pudiese ser vencida estaba seguro que el
Congreso de Colombia no autorizaría su separación del
territorio de la república,
permítame general, le diga no me han parecido
plausibles. La primera se refuta por sí misma. En
cuanto a la seguida estoy muy persuadido la menor
manifestación suya al Congreso sería acogida con unánime
aprobación cuando se trata de finalizar la lucha en que
estamos empeñados con la cooperación de usted y la del
ejército de su mando y que el honor de ponerle término
refluirá tanto sobre usted como sobre la república que
preside.
No
se haga usted ilusiones, general. Las noticias que tiene
de las fuerzas realistas son equivocadas: ellas montan
en el Alto y Bajo Perú a más de 19.000 veteranos, que
pueden reunirse en el espacio de dos meses.
El
ejército patriota, diezmado por las enfermedades, no
podrá poner en línea de batalla sino 8.500 hombres, y
de éstos una gran parte reclutas. La división del
general Santa Cruz cuyas bajas según me escribe este
general no han sido reemplazadas a pesar de sus
reclamaciones en su dilatada marcha por tierra, debe
experimentar una pérdida considerable, y nada podrá
emprender en la presente campaña. La división de 1.400
colombianos que usted envía será necesaria para
mantener la guarnición del Callao y el orden en Lima.
Por
consiguiente, sin el apoyo del ejército de su mando, la
operación que se prepara por Puertos Intermedios no
podrá conseguir las ventajas que debían esperarse, si
fuerzas poderosas no llaman en la atención del enemigo
por otra parte y así la lucha se prolongará por un
tiempo indefinido. Digo indefinido porque estoy íntimamente
convencido que sean cuales fueren las vicisitudes de la
presente guerra, la independencia de la América es
irrevocable; pero también lo estoy de que su prolongación
causará la ruina de sus pueblos, y es un deber sagrado
para los hombres a quienes están confiados sus
destinos, evitar la continuación de tamaños males.
En
fin, general; mi partido está irrevocablemente tomado.
Para el 20 del mes entrante he convocado el primer
congreso del Perú y al día siguiente de su instalación
me embarcaré para Chile convencido de que mi presencia
es el solo obstáculo que le impide a usted venir al Perú
con el ejército de su mando.
Para
mí hubiese sido el colmo de la felicidad terminar la
guerra de la independencia bajo las órdenes de un
general a quien América debe su libertad. El destino lo
dispone de otro modo y es preciso conformarse.
No
dudando que después de mi salida del Perú el gobierno
que se establezca reclamará la activa cooperación de
Colombia y que usted no podrá negarse a tan justa
exigencia, remitiré a usted una nota de todos los jefes
cuya conducta militar y privada pueda ser a usted de
alguna utilidad su conocimiento.
El
general Arenales quedará encargado del mando de las
fuerzas argentinas. Su honradez, coraje y conocimiento,
estoy seguro lo harán acreedor a que usted le dispense
toda consideración.
Nada
diré a usted sobre la reunión de Guayaquil a la república
de Colombia. Permítame, general, que le diga que creí
no era a nosotros a quienes correspondía decidir este
importante asunto. Concluida la guerra los gobiernos
respectivos lo hubieran transado sin los inconvenientes
que en el día pueden resultar a los intereses de los
nuevos estados de Sud América.
He
hablado a usted, general, con franqueza, pero los
sentimientos que expresa esta carta quedarán sepultados
en el más profundo silencio; si llegasen a traslucirse,
los enemigos de nuestra libertad podrían prevalecerse
para perjudicarla, y los intrigantes y ambiciosos para
soplar la discordia.
Con
el comandante Delgado, dador de ésta, remito a usted
una escopeta y un par de pistolas juntamente con el
caballo de paso que le ofrecí en Guayaquil. Admita
usted, general, esta memoria del primero de sus
admiradores.
Con
estos sentimientos y con los de desearle únicamente sea
usted quien tenga la gloria de terminar la guerra de la
independencia de la América del Sud, se repite su afectísimo
servidor. JOSÉ DE SAN MARTÍN."
En
esta carta se establecía con escueta precisión el
objeto fundamental de la entrevista, que no fue otro
sino el de la pronta terminación de la guerra o sea el
problema para el cual, según decía Bolívar,
repitiendo palabras del propio San Martín al anunciarle
su visita, bastaban pocas horas para tratar entre
militares.
Y
pocas horas estuvieron realmente en Guayaquil los dos
Libertadores conferenciando sobre ese problema de la
cooperación que San Martín fue a pedir a Bolívar.
Recordábase
en ella, además, el verídico planteo que debió hacer
San Martín al referir la situación militar existente
en el Perú y exponer el plan final de la campaña. Era
indispensable, para conseguir las ventajas esperadas, el
apoyo del ejército de Bolívar. Los 1.400 hombres que
éste ofreció al Protector apenas bastaban para
mantener el orden en Lima y atender la guarnición del
Callao.
La
operación planeada consistía en desembarcar una fuerte
división en Puertos Intermedios, seguramente en
Arica, para atacar directamente sobre el centro
adversario dislocando la conexión de los realistas de
la Sierra con los del Alto Perú, que a su vez serían
hostigados desde la frontera argentina por tropas que el
propio San Martín había gestionado se movieran
oportunamente en tal sentido.
Pero
para obtener una decisión victoriosa final era
necesario que fuerzas poderosas, en el caso del ejército
de Colombia, invadieran la Sierra por Pasco y derrotaran
o aferraran en el valle de Jauja a las que allí tenía
concentradas el virrey, para evitar su unión con las
atacadas de frente por la expedición de los Puertos
Intermedios.
La
insuficiencia del ejército del Perú era evidente y números
precisos lo demostraban. Existía, además, la
experiencia concluyente de otras tentativas realizadas
contra el enemigo que fracasaron por esa inferioridad,
como la primera expedición de Miller y la reciente de
Gamarra, derrotado en Ica no sólo por sus errores
militares sino por la notoria escasez de efectivos.
San
Martín desarrolló, pues, ante Bolívar un amplio plan
militar para concluir la guerra, evitando su dolorosa
prolongación. Realizarlo era un deber sagrado. Además
era la gloria del triunfo final; el honor de poner término
a la cruenta campaña de la independencia. Pero Bolívar
opuso objeciones diversas y tenaces que San Martín
rebatió una por una, según se desprende de su carta, y
llegó a ofrecerle combatir bajo sus órdenes con tal de
obtener la ansiada cooperación.
Tampoco
aceptó Bolívar y entonces se persuadió San Martín
que aquella gloria y ese honor no podían ser
compartidos, que su persona era el obstáculo. En su espíritu
debió surgir súbitamente la determinación de
removerlo y se resolvió con su certera rapidez de
apreciación y la enérgica entereza con que sabía
movilizar su voluntad.
Pensó
desde ese instante en su alejamiento como una solución
impuesta por las circunstancias, aceptándolo con ese
estoicismo del deber que él llamaba acatamiento del
destino y que siempre le impelía inexorablemente a
cumplirlo hasta el fin.
Sin
duda anticipó ese propósito a su interlocutor, pues éste
lo hizo saber, junto con otros detalles de la
entrevista, al vicepresidente de Colombia, general
Santander, en una carta que le envió el 29 de
julio, desde Guayaquil, dos días después de haber
emprendido San Martín su regreso al Perú; pero también
le instaría a reservarlo con el mismo recato con que él
prefería eliminarse sin hacer alarde de un sacrificio
cuyo precio iba a ser la terminación de la guerra de América.
Esto
fue lo esencial de la entrevista de Guayaquil.
Seguramente se habló sobre otros problemas y la propia
carta de San Martín alude al zanjado por Bolívar
cuando resolvió disolver a la junta de gobierno de
Guayaquil e incorporar a Colombia su territorio; y se
hablaría entre otras cosas sobre sistemas de gobierno
para las naciones recién creadas y la
controversia sobre el proyecto monárquico que el mismo
Bolívar en la carta a Santander calificaba de "proforma".
El
propio San Martín, cinco años después, estando en
Bruselas, escribió al general Miller el 19 de abril de
1827 una carta en la cual refiriéndose a la entrevista
con Bolívar le decía: "En cuanto a mi viaje a
Guayaquil él no tuvo otro objeto que el de reclamar del
general Bolívar los auxilios que pudiera prestar para
terminar la guerra del Perú; auxilio que una justa
retribución (prescindiendo de los intereses generales
de América) lo exigía por los que el Perú tan
generosamente había prestado para libertar el
territorio de Colombia.
Mi
confianza en el buen resultado estaba tanto más
fundada, cuanto el ejército de Colombia, después de la
batalla de Pichincha se había aumentado con los
prisioneros y contaba 9.600 bayonetas; pero mis
esperanzas fueron burladas al ver que en mi primera
conferencia con el Libertador me declaró que haciendo
todos los esfuerzos posibles sólo podría desprenderse
de tres batallones con la fuerza total de 1.070 plazas.
Estos
auxilios no me parecieron suficientes para terminar la
guerra, pues estaba convencido que el buen éxito de
ella no podía esperarse sin la activa y eficaz
cooperación de todas las fuerzas de Colombia; así es
que mi resolución fue tomada en el acto creyendo de mi
deber hacer el último sacrificio en beneficio del país.
Al
siguiente día y a presencia del vicealmirante Blanco
dije al Libertador que habiendo convocado el congreso
para el próximo mes el día de su instalación sería
el último de mi presencia en el Perú, añadiendo:
ahora le queda a usted, general, un nuevo campo de
gloria en el que va a poner el último sello a la
libertad de la América. (Yo autorizo y ruego a usted
escriba al general Blanco a fin de ratificar este
hecho.) A las dos de la mañana del siguiente día me
embarqué habiéndome acompañado Bolívar hasta el bote
y entregándome su retrato como una memoria de lo
sincero de su amistad; mi estadía en Guayaquil no fue más
de 40 horas, tiempo suficiente para el objeto que
llevaba".
Por
fin, en otra carta, dirigida el 11 de Septiembre de 1848
desde Boulogne-Sur-Mer, al mariscal Ramón Castilla,
presidente del Perú, aludía también San Martín al
asunto de Guayaquil y le decía: "He ahí, mi
querido general. un corto análisis de mi vida pública
seguida en América; yo hubiera tenido la más completa
satisfacción habiéndole puesto fin con la terminación
de la guerra de la independencia del Perú pero mi
entrevista en Guayaquil con el general Bolívar me
convenció, no obstante sus promesas, que el solo obstáculo
de su venida al Perú con el ejército de su mando, no
era otro que la presencia del general San Martín, a
pesar de la sinceridad con que le ofrecí ponerme a sus
órdenes, con todas las fuerzas de que yo disponía”.
"Si
algún servicio tiene que agradecerme la América es el
de mi retirada de Lima, paso que no sólo comprometía
mi honor y reputación sino que era tanto más sensible
cuanto que conocía que con las fuerzas reunidas de
Colombia la guerra de la independencia hubiera terminado
en todo el año 23.
Pero
este costoso sacrificio y el no pequeño de tener que
guardar un silencio absoluto (tan necesario en aquellas
circunstancias) por los motivos que me obligaron a dar
este paso, son esfuerzos que usted podrá calcular y que
no está al alcance de todos el poder apreciarlos".
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