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Durante
el gobierno del Protector
La
situación militar se había estacionado y el Perú
aparecía dividido en dos porciones: los realistas
ocupaban la Sierra y a través de sus valles hacia el
sur comunicaban con sus fuerzas
en el Alto Perú; en manos de los independientes
estaban la capital, la costa y todo el norte del país.
Antes
de la ocupación de Lima se habían realizado dos
operaciones despachadas por San Martín desde Huaura:
una hacia la Sierra y otra con destino al sur de la región
de la costa donde debía penetrar por los Puertos
Intermedios; pero no lograron el éxito previsto, que
sin duda alguna hubiera mejorado decididamente aquella
situación.
La
primera había sido dirigida por el general Arenales,
que ocupó el valle de Jauja en el mes de mayo, pero
como tenía instrucciones de no comprometer su división
no alcanzó a evitar, como fue su propósito, que La
Serna se uniera con Canterac cuando el ejército
realista dividido en dos fracciones abandonó la capital
para buscar en el interior un campo de operaciones
propicio a la prolongación de la resistencia.
Esta
segunda campaña de la Sierra resultó, pues,
infructuosa; y Arenales retornó a Lima mientras el
virrey se hacía fuerte en el valle de Jauja desde donde
se trasladó más tarde al Cuzco.
La
expedición al sur tampoco fue muy feliz a pesar de la
valerosa conducción de Miller y los bríos de lord
Cochrane en cuyas naves fue conducida a los Puertos
Intermedios. Se hizo un primer desembarco en Pisco y
luego otro en Arica desde donde avanzó Miller hasta
Tacna obteniendo un buen triunfo en Mirave, el 21 de
mayo, sobre los realistas que le salieron al encuentro
desde la Sierra; pero al final debió concentrarse en
Ica sin mayores perspectivas para una acción más
importante a causa de la escasez de sus efectivos.
Mayor
trascendencia alcanzó, después de la declaración de
independencia del Perú, el fracaso de una expedición
intentada por el general Canterac, a fines de agosto,
con el doble objeto de sorprender si era posible a los
ocupantes de la recién abandonada capital y llevar víveres
a la fortaleza del Callao, donde había quedado aislada
una guarnición realista de más de dos mil hombres y
existía un gran armamento que el virrey necesitaba
recuperar.
El
5 de septiembre Canterac se presentaba al sur de Lima,
en el valle del Lurín, pero halló que el ejército
libertador estaba desplegado en línea de batalla
cubriendo todas las entradas de la capital por el este y
el sur, y no se resolvió a provocar un combate que la
inatacable posición del adversario hacía presumir muy
dudoso.
San
Martín, imperturbable y calculador, lo dejó desfilar
hacia el Callao y le dijo a Las Heras, que estaba a su
lado: "¡Están perdidos! ¡El Callao es nuestro!
No tienen víveres para quince días. Los auxiliares de
la Sierra se los van a comer. Dentro de ocho días tendrán
que rendirse o ensartarse en nuestras bayonetas". Y
así fue, a pesar del asombro de Las Heras y la
impertinencia de lord Cochrane que terminó por no
comprender nada y encolerizarse desaforadamente ante la
calma del general en jefe a quien incitaba a atacar, sin
que éste, resuelto a concluir con su ajedrez, hiciera
caso de sus protestas.
Canterac
pagaría las consecuencias de aquella victoria sin
sangre y comenzó a ver claro apenas se encerró en la
fortaleza; decidió salir enseguida y retirarse por el
norte para ganar a duras penas los faldeos de la Sierra.
El 21 de septiembre la bandera peruana ondeaba en los
castillos del Callao, cuyo jefe, el general La Mar,
estrechado vigorosamente, debió aceptar los términos
de la capitulación que le dictó San Martín.
Después
de la rendición del Callao que consolidaba su dominio
en las provincias liberadas, el Protector del Perú
prosiguió en las tareas del gobierno cuya
responsabilidad había debido afrontar; pero sabía bien
que ésa no podía ser una misión indefinida y durante
los meses finales de 1821 la clara objetividad con que
siempre discernía sobre los hechos de la cambiante
realidad iba a determinar muy pronto una nueva decisión
en su conducta.
Aquellas
tareas eran sin duda absorbentes y delicadas y las abordó
con un sincero afán de señalar a los peruanos las
características del nuevo régimen. Los decretos de su
breve gobierno
tenían el sello de aquellas famosas decisiones de la
Asamblea del año 1813 en las Provincias Unidas, que él
había contribuido con su esfuerzo a que fuera convocada
y en la cual Bernardo Monteagudo, su actual ministro,
había llevado la voz cantante.
Declaró
la libertad de comercio, abolió las encomiendas,
suprimió la inquisición, prohibió los tormentos,
adoptó medidas que garantizaban la seguridad individual
y dictó un Estatuto Provisional, de acuerdo con cuyas
normas debían desenvolverse las funciones del naciente
Estado.
Instituyó
la Orden del Sol y creó la biblioteca pública del Perú,
a la cual donó su propia librería, que había traído
desde Chile.
Era,
como siempre, minucioso y estricto; pero no hay duda que
esa labor de gobernante no podía apartarle de sus
propios fines y tal vez esas preocupaciones le
desasosegaran al distraerle. Debía manejar la cosa pública
en un ambiente conmovido por la lucha reciente y en el
cual subsistían agazapados los adversarios de ayer a
los cuales había que vigilar y no pocas veces perseguir
y exaccionar.
Tenía
que atender a las grandes y pequeñas exigencias de la
administración; auspiciar las obras y proyectos de sus
ministros; y no regatear, además, su actuación en la
sociedad limeña con sus requerimientos sociales, a
menudo amables, y su intriga política, que descubría
ocultas suspicacias locales.
Tuvo
amargos contratiempos, como el definitivo disgusto con
lord Cochrane que se marchó a Chile con su escuadra; y
no pocas decepciones con su propio ejército, enervado
durante la obligada inacción bélica de aquel
intervalo, tan breve sin embargo.
Pronto
comprendió la necesidad de dar otra base al gobierno,
aunque no se le ocultaban sus inconvenientes, porque
advertía sin esfuerzo las tendencias vernáculas
aspirantes al mando.
Todo
ello acentuaba en su espíritu el deseo vehemente de
terminar. Pensó de nuevo en un plan de monarquía
constitucional como medio de dejar establecido un
sistema capaz en su concepto de afianzar el orden, pero
pronto lo desechó. No era hombre de consumirse en
cavilaciones y en el mes de diciembre estaba resuelto a
imprimir un rumbo cierto a su actuación y decretaba la
convocación del Congreso peruano.
Es
que por sobre todas las cuestiones predominaba su
objetivo primordial: la razón de ser de su empresa
libertadora. Debía resolver sobre los medios necesarios
para obtener la decisión. La batalla de América no
estaba aún concluida y ése era el hecho principal. Una
conclusión se imponía netamente a su espíritu y era
que con los propios recursos, insuficientes, no iba a
terminar con el ejército del virrey. Estaba, por
cierto, convencido de que fuesen cuales fuesen las
vicisitudes que sobrevinieran, la independencia era ya
irrevocable, pero entendía como un deber sagrado evitar
a los pueblos la desgracia de prolongar la guerra. Tenía,
pues, que resolver este problema militar y comprendió
que su decisión sólo podía alcanzarla ligándolo a la
etapa final de la guerra de la emancipación americana.
Desde
el norte habían avanzado sobre el sur de Colombia y el
Ecuador las armas de Simón Bolívar, triunfante en la
batalla de Carabobo, casi al mismo tiempo en que San
Martín entraba en Lima; pero se hallaban paralizadas en
Pasto donde los realistas habían organizado una
defensa formidable.
El
general Sucre debió trasladarse por mar hasta
Guayaquil, con tropas colombianas, para atacar desde el
sur al capitán general Aymerich y tratar de reducir
este otro núcleo de la resistencia; pero sus fuerzas
eran relativamente escasas; y aparecía difícil al
joven general venezolano la obtención de su cometido.
Por
eso se había dirigido a San Martín en mayo de 1821
pidiéndole su cooperación en la campaña que iba a
abrir sobre Quito. Los hechos estaban indicando, pues,
la necesidad de esa cooperación en la que también
meditaba el Protector del Perú para la resolución de
su propio problema.
Sucre,
derrotado en la batalla de Huachi, le había reiterado
en octubre, con grande apremio, aquel pedido; y San Martín,
que había organizado una división en Trujillo, decidió
concurrir a la lucha en que se decidiría la libertad
del Ecuador.
Hacía
tiempo que mantenía relaciones epistolares con Bolívar.
Desde Pisco, apenas desembarcado en el Perú, le escribió
una carta que el Libertador de Colombia contestó
manifestando: "Este momento lo había deseado con
toda mi vida; y sólo el de abrazar a V.E. y el de
reunir nuestras banderas puede serme más
satisfactorio".
Después
de Carabobo, en agosto de 1821, Bolívar le escribía:
"V.E. debe creerme: después del bien de Colombia
nada me ocupa tanto como el éxito de las armas de V.E.,
tan dignas de llevar sus estandartes gloriosos
dondequiera que haya esclavos que se abriguen a su
sombra". Y por fin, el 15 de noviembre, desde Bogotá,
apoyaba la instancia de Sucre y le pedía enviase una
división a Guayaquil para oponerse con las fuerzas de
Colombia a los nuevos esfuerzos del enemigo.
Era,
pues, manifiesta la necesidad de una cooperación
militar cuya trascendencia dominaba a las otras
cuestiones que preocupaban su ánimo. Por eso en el mes
de febrero de 1822, al mismo tiempo que autorizaba la
marcha al Ecuador de la columna que iría en auxilio de
Sucre, 1.300 hombres al mando del coronel Andrés Santa
Cruz, decidió ir a entrevistarse con Bolívar, que había
anunciado viajar hasta Guayaquil.
Dejó
encargado del mando a Torre-Tagle y expresó públicamente
los motivos de su viaje: "La causa del Continente
Americano me lleva a realizar un designio que halaga mis
más caras esperanzas. Voy a encontrar en Guayaquil al
Libertador de Colombia.
Los
intereses generales del Perú y de Colombia, la enérgica
terminación de la guerra y la estabilidad del destino a
que con rapidez se acerca la América hacen nuestra
entrevista necesaria ya que el orden de los
acontecimientos nos ha constituido en alto grado
responsables del éxito de esta sublime empresa".
La
entrevista no pudo realizarse porque Bolívar fue
retenido por urgencias de la guerra; pero
de todos modos sería San Martín quien iniciaría
aquella indispensable cooperación. A principios de
febrero la división auxiliar penetraba en las
provincias ecuatorianas de Loja y Cuenca y se
incorporaba a las fuerzas del general Sucre.
Poco
después, en dos batallas memorables, la de Río Bamba,
el 21 de abril, y la de Pichincha, el 24 de mayo, se
lograba la capitulación de Aymerich y las huestes
patriotas se apoderaban de Quito. Bolívar, que había
obtenido una ardua victoria en Bomboná sobre los
realistas de Pasto, entró recién a mediados de junio a
la capital del Ecuador.
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