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1· A 150 años / La memoria postuma. Por Felix Funa

La figura de San Martín no se agiganta por los laureles ganados en los campos de batalla ni por su estatura de libertador, sino por su personalidad, asociada a valores que el país siente como propios.

San Martín es, por antonomasia, el Padre de la Patria. Las encuestas revelan que para el común de los argentinos San Martín es nuestro héroe máximo; basta asistir a algún festejo escolar para advertir el lugar que ocupa en nuestro imaginario. No es objeto de discusión, como suelen serlo Rosas, Rivadavia o Sarmiento. La valoración del personaje es unánime en todos los sectores.

¿Qué motivaciones alimentan esta percepción, que campea en todas las franjas sociales y regiones?

Es cierto que se ha desarrollado desde hace más de un siglo una política historiográfica bien definida en torno de la exaltación del Libertador. El retorno de sus restos, que puso una pausa patriótica en los alborotos civiles de 1880, se revistió de decoro y la grandeza de los acontecimientos marcan de manera indeleble la memoria colectiva. Ya para ese entonces se había completado la publicación de la historia de Mitre, aunque hay que señalar que, contrariamente a lo que suele creerse, esta obra no estuvo dedicada a mitificar a su protagonista pues abunda en críticas a su trayectoria, sino a mostrar su significación continental.

Tiempo después, José Pacífico Otero concretó un completísimo corpus documental que sigue siendo fuente indispensable para cualquier trabajo sobre el prócer. En 1933 Ricardo Rojas publicó "El Santo de la Espada", una hagiografía que pronto quedó incorporada a nuestro patrimonio cultural; el feliz título del libro se convirtió en un sinónimo de San Martín.

Valores propios

Ni todos estos aportes y los que después se elaboraron, ni la creación del Instituto Sanmartiniano, ni la imposición del 17 de agosto como fecha de recordación de su figura, ni las celebraciones escolares, ni los actos oficiales -entre ellos los realizados con motivo del centenario de su fallecimiento, lamentablemente manchados con la manipulación política que se hizo de su memoria-, ni siquiera todo eso alcanza a hacernos entender el sincero y generalizado sentimiento de afecto y admiración que el pueblo argentino abriga hacia José de San Martín.

Porque ni la más hábil política historiográfica puede inventar un héroe ni es capaz de instalar su memoria en la comunidad de una manera tan viva y fresca como la que rodea al Libertador.

Acaso la explicación de esta vigencia haya que buscarla en los valores que se encarnan en la persona de San Martín, pues son valores que convocan la adhesión general. Se sabe que fue un hombre que se planteó una misión concreta, la liberación de las colonias españolas en América y, una vez realizada ésta, se retiró de la vida pública. También es notorio que rehuía los honores y los premios. Careció de ambiciones políticas y llevó siempre una vida sencilla. Es sabido que a pesar de su larga permanencia en España era un criollo hecho y derecho, amigo de las modalidades y formas de vida propias de su país natal y servidor del honor y la palabra empeñada.

Si la piedra de toque para valorar la magnitud de los grandes hombres es su actitud frente al infortunio, San Martín nos brinda un conmovedor ejemplo durante su prolongado autoexilio: no atiza el fuego de las guerras civiles, permanece vigilando el destino de la Patria, no solicita reivindicaciones ni se queja de su suerte. No se había mareado con las dulzuras del poder, ni siquiera cuando ejerció la virtual dictadura del Perú. Eso sí, rabiaba cuando alguien osaba rozar su honor o su honradez personal, pero ni siquiera esos arañazos lo sacaban de su serenidad o lo llevaban a hacer escándalo. Cumplió la última etapa de su misión, la Independencia del Perú, desobedeciendo al gobierno del que dependía, moviendo cielo y tierra en busca de apoyos que siempre le llegaron retaceados, rodeado de intrigas, indisciplinas y escepticismo, sin que ninguno de estos inconvenientes erosionaran su voluntad o paralizaran sus planes.

Esta suma de valores es la que, a mi juicio, fundamenta la jerarquía que en el escenario histórico se le ha conferido a San Martín. No son los laureles ganados en las batallas ni su estatura de libertador de naciones los que han edificado la base de su gloria póstuma. Es su personalidad, tan asociada a valores que sentimos como propios, esos misteriosos hilos compuestos de palabras, actitudes, decisiones y aun silencios que van formando el entramado de nuestra ética como nación.

Respetado, pero poco amado en su época, el tiempo agigantó su figura y la posteridad le ha brindado lo mejor, es decir, el afecto, la gratitud, la admiración; el generalizado sentimiento, en fín, de que esta especie de culto laico que lo honra, es justo y legítimo.