7·
Los factores de la nueva campaña
La
guerra del Perú fue un triunfo de la inteligencia y de
la virtud; una audacia del raciocinio sustentada por la
prudencia de la acción. El conductor debía medir la
magnitud de la empresa por la trascendencia de su fin,
concebido como término decisivo de la emancipación
americana.
Pero
tenía que adecuar la realidad precaria de sus fuerzas a
las circunstancias en que debía utilizarlas y hacerles
rendir el máximo provecho frente a un rival que por lo
menos triplicaba su poderío.
Otros
factores, en consecuencia, deberían concurrir, así
fueran diversos, complejos o inesperados; y había que
hacer jugar todas las piezas con suma habilidad,
colocarlas en la precisa situación de servir al
resultado. Y no podía equivocarse porque ese resultado
era nada menos que la realización del plan libertador y
era también la medida de su propia responsabilidad.
Eso
fue la campaña que determinó la ocupación de Lima y
la independencia del Perú. Un problema resuelto antes
en la mente y una conducción cuya fina sutileza debía
trascender los obstáculos de la realidad que pudieran
interferirla y alcanzar el fruto esperado por quien supo
prever con lúcida certeza y dirigir con paciente
constancia.
Todos
los términos del acuciante problema bullían en la
cabeza de San Martín hasta que consiguió ordenarlos.
Pero primero fue naturalmente su conocimiento cierto, la
minuciosa intelección de los hechos que denunciaban la
realidad de su objetivo, esa viviente realidad del Perú,
sede y baluarte del tenaz adversario, que él no iba a
atropellar como un romántico porque su comportamiento
sería siempre el de un clásico.
Desde
que concibió y aconsejó la estrategia del plan
continental se había aplicado con empeñosa prolijidad
a obtener la información precisa de todos
esos hechos sobre los cuales debería discernir
de acuerdo con las cambiantes circunstancias del momento
de obrar.
Chile
había sido una etapa; y apenas hizo pie en este país,
cuya libertad había fundado después de una brillante
pero dura campaña, su vista se volvió
inmediatamente hacia el Perú, que era su meta
real, la obsesión de su espíritu. En medio de las
inmensas dificultades que sobrevinieron después,
durante su angustiosa lucha para formar la expedición,
no obstante los amargos contratiempos de la crisis política
y la guerra civil, paralelamente a estas fatigas su
esfuerzo mental estuvo siempre concentrado en la empresa
de Lima.
Y
ahora, cuando navegaba hacia el norte, repasaba los
datos ciertos de su prolija información y se aprontaba
a dibujar sobre la tierra peruana las líneas de su
esquema militar y a movilizar los otros factores que le
ayudarían a resolver el complejo problema. Porque
guerra y política iba él a mover con maestría
consumada para decidir la victoria.
Conocía
bien la situación del virrey Pezuela, sucesor del enérgico
Abascal, y sobre todo la distribución de sus fuerzas en
el extenso territorio. No contaba ya con la armada, que
lord Cochrane tenía bloqueada en el Callao, y al ejército,
sin duda con pésimo concepto, lo había dividido en
tres fracciones principales, sin perjuicio de otras
dispersiones parciales.
Cerca
de Lima, en el campamento de Aznapuquio, estaba la
fuerza principal, con más de 7000 soldados, defendiendo
la sede del Virreinato y guardando la región de la
costa; otra división se hallaba en Puno, al parecer
dominando los valles de la sierra; y la tercera, fuerte
de 6000 hombres, estaba en el Alto Perú, sobre la
frontera de Salta, u ocupando las diversas intendencias
de esta región, cuya jurisdicción correspondía al
antiguo virreinato del Río de la Plata y hacía parte,
por consiguiente, de las Provincias Unidas. Había, además,
otras fuerzas diseminadas en el norte de la costa, sobre
Trujillo, o hacia el sur, en Arequipa. El virrey contaba
en realidad con más de 20.000 hombres, y San Martín
llevaba hacia el Perú apenas 4.000.
Pero
el general del Ejército Libertador sabía también cuál
era la realidad política en que Pezuela se estaba
debatiendo. Una red de informantes, como cuando su
famosa guerra de zapa en Chile, le tenía al corriente
de cuanto ocurría en el virreinato peruano y le permitía
a su vez influir constantemente en el ánimo de quienes,
de una manera u otra, habrían de apoyar sus propósitos.
En
primer lugar, el movimiento patriota tenía extensas
ramificaciones y los ideales de la revolución americana
alentaban en los núcleos más diversos, desde los indígenas,
todavía intranquilos en muchas zonas donde había sido
sofocada unos años atrás la sangrienta insurrección
de Pumakahua, hasta personajes de la nobleza y el clero.
El
país estaba minado podía decirse, y listo para
levantarse a pesar de las medidas del virrey y de la
cruel represión a que había sometido a muchos
conspiradores. En segundo término, estaba el ejército
realista. San Martín lo sabía dividido por graves
disensiones, y a algunos de sus jefes en resuelta
oposición con Pezuela.
He
aquí algo acerca de lo cual estaba muy bien informado,
porque era en realidad la repercusión en América de la
crisis de España que él había venido observando con
interés profundo, a través del famoso asunto de la expedición española cuyas alternativas tanto
habían alarmado hasta fines del año anterior al
gobierno de Buenos Aires.
Había
sido precisamente en el ejército del conde del Abisbal
donde se encendió la primera chispa de la revolución
liberal en España. Desde la restauración de Fernando
VII en 1814, liberales y absolutistas mantenían su
enconada discordia.
Extremaban
éstos su intolerancia que acentuaba el rey con medidas
de implacable rigor y porfiaban aquéllos en la
propaganda sediciosa que salía de las logias y se
multiplicaba en libelos y conjuraciones con el propósito
ostensible de implantar la Constitución de 1812. Pero
al fin estalló la revuelta. El 1º de enero de 1810 el
comandante Riego, jefe de uno de los batallones del ejército
expedicionario, proclamó en las Cabezas de San
Juan, cerca de Cádiz, la constitución liberal; y desde
ese momento, en rápida sucesión de movimientos, el
alzamiento se generalizó,
transformándose en exigencia revolucionaria.
Fernando
VII había debido jurar en marzo la Carta de Cádiz y
convocar a Cortes, que se abrieron el 9 de julio. Pero
era, en realidad, un prisionero de la facción
triunfante; y cuando el Ejército Libertador del Perú
salía de Valparaíso, las últimas noticias de España
informaban sobre las reacciones suscitadas por la frenética
tiranía de los prohombres liberales, que obligaban a
leer la constitución hasta en los púlpitos y semejaban
un trasnochado remedo de los jacobinos de 1893.
La
discordia se había trasladado a América y el
liberalismo español era una mina en el ejército del
virrey. Por
fin, estaba el otro gran elemento de la situación de la
guerra en Sudamérica.
Y
San Martín sabía que su presencia en el Perú partiría
en dos el frente de los realistas. Las armas
independientes habían triunfado en Boyacá, el 7 de
agosto de 1819, sobre el general Morillo, conducidas
audazmente a través de los Andes por el general Simón
Bolívar, y poco después. en Angostura, se constituía
la República de Colombia.
El
Libertador del
Norte seguía luchando con el ejército del rey, y
Pezuela no podía esperar auxilio alguno desde Nueva
Granada.
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