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13·
El
renunciamiento
Cuando
San Martín regresó a Lima habían ocurrido allí
sucesos profundamente desagradables. La ausencia del
Protector había sido propicia, al parecer, al estallido
de sordos rencores acumulados desde un principio contra
el ministro Monteagudo, pero que en realidad alcanzaban
a todo el régimen protectoral.
El
antiguo revolucionario de Mártir o Libre era mirado
ahora como un seide siniestro del despotismo; y sus
ideas de gobierno como el símbolo de la reacción. Se
le acusaba de ser un misántropo orgulloso que
consideraba a la capital como una propiedad de conquista
y se le odiaba como responsable de las persecuciones que
debieron sufrir españoles de antiguo arraigo y extensas
vinculaciones en la sociedad del Perú; achacábasele
falta de consideración a los elementos locales y se le
tenía por el principal sostenedor de un plan
monarquista.
Era,
pues, Monteagudo la cabeza de turco contra la que se
dirigieron los golpes de una extensa conspiración que,
en definitiva, exteriorizaba en sus promotores,
dirigidos por el peruano José Riva Agüero, no sólo el
descontento contra un ministro, sino la ansiedad de
llegar al gobierno y sustituir un régimen que algunos
estimaban sencillo reemplazar.
Lo
cierto es que mientras San Martín estaba en Guayaquil
el delegado Torre-Tagle debió ceder ante las exigencias
de los amotinados, cuyo triunfo se alcanzó asimismo por
la absoluta
impasibilidad
asumida en la emergencia por el general Alvarado,
comandante en jefe del ejército.
Monteagudo
tuvo que dejar su ministerio y el país. Pero San Martín
volvía de la entrevista con Bolívar con su resolución
tomada y aquellos sucesos sólo pudieron servir para
fortalecerla. Debieron, sin embargo, llevar a su espíritu
ese momento de acibarada congoja que produce siempre la
ingratitud, aun en el ánimo de los fuertes.
El
Congreso del Perú se reunió solemnemente el 20 de
septiembre y ante él declinó San Martín la
investidura que se había impuesto un año antes
devolviendo la banda bicolor que era su símbolo, y les
dijo entonces a los representantes: "Al deponer la
insignia que caracteriza el jefe Supremo del Perú no
hago sino cumplir con mis deberes y con los votos de mi
corazón.
Si
algo tienen que agradecerme los peruanos es el ejercicio
del poder que el imperio de las circunstancias me hizo
aceptar". Y en una proclama de ese mismo día
recordó: "Mis promesas para con los pueblos en que
he hecho la guerra están cumplidas: hacer la
independencia y dejar a su voluntad la elección de sus
gobiernos. La presencia de un militar afortunado, por más
desprendimiento que tenga, es temible a los Estados que
de nuevo se constituyen".
Aquella
misma noche se embarco en el puerto de Ancón rumbo a
Chile.
En
la cumbre de la cordillera después de haber ascendido
por el camino del Portillo y allí donde se abre un ríspido
cajón llamado del Manzano, hallábase una mañana de
fines de enero de 1823 un antiguo oficial del ejército
de los Andes. Acababa de levantarse el sol e iluminaba
con todo su esplendor el grandioso panorama de piedra
que descendía hacia Occidente. Ascendiendo la cuesta
lentamente veíase una pequeña caravana que al cabo
llegó a distinguirse con nitidez.
El
oficial era don Manuel de Olazábal y pronto advirtió
que quien se acercaba era aquel a quien había ido a
esperar anheloso de ser el primero en saludarle al pisar
de nuevo tierra argentina; el caballero que
presidía la caravana era el generalísimo del Ejército
del Perú. "El general San Martín, - escribió
Olazábal al relatar la escena años después,- iba
acompañado de un capitán y dos asistentes; dos mucamos
y cuatro arrieros con tres
cargueros de equipaje. Cabalgaba una hermosa mula
zaina con silla de las llamadas húngaras y encima un
pellón, y los estribos liados con paño azul por el frío
del metal.
Un
riquísimo guarapón (sombrero de ala grande) de paja de
Guayaquil cubría aquella hermosa cabeza en que había
germinado la libertad de un mundo y que con atrevido
vuelo había trazado sus inmortales campañas y
victorias. El chamal chileno cubría aquel cuerpo de
granito endurecido en el vivac desde sus primeros años.
Vestía
un chaquetón y pantalón de paño azul, zapatos y
polainas y guantes de ante amarillos. Su semblante decaído
por demás, apenas daba fuerza a influenciar el brillo
de aquellos ojos que nadie pudo definir." Cuando se
acercó, Olazábal se precipito hacia él y lo abrazó
por la cintura, deslizándose de sus ojos abundantes lágrimas.
El general le tendió el brazo izquierdo sobre la cabeza
y lleno de emoción sólo pudo decirle: "¡Hijo!"
Así regresaba a la patria, cruzando por última vez la
cordillera de los Andes, el que hacía seis años la había
tramontado en sentido inverso al frente de aquel
valeroso ejército formado por él en Mendoza y cuyas
victorias dieron la libertad a Chile para llenar después
el grande objetivo de su empresa continental proclamando
en Lima la independencia del Perú.
Pero
ésta era ya, con ser tan reciente, la gloria pasada. El
melancólico regreso iniciaba el camino del
renunciamiento que él había elegido, y muy pocos
comprendieron entonces la grandeza moral de esa elección,
signo indudable de la autenticidad de aquella gloria.
Estaba
satisfecho y seguro de su gesto, que fue en síntesis
otra impronta de su carácter, actitud similar a cuantas
debió asumir en los más graves trances de opción
durante su vida pública. Había sido fiel consigo mismo
y ello importaba haber sido fiel a la misión que quiso
realizar en América.
Estaba
cierto que el sacrificio de su retiro iba a ser un bien
para América porque anticipaba de acuerdo con las
circunstancias sobrevenidas la hora de su independencia
y esto le bastaba y le complacía inmensamente; si él
había llegado a ser un obstáculo para que el
Libertador de Colombia diera el golpe final a los
matuchos, no iba a ser él quien siguiera siendo obstáculo
un solo día más.
Comprendía
también que pocos habrían de entenderle. Solamente con
Guido, durante su última noche del Perú, había tenido
un arranque
confidencial:
¿acaso
no podía haber afrontado la intransigencia de Bolívar?
¿Qué
le habría costado meter en un puño a Riva Agüero y
los demás secuaces que daban pábulo a calumniosas
especies?
¿Quién
le hubiera impedido a él, si hubiera querido, afianzar
en la fuerza ese despotismo de que se le acusaba?
¡No!
Él no iba a dar ese día de zambra al enemigo. Él había
venido a libertar a la América y no a hacerle el juego
a la guerra civil ni quiso nunca ser rey ni emperador ni
demonio, como le escribió una vez, explosivamente
indignado, al buen amigo O'Higgins.
Años
después, en 1827, le escribiría a Guido, volviendo
sobre el amistoso debate que éste le reabría
constantemente: "Serás lo que debes ser o no eres
nada" y le decía que confiaba en el juicio de la
historia, a la cual dejaría discernir sobre sus
documentos, después de su muerte, acerca de las causas
que le movieron a retirarse del Perú:
"Usted
me dirá que la opinión pública y la mía particular
están interesadas en que estos documentos vean la luz
en mis días: varias razones me acompañan para no
seguir este dictamen, pero sólo le citaré una: la de
que lo general de los hombres juzgan de lo pasado según
la verdadera justicia y lo presente según sus
intereses".
El
había sido lo que debió ser. En sus maletas del
regreso traía el estandarte de Pizarro, y este ilustre
despojo era una prenda y un símbolo para José de San
Martín, Libertador del Perú.

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