Hoy empieza el Cruce.
Todo lo anterior fueron preparativos, pero hoy llegan los expedicionarios.
La cordillera nos espera y allá vamos, a aceptar el desafío, siguiendo la huella del general San Martín con ánimo patriótico, y a afrontar los peligros confiando en la Virgen, cuya imagen encabezará las marchas.
Mientras tanto, nuestro equipo de logística y página web al volver a Hornillas encuentra una camioneta parada y descompuesta en mitad del desierto. Comprobamos con angustia que es el flete que transporta de vuelta el eje reparado. Así es el Cruce, con un inconveniente a cada paso. Todos los intentos son inútiles y ahí quedan la camioneta y el eje.
Debemos ir hasta la base a buscar otra camioneta para cargar el eje y colocarlo en el trailer. Además, arreglarle el auto al fletero, que de lo contrario morirá de sed en medio de la nada. Pero Rosso, Carlitos Di Santo y Esteban Ocampo son grandes mecánicos y cumplen con la hazaña. Una cosa es contarlo en segundos y otra muy distinta hacer el duro trabajo bajo ese sol impiadoso.
Nos informan que a los expedicionarios que viajan desde Buenos Aires y Rosario no les va mejor. Los porteños tuvieron que estar detenidos durante horas por problemas del ómnibus. Los rosarinos debieron desviarse por un piquete y después su ómnibus rozó un auto, la dueña hizo una denuncia y la policía los detuvo para declarar durante dos horas. Hicieron sus larguísimos viajes y cuando ya están por aquí, en el camino de ripio que lleva a Hornillas comprueban que los ómnibus no pasan por la estrecha y peligrosa huella entre la montaña y los bordes de los precipicios que dan sobre el río.
Como antes el fletero, ellos deben bajarse y esperar ayuda bajo un sol africano. Y seguir esperando. Largo tiempo después llegan las camionetas y los van trasladando apiñados. Los viajes se han hecho interminables y los expedicionarios están agotados, pero la llegada suple todo y los saludos, los reencuentros y los abrazos hacen olvidar el cansancio.
El arribo a este antiquísimo puesto de Hornillas estaba previsto para el mediodía pero en cambio ya es el atardecer. Chuly cita a los jefes de las cuatro patrullas, llamadas San Martín, Alvarez Condarco, Falucho y Soler. Se organizan las patrullas y se les dan las primeras instrucciones. Después, cuando ya cae la noche, salen a conocer a quienes serán sus compañeras de expedición: las nobles pero tercas e impredecibles mulas. Y a montar. Un rato antes un caballo chúcaro había tirado dos veces a uno de nuestros baqueanos, pero los expedicionarios no se achican y salen airosos. Todavía no arrancó el trayecto y ya han tenido una jornada agotadora, pero también están hechos unos domadores. Más tarde, a armar los lugares de dormir. El ambiente ya es de gran camaradería y al final de este largo día viene lo mejor. Adriana, nuestra chef interprovincial, nos avisa que está lista la carbonada y todo el mundo se lanza al ataque con valentía. Después, ya retemplados los cuerpos por la carbonada y los espíritus por el vino, se arma la guitarreada. Cantos a coro, afinados y no tanto. Varios expedicionarios y expedicionarias, como diría alguien, les dan a la guitarra y al bombo. Celebramos el cumpleaños número 30 de Hernán Ruña. Crece la alegría y se arma el baile con gatos, cuecas y otros motivos folklóricos. Música, figuras y vueltas, se fue el cansancio y todos estamos alegres y exaltados.
Más tarde el Chuly aparenta cortar la reunión, pero en realidad lo que pretende es trasladarla al borde del río. Y allí como acto final parecen resonar más emocionadas las voces, con el fondo del río bajando entre las piedras y la vista de “la cordillera toda nevada” como decía aquella zamba. Y una luna llena que mata.
Mañana parte la columna.
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