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4· San Martín y la Crisis directorial

En este final del año 1818 era mucho peor la crisis política en las Provincias Unidas.

El gobierno y el Congreso se habían embarcado decididamente en la negociación monárquica cuyos detalles refirió Julián Álvarez a San Martín en la entrevista de Mendoza. Pero adoptaban esa determinación en plena lucha con las provincias del Litoral, que el Directorio había reabierto con imprudencia incalculable, sin parar mientes en sus consecuencias ni en el pábulo que daba a la política de Artigas, pertinaz en su postura federalista y en su exigencia de no aprobar ningún avenimiento mientras el gobierno de Buenos Aires no declarara la guerra a Portugal, invasor del territorio nacional desde 1816.

En realidad, el proceso federalista estaba abierto en el Litoral desde antes de la revolución de 1816 y Álvarez Thomas primero y después Pueyrredón se empeñaban en sofocarlo.  Mucho había maniobrado el Director Supremo con comisionados y tropas sobre Santa Fe y Entre Ríos, durante los dos últimos años, pero el resultado, entre otras consecuencias adversas a sus fines, había sido promover la aparición de dos fuertes caudillos, Estanislao López y Francisco Ramírez, que ahora se presentaban como abanderados de un auténtico programa federal y, sobre todo, como intérpretes de la oposición de los pueblos a la actitud del gobierno central ante el invasor portugués y al plan monarquista que era una claudicación.

Santa Fe era la posición clave y por eso resultaba indispensable dominarla para vencer en la  nueva campaña, que Pueyrredón decidió abrir en agosto de 1818 enviando contra su territorio al general Juan Ramón Balcarce, que avanzó hasta el Rosario; y al general Belgrano, que desde Tucumán destacó una división al mando de Bustos para amagar desde Córdoba a la rebelde provincia. Pero ni Balcarce ni Bustos pudieron hacer nada efectivo contra el caudillo santafesino que les hizo una guerra de montonera terriblemente eficaz aunque debiera  retroceder casi siempre ante las tropas regladas, que sólo encontraban ante sí la tierra asolada y la airada protesta campesina.

Así comenzó, en medio de esta guerra civil, el año 1819. Belgrano había debido trasladarse a la frontera de Córdoba para asumir personalmente el mando del ejército, mientras Balcarce era reemplazado por Viamonte en la dirección de las fuerzas de Buenos Aires.

Entre tanto llegaban de Europa noticias alarmantes sobre la expedición española que proyectaba enviar Fernando VII, y con el pretexto de este peligro e invocando las cartas que recibía de San Martín sobre la inacción del gobierno chileno, demorado en su cooperación a la

expedición sobre Lima, el Directorio envió a San Martín, el 27 de febrero, la orden de repasar la cordillera con el ejército de los Andes y situarse en Mendoza a la espera de nuevas instrucciones.

Pero cuando esta orden viajaba para Santiago el general se había trasladado a Mendoza desde su acantonamiento en Curimón, enviándole antes una nota a O'Higgins en la que le decía: "La interrupción de correos que hace más de un mes se experimenta con la capital de las Provincias Unidas, las noticias que me suministra el gobernador intendente de la Provincia de Cuyo con respecto a la guerra de anarquía que se está haciendo en las referidas provincias por parte de Santa Fe, me han movido como un ciudadano interesado en la felicidad de la América, a tomar una parte activa a fin de emplear todos los medios conciliativos que están a mis alcances para evitar una guerra que puede tener la mayor trascendencia a nuestra libertad.

A ese objeto he resuelto marchar a dicha provincia de Cuyo, tanto para poner a ésta al cubierto del contagio de anarquía que la amenaza, como de interponer mi corto crédito, tanto con mi gobierno como con el de Santa Fe, a fin de transar una contienda que no puede menos que continuada ponga en peligro la causa que defendemos.

El general Balcarce queda encargado del mando del ejército de los Andes. V.E. podrá nombrar para el de Chile el que sea de su superior agrado; tendré la satisfacción de volver a ponerme a la cabeza de ambos ejércitos luego que cesen los motivos que llevo expuestos y que los aprestos para las operaciones ulteriores que tengo propuestas y confirmadas por V.E. estén prontos".

Evidentemente San Martín veía cada vez más claro en las causas y en las consecuencias de la guerra civil argentina; en la guerra de anarquía como él y los amigos la llamaban. ¿Cómo no había de inquietarse ante la tremenda perspectiva de una lucha en la que el Directorio de Buenos Aires no vacilaba en dejar desguarnecida la frontera del Norte, siempre amenazada por el ejército de La Serna? ¿Cómo no había de ver el peligro que ella implicaba para la causa americana?

Su decisión fue terminante y, como siempre. puso el interés de la patria por encima de sus propias convicciones, comprometidas sin duda con los amigos de la Logia de Buenos Aires en más de uno de los capítulos enrostrados por "los anarquistas". Y desde Mendoza, el 13 de marzo, se dirigió a Estanislao López pidiéndole aceptara la mediación que el gobierno de Chile, a indicación suya, había interpuesto entre el Director Supremo de las Provincias Unidas y el gobernador de Santa Fe, a fin de llegar a un acuerdo que hiciera cesar la guerra. El mismo día y con igual instancia se dirigía al general Artigas.

Le decía a Estanislao López en esta carta famosa: "Unámonos, paisano mío, para batir a los maturrangos que nos amenazan; divididos seremos esclavos; unidos estoy seguro que los batiremos; hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares y concluyamos nuestra obra con honor: la sangre americana que se vierte es muy preciosa y debía emplearse contra los enemigos que quieren subyugarnos".

Y es a López, e igualmente a Artigas, a quienes dirigió en esta misma carta aquella  advertencia: "Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas".

Esta actitud de San Martín ante los caudillos del Litoral ha de contarse sin ambages entre las decisiones más notables de su intervención en el problema político argentino y por ello  corresponde señalar su trascendencia en la crisis final del régimen y medirla por la significación nacional de quien tuvo la extraordinaria entereza de producir un acto que era una clara definición histórica. Por mucho que San Martín estuviera vinculado al equipo gobernante; por más que compartiera la responsabilidad de sus planes como gran dirigente de la Logia, y por poco que le gustara, según expresó más de una vez, la solución federativa, no pudo permanecer indiferente ni sordo ante la guerra civil, ni su visión penetrante de las cosas podía dejar de advertir la realidad y características del drama político y social que se estaba desarrollando en su tierra y que los ideólogos se empeñaban en no ver.

Por eso hizo cuestión de patriotismo al promover y favorecer la mediación chilena entre los partidos en lucha. E hizo más: desahució rotundamente a quienes contaban con el prestigio de su espada para dirimir la contienda. Se ha dicho que estas cartas no llegaron con  oportunidad ni a López ni a Artigas porque las interceptó Belgrano en la frontera de Córdoba; pero sin duda alguna por esta misma causa llegaron a conocimiento del gobierno de Buenos Aires, que era en  definitiva el verdadero destinatario.

Es seguro que desde entonces comenzó a pensar el doctor Tagle en el relevo de San Martín; y de todos modos el Director Supremo no había querido ni siquiera recibir a la comisión mediadora del gobierno chileno formada por el coronel Cruz y el regidor Cavareda. La mediación, advirtióles Pueyrredón, "es desagradable a este gobierno y da al caudillo de los orientales una importancia que él mismo debe desconocer por su situación apurada".

Pero lo cierto es que las cartas de San Martín a Estanislao López y a José Artigas son del 13 de marzo y que el 5 de abril se acordaba entre las fuerzas de López y Viamonte un armisticio, que era ratificado formalmente en San Lorenzo el día 12 de abril por los representantes de Santa Fe y el delegado del gobierno central, Ignacio Álvarez Thomas.

Belgrano comunicó la firma del armisticio a San Martín y éste le contestó el 17 de abril: "Este pueblo ha recibido el mayor placer con su noticia, esperanzados todos en que se corte una guerra en que sólo se vierte sangre americana".

En Buenos Aires no pensaban de la misma manera; y el equipo directorial no habría de perdonarle nunca su actitud.