|
4·
El
Combate de San Lorenzo
Así
disciplinó a su Regimiento de Granaderos, y ya tenía
su arma lista cuando un día recibió la orden de partir
hacia la margen derecha del Río Paraná porque se sabía
que una escuadrilla realista de once embarcaciones había
salido de Montevideo remontando el río en dirección a
Rosario.
San
Martín marchó inmediatamente con 120 hombres de su
tropa, y otros jinetes auxiliares, siguiendo la costa.
Salió sigilosamente de la Capital, vestido de paisano,
con chambergo y poncho. Partió de allí el 28 de Enero
de 1813, cabalgando de noche, más por no ser visto que
para evitar el sol del verano. Pasó por Zarate, San
Nicolás y Rosario, en donde había un escasa guarnición
al mando del uruguayo don Celedonio Escalada quién le
dio noticia sobre los movimientos del enemigo. Según
Escalada, las embarcaciones enemigas hallábanse ya
frente a las altas barrancas de San Lorenzo, pequeño
caserío ubicado entre Rosario y Santa Fe. En San
Lorenzo había un monasterio de franciscanos, cuya
iglesia tenía una torre desde la cual era posible
atalayar el campo y el río. Se mandó esconder las
provisiones y retirar de la costa hacia el interior
todos los ganados. San Martín y su gente habían
llegado de noche a San Lorenzo y se acercaron a la posta
para remudar los caballos.
Entraron
al monasterio por los fondos, cerraron el portón y San
Martín subió a la torre para observar con su anteojo
al enemigo. A la luz del amanecer descubrió en el río
a las embarcaciones, era la mañana del 3 de Febrero, y
se conocía que el enemigo pretendía saquear las
poblaciones y cortar el comercio con el Paraguay, e
intentar un desembarco a esa altura, para luego ensayar
un camino por el litoral hacia Buenos Aires.
San
Martín vio que los invasores empezaban a desembarcar y
que ya trepaban la empinada barranca, distante a unos
trescientos metros del convento. Montado en un bayo
rabicorto, desenvainó su sable, arengó a la tropa dio
el mando del segundo escuadrón al capitán Bermúdez y
al tomar para sí el comando del primero, inició
personalmente el ataque, diciendo a Bermúdez:
"En
el centro de las columnas enemigas nos encontraremos y
allí daré a Ud. mis órdenes".
Sonó
el clarín de los granaderos y avanzaron. No eran sino
120 hombres, contra más de 300 infantes y marinos que
venían hacia el convento al son de pífanos y tambores,
con su bandera desplegada. Entre gritos de coraje y las
descargas de 4 cañones que traían consigo, comenzó la
lucha. San Martín y Zabala, el jefe realista combatían
cara a cara cuando una descarga de metralla hiere y
luego le da muerte al caballo de San Martín, el cual al
caer aprieta la pierna del mismo. Entre una refriega de
armas blancas trabada en torno al jefe, este cae herido
en el rostro. El bayonetazo de un infante español lo
hubiera atravesado si el puntano Baigorria no detiene el
golpe, traspasando al español con su lanza. Otro de sus
granaderos, el correntino Juan Bautista Cabral, corrió
en auxilio de San Martín, quien en plena defensa
percibió dos heridas y murió pocas horas después
diciendo: "Muero contento, hemos batido al
enemigo!".
Cuando
el combate hubo terminado, San Martín, magullado,
cubierto de polvo, sudoroso, pero fuerte a pesar de la
fatiga, se sentó a la sombra de un pino que todavía se
conserva en el huerto conventual de San Lorenzo, y
escribió el parte de la victoria.
El
gobierno de Buenos Aires recibió la noticia de la acción
de San Lorenzo con gran regocijo. Este breve combate tenía
importancia para el país porque aseguró la paz de los
ríos y las provisiones del ejército sitiador de
Montevideo que no tardó en caer; conservó el comercio
con Paraguay y escarmentó a los invasores, quienes no
volvieron a tentar aventuras de ese género sobre la
costa argentina. Consolidó, en una palabra, la situación
estratégica de Buenos Aires, centro de la naciente
revolución.
El
combate de San Lorenzo fue el punto de arranque de esa
carrera triunfal en que palpita el generoso espíritu
sanmartiniano.
|