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La Batalla de Maipú
EL
CAMPO DE MAIPU
El
teatro en que se desenvolvieron las operaciones, es una
llanura, limitada al este por el río
Mapocho que divide la ciudad de Santiago; al
norte, por la serranía que la separa del valle de
Aconcagua, y al sur por el Maipú que le da su nombre.
Hacia
el oeste se levanta una serie de lomadas y algunos montículos
que corren de oriente a poniente, y se destacan en monótonas
líneas prolongadas en el horizonte, rompiendo la
uniformidad del paisaje algunos grupos de arbustos
espinosos en un campo cubierto de pastos naturales, y en
lontananza, las montañas que circundan el valle y le
dan su perspectiva. Al sur de Santiago, se prolonga por
el espacio como de diez kilómetros, en la dirección
antes indicada, una lomada baja de naturaleza caliza que
por su aspecto lleva el nombre de Loma Blanca. Sobre la
meseta de esta lomada evolucionaba el ejército
patriota.
En
su extremidad oeste y a su frente, se alza otra lomada más
alta, que forma un triángulo, cuyo vértice sudoeste se
apoya en la hacienda de "Espejo", antes
mencionada, conduciendo a ella un callejón en declive
como de veinte metros de ancho y trescientos de largo,
cortado por una ancha acequia en su fondo, y limitado a
derecha e izquierda por viñas y potreros que cierran
altos tapiales.
Esta
era la posición que ocupaba el ejército
realista. Las dos lomadas están divididas por una
depresión plana del terreno u hondonada longitudinal
como de un kilómetro en su parte más ancha y
doscientos cincuenta metros en la más angosta. Al este
del vértice o puntilla de las lomas del sur se extiende
un grupo de cerrillos aislados, y entre ellos uno más
elevado, en forma de mamelón, que hace sistema con el
triángulo ocupado por los
realistas. El vértice este de esta posición,
que era su parte mas elevada, se destacaba como un
baluarte, y hacía frente a un ángulo truncado
fronterizo de la Loma Blanca, que lo flanqueaba por una
parte y lo enfilaba por otra. En este campo iba a
decidirse la suerte de la independencia sudamericana.
PRELIMINARES
DE MAIPU
El
general San Martín, situado en la extremidad este de la
Loma Blanca a diez kilómetros de Santiago, dominaba en
su conjunción los tres caminos que comunican con los
pasos del Maipú y amagaba el de Valparaíso, asegurándose
una retirada, a la vez que cubría la capital por sus
dos únicos puntos vulnerables, la cual para mayor
garantía hizo atrincherar, guarneciéndola con 1.000
milicianos y un batallón bajo la dirección de
O'Higgins, a quien su herida (producto de la refriega de
Cancharrayada) impedía asistir al campo de batalla.
Su
plan era atacar al enemigo sobre la marcha, sin darle
tiempo a combinaciones, si se presentaba por los caminos
del frente; correrse por su flanco derecho si tomaba el
de la Calera, e interceptarle el de Valparaíso,
maniobrando a todo evento con seguridad sobre la meseta
de la loma en terreno ventajoso para dar y recibir la
batalla. Al efecto, dividió su ejército en tres
grandes cuerpos formados en dos líneas: el primero a órdenes
de Las Heras, cubriendo el ala derecha; el segundo, a
las de Alvarado a la izquierda; y un tercero en reserva
en segunda línea a cargo del coronel Hilarión de la
Quintana.
Confió
a Balcarce el mando general de la infantería, reservándose
el de la caballería y de la reserva. El primer cuerpo
lo formaban los batallones núm. 11 de Las Heras
(argentino), los Cazadores de Coquimbo, comandante Isaac
Thompson (chileno); los Infantes de la Patria,
comandante Bustamante, (chileno), el regimiento de
caballería argentino Granaderos a caballo, a que se había
agregado un escuadrón provisional de artilleros
montados del ejército argentino por no tener piezas que
servir, y la artillería chilena compuesta de 8 piezas
de campaña a cargo del mayor Blanco Encalada.
El
segundo cuerpo lo componían: los batallones núm. 1 de
Cazadores (argentino), de Alvarado; el núm. 8 de los
Andes (argentino), comandante Enrique Martínez; el núm.
2 de Chile, comandante Cáceres; los Cazadores y Lancero
s de Chile (argentinos y chilenos), a órdenes de Freyre
y Bueras, con nueve piezas ligeras de artillería
chilena a cargo del mayor Borgoño. La reserva constaba
de: los batallones núm. 1 y núm. 3 de Chile,
comandantes Rivera y López; núm. 7 de los Andes,
(argentino) comandante Conde, y cuatro piezas de batir
de a 12, mandadas por de la Plaza, y servidas por los
artilleros argentinos que habían perdido su artillería
en Cancharrayada.
MOVIMIENTOS
TACTICOS
Tomadas
estas disposiciones y dictadas estas prevenciones, formó
su ejército en dos líneas: en primera línea las
divisiones 1ra. y 2da., con sus respectivas baterías
desplegadas a cada uno de los flancos y su caballería
escalonada, poniendo la reserva en segunda línea y su
artillería de batir, al centro de la primera. En este
orden permaneció los días 2, 3 y 4 de abril, con una
vanguardia volante mandada por Balcarce, en observación
de la línea del Maipú.
Al
tener noticia de que el enemigo vadeaba el río inclinándose
hacia el poniente, desprendió toda su caballería con
orden de atacar sus puestos avanzados, hostilizar sus
columnas en la marcha y mantenerlo durante la noche en
constante alarma. El fuego de las guerrillas, aproximándose
cada vez más, y los repetidos partes, anunciaban que
los realistas seguían avanzando. La noche del 4 se pasó
así en alarma, rodeando los soldados patriotas grandes
fogatas de huañil, que iluminaban todo el campo. San
Martín dormía mientras tanto en un molino a la orilla
del camino, envuelto en su capote militar.
Al
amanecer del día 5 de abril, las guerrillas patriotas
al mando de Freyre y Melián se replegaban, dando parte
que el enemigo avanzaba en masa, en rumbo al camino que
entronca con el de Santiago a Valparaíso.
San
Martín, que lo había previsto por su dirección en el
día anterior, pensó que no podía tener por objeto
sino cortarle la retirada sobre Aconcagua, o efectuar un
movimiento de circunvalación interponiéndose entre él
y la capital, o reservarse
una retirada más segura en caso de contraste,
pues la larga distancia y los ríos que tendría que
atravesar, la hacían dificilísima hacia el sur.
Lo
primero estaba previsto y se neutralizaba por un simple
cambio de frente;
lo segundo era impracticable, pues tenía que describir
un arco, de cuya cuerda era dueño; y lo último, una
promesa más de triunfo completo. Para cerciorarse por
sus propios ojos de este error estratégico y concertar
sus movimientos tácticos, disfrazóse con un poncho y
un sombrero de campesino, y acompañado por su
inseparable ayudante O'Brien y el ingeniero D´Albe,
seguido de una pequeña escolta, se dirigió a gran
galope al ángulo truncado de la Loma Blanca señalado
antes.
Desde
allí pudo observar a la distancia de cuatrocientos
metros con el auxilio de su anteojo, la marcha de flanco
que en perfecto orden ejecutaban las columnas españolas
a tambor batiente y banderas desplegadas, al
posesionarse de la lomada triangular fronteriza
prolongando su izquierda sobre el camino de Valparaíso.
"¡Qué brutos son estos godos!" -exclamó con
esa mezcla de resolución y buen humor que caracteriza a
los héroes en los momentos supremos-. Y agregó:
"Osorio es más torpe de lo que yo pensaba".
Dirigiéndose luego a sus acompañantes, les dijo:
-" El triunfo de este día es nuestro. El sol por
testigo!" El sol asomaba en aquel momento sobre las
nevadas crestas de los Andes.
La
mañana estaba serena; ninguna nube empañaba el cielo,
el aire estaba cargado de perfumes, y las aves cantaban
entre los espinos en florescencia.
SAN
MARTIN Y BRAYER
A
las diez y media de la mañana el ejército
argentino-chileno rompió una marcha de flanco en dos
columnas paralelas, caminando rumbo al oeste por encima
de la meseta de la Loma Blanca.
En
el curso de la marcha, ocurrió un episodio, que la
historia debe recoger por la espectabilidad de los
personajes, y da idea del temple de alma del General en
ese momento. A medio camino, presentóse el mariscal
Brayer solicitando licencia para pasar a los baños
(termales) de Colina.
San
Martín le contestó fríamente: "Con la
misma licencia con que el señor general se retiró del
campo de batalla de Talca, puede hacerlo a los baños;
pero como en el término de media hora vamos a decidir
la suerte de Chile, y Colina está a trece leguas y el
enemigo a la vista, puede V.S. quedarse si sus males se
lo permiten". El mariscal contestó: "No me
hallo en estado de hacerlo, porque mi antigua herida de
la pierna no me lo permite". San Martín le repuso
en tono airado: "Señor general, el último tambor
del Ejército Unido tiene más honor que V.S.".
Y
volviendo su caballo, dio orden a Balcarce sobre la
marcha, hiciese saber al ejército, que el general de
veinte años de combates quedaba suspenso de su empleo
por indigno de ocuparlo. Después de este incidente, que
hizo el efecto de una proclama, el ejército continuó
su marcha hasta enfrentar la posición enemiga.
Allí
desplegó en batalla en dos líneas de masas por
batallones, con la artillería de batir al centro de la
primera; la volante a sus dos extremos y la
caballería cubriendo las dos alas en columnas por
escuadrones, situándose la reserva plegada en columnas
paralelas cerradas a 150 metros a retaguardia.
MOVIMIENTOS
TACTICOS
El
general re alista, que había ocupado el promedio de la
meseta de la loma triangular del sur al observar el
movimiento de los independientes desprendió
sobre su izquierda una gruesa columna compuesta de ocho
compañías de granaderos y cazadores con cuatro piezas
de artillería al mando de Primo de Rivera, que ocupó
el mamelón destacado por aquella parte, con el doble
objeto de amagar la derecha patriota y tomar por el
flanco sus columnas si avanzaban, a la vez que asegurar
su retirada por el camino de Valparaíso según su idea
persistente.
El
intervalo entre el mamelón y la puntilla norte del triángulo,
fue cubierto por Morgado con los escuadrones de
"Dragones de la Frontera". Sobre la loma formó
en batalla en la proyección noroeste sudoeste, en línea
quebrada con el mamelón, pero sin cubrir todos los
perfiles de la altura por el nordeste. Colocó los
batallones "Infante Don Carlos" y
"Arequipa" formando división, al mando de Ordóñez;
y sobre la izquierda, el "Burgos" y el
"Concepción", a órdenes del comandante
Lorenzo Morla, con cuatro piezas de artillería
adscriptas a cada una de las dos divisiones. La extrema
derecha fue cubierta por los
"Lanceros del Rey" y los "Dragones
de Concepción".
LOS
EJERCITOS DE MAIPU
En
esta disposición se hallaron frente a frente los ejércitos
beligerantes al sonar las doce del día, separados únicamente
por la angosta hondonada que promedia entre los dos
cordones de lomas que ocupaban independientes y
realistas.
Los
dos ejércitos permanecieron por algún tiempo inmóviles,
en sus respectivas posiciones, como esperando que el
adversario tomase la iniciativa. Todas las
probabilidades parecían estar contra el que llevase la
ofensiva: tenía que atravesar un bajo descubierto
sufriendo el fuego de la fusilería y el cañón que lo
barría, y trepar las alturas del frente para desalojar
de ellas al enemigo. Para los
patriotas la desventaja era aún mayor, pues su
derecha tenía que desalojar previamente las fuerzas que
ocupaban el mamelón avanzado o recorrer un espacio de
mil metros flanqueados por los fuegos de sus cañones.
Ambas
posiciones eran fuertes, y bien calculadas para la
defensiva, y la de los realistas más ventajosa aún. En
cuanto a las fuerzas físicas y morales, estaban
casiequilibradas, siendo igual la decisión de parte a
parte, si bien la de los realistas era numéricamente
mayor. Por lo que respecta a las armas, la superioridad
de los independientes era incontestable en artillería y
caballería en número y también en calidad, y aún
cuando éstos tenían nueve batallones de infantería,
en algunos de ellos no formaban sino 200 hombres,
mientras los cuatro gruesos batallones con que contaban
los primeros, divididos en ocho compañías, levantaban
cerca de mil bayonetas cada uno.
Lo
único que inclinaba la balanza de las probabilidades,
era el peso de las cabezas de los generales; pero ya se
había visito cómo, en Cancharrayada, las más hábiles
combinaciones que aseguraban el triunfo, dieron por
resultado la derrota.
PRELIMINARES
DE MAIPU
El
plan de San Martín no era precisamente el de una
batalla de orden oblicuo, y sin embargo, resultó tal
por el atrevimiento, el arte consumado y la prudencia
con que fue conducida. Fue una inspiración del campo de
batalla, sugerida por errores del enemigo y peripecias
de la acción en el momento decisivo, y esto realza su mérito
como combinación táctica.
El
mismo San Martín jamás se atribuyó otro, y desdeñando
con orgullosa modestia adornarse con laureles prestados,
insinúa incidentalmente, que al orden oblicuo se
debió en parte la victoria, sin agregar que, más
que todo, se debió al uso oportuno que hizo de su
reserva, como se verá luego.
Los
relieves de las respectivas posiciones y las
proyecciones de las dos líneas de batalla, eran casi
paralelas; pero los realistas habían retirado su
derecha formando en el promedio de la loma, sin cubrir
sus perfiles, como queda dicho, y de aquí resultaba que
la izquierda independiente desbordase la derecha
realista en su posición y en su formación, y que
teniendo que recorrer por esa parte la menor distancia
de la hondonada intermedia, pudiese llevar con ventaja
un ataque oblicuo o de flanco con el apoyo de la
reserva. Tal es la síntesis táctica de la batalla de
Maipú en sus preliminares.
El
general en jefe que había levantado su enseña en el
centro de la primera línea, observando la inacción del
enemigo, mandó romper el fuego con las cuatro piezas de
batir servidas por los artilleros argentinos, con el
objeto de descubrir sus fuegos de artillería y sus
planes. Una de las balas mató el caballo del general en
jefe español.
En
el acto, la artillería española contestó ese fuego
con el suyo, manteniendo su formación, y suministró a
San Martín el dato que necesitaba. Era evidente que
Osorio se preparaba a una batalla defensiva y lo
indicaba claramente, además de su formación, la
circunstancia de no haber ocupado el perfil de las lomas
de su posición, a fin de utilizar por más tiempo los
fuegos de su infantería y aprovechar el espacio para
dar con ventaja en su oportunidad una carga a la
bayoneta con sus gruesos batallones, así que aquéllos
hubiesen diezmado los de los independientes.
El
general San Martín, tuvo entonces la intuición de la
victoria, que debía decidir de los destinos de la América
independiente. Dio audazmente la señal del ataque,
mandando levantar en alto la bandera argentina y
chilena, y en medio de ellas, la bandera encarnada como
una llamarada sangrienta.
Su
ojo penetrante había descubierto el flanco débil del
enemigo, que era su derecha. Las "columnas se
descolgaron", según la pintoresca expresión del
mismo general en su parte, y "marcharon a la carga,
arma al brazo sobre la línea enemiga", con
entusiasmo, a paso acelerado. La reserva y la artillería
permanecieron en su puesto, esperando las órdenes del
general.
BATALLA
DE MAIPU
El
movimiento se inició por la derecha;
pero no era éste el verdadero punto de ataque.
Su objeto era doble: desalojar la izquierda del enemigo
destacada sobre el mamelón y amenazar el frente o la
izquierda de su centro, concurriendo así al
ataque de la izquierda, que tenía que recorrer
la menor distancia entre las alturas para cargar sobre
el flanco más desguarnecido.
Según
el éxito de una u otra ala, la batalla se empeñaría
por la derecha o por la izquierda, interviniendo
convenientemente la reserva en sostén de la que llevase
la ventaja o la desventaja: en el primer caso, sería
una batalla de frente, cortando la izquierda y
desbordando la derecha enemiga, y en el segundo, un
verdadero ataque oblicuo de la derecha flanqueando o
tomando por retaguardia Las Heras las columnas
realistas, y esto era lo que se proponía San
Martín, al aprovechar el error cometido por Osorio, que
iba a verse obligado
a entrar en combate con todas sus fuerzas alterando su
formación. En estas condiciones el secreto de la
victoria estaba en el uso oportuno de la reserva.
Las
Heras avanzó gallardamente sin disparar un tiro, a la
cabeza del núm. 11 de los Andes, que era el nervio de
la infantería del ejército, sostenido por los dos
batallones que formaban su brigada, y lanzó al llano
los escuadrones de Granaderos montados, amenazando la
posición del mamelón.
La
batería de cuatro cañones del mamelón rompió el
fuego sobre el núm. 11 así que éste se presentó a la
vista, causándole bastantes estragos en sus filas, pero
siguió avanzando con rapidez seguido por los Cazadores
de Coquimbo y los Infantes de la Patria de Chile,
mientras la artillería de Blanco Encalada, que había
quedado en posición sobre la loma, apoyaba el ataque
lanzando sus proyectiles por encima de las columnas
patriotas que marchaban por el terreno bajo. Primo de
Rivera, que comprendió que el propósito de Las Heras
era aislarlo de su línea de batalla, lanza a su vez su
caballería situada entre el mamelón y la lomada
triangular.
Morgado
carga con ímpetu a la cabeza de los
"Dragones de la Frontera". Las Heras se
cierra en masa y espera, dando órdenes a Zapiola que
cargue por su derecha con la caballería. Los dos
primeros escuadrones de Granaderos a órdenes de los
comandantes Manuel Escalada y Manuel Medina, salen al
encuentro sable en mano, y hacen volver caras a los
jinetes realistas, que reciben en su huida los disparos
de la artillería de Blanco Encalada, y se ven obligados
a refugiarse tras de su anterior posición.
Escalada
y Medina son recibidos por los fuegos de fusilería y de
metralla del mamelón; remolinean, pero se rehacen con
prontitud; dejan a su Derecha la altura fortificada, y apoyados con firmeza por los
dos escuadrones de reserva mandados por Zapiola, siguen
adelante en persecución de los derrotados, que se
dispersan o se repliegan en desorden a la división de
Morla sobre la loma.
Las
Heras se establece sólidamente con el núm. 11 en un
cerrillo intermedio, fronterizo al mamelón y al ángulo
nordeste del triángulo, en actitud de atacar el mamelón
y concurrir al ataque de la izquierda. El ala izquierda
de los realistas quedaba así aislada, y la izquierda de
su centro amagada.
Casi
simultáneamente con la carga de los Granaderos a la
derecha, el ala izquierda trepaba las alturas de la
posición realista
por el ángulo este, iniciando un movimiento
envolvente sin divisar todavía los cuerpos enemigos.
Los realistas, apercibidos del error de haber retirado
su derecha perdiendo las ventajas que les daba el
terreno, o arrastrados por su ardor, se decidieron a
tomar la ofensiva.
Ordóñez,
a la cabeza de los batallones "Infante don
Carlos" y "Concepción", con dos piezas
de artillería, salió atrevidamente al encuentro de los
patriotas en dos columnas de ataque paralelas,
quien fue seguido muy luego por los batallones
"Burgos" y "Arequipa", mandados por
Morla, en la misma formación y escalonados por su
izquierda.
Osorio,
que llegó a temer por su derecha y notando que quedaba
sin reserva, mandó reconcentrar al centro de la línea
la columna de granaderos destacada sobre el mamelón con
Primo de Rivera. Ordóñez, al encimar con su división
una de las colinas del campo, se encontró a distancia
como de cien metros al frente de la de Alvarado, trabándose
inmediatamente un combate de fusilería que causó
estragos en
ambas filas.
Por
desgracia para los independientes, dos de sus
batallones, - el núm. 8 de los Andes y el núm. 2 de
Chile, - que ocupaban en un bajo la zona peligrosa de
los fuegos contrarios, sufrieron considerables bajas en
los primeros momentos: el núm. 8, compuesto de los
negros libertos de Cuyo, mandado por
Enrique Martínez, se desordena después de
perder la mitad de su fuerza, y se retira en dispersión;
el núm. 2 intenta cargar a la bayoneta para restablecer
el combate, y al ejecutar esta operación se dispersa
también.
Alvarado,
que cubría la izquierda con el núm. 1 de Cazadores de
los Andes, despliega en batalla y rompe el fuego; pero a
su vez se ve obligado a ponerse en
retirada para evitar una total derrota. La
victoria parecía declararse en aquel costado por las
armas españolas.
Ordóñez
y Morla, con sus cuatro gruesos batallones escalonados
en dos líneas de masas, levantando como 3.500
bayonetas, se lanzan en persecución del ala izquierda
independiente casi deshecha, y sus cabezas de columna
descienden impetuosamente los declives de la lomada, con
grandes aclamaciones de triunfo.
En
ese momento la artillería chilena de Borgoño, que con
sus nueve piezas ligeras había quedado ocupando el
perfil opuesto en la Loma Blanca, rompe sobre los
vencedores un vivo fuego a bala rasa, que los hace
vacilar; reaccionan éstos inmediatamente, pero al pisar
el llano son recibidos por una lluvia de metralla que
rompe sus columnas, haciéndolas retroceder, a pesar de
los valerosos esfuerzos de Ordóñez y Morla.
Al
observar estas peripecias, Las Heras ordena a los
Infantes de la Patria de Chile,
que carguen sobre el flanco de la división de
Morla; pero son rechazados y retroceden en algún
desorden. Hacía veinte
minutos que la lucha se mantenía en este estado
incierto, cuando se oyó el toque de carga de la reserva
independiente, y vióse a sus columnas moverse a paso
acelerado hacia el ángulo este de la posición enemiga.
San
Martín, que se había mantenido en la
altura de la Loma Blanca, en observación de los
primeros movimientos de su derecha, dictando con sangre
fría sus órdenes
según las circunstancias, adelantóse con el cuartel
general hasta la proximidad de la posición
avanzadaocupada por Las Heras, para dirigir de más
cerca las operaciones de su línea.
Al
notar desde este punto el rechazo de su izquierda, dio
orden a la reserva que cargase en su protección, dirigiéndose
con su escolta al sitio donde iba a decidirse la acción
por un último y supremo esfuerzo. El coronel Hilarión
de la Quintana, a la cabeza de los batallones núm. 1 y
7 de los Andes, y el núm. 3 de Chile, descendió la
loma, atravesó la hondonada efectuando con sus columnas
una marcha oblicua sobre su izquierda, y llegó al ángulo
este de la posición enemiga, en circunstancias que las
columnas españolas se habían replegado a ella
rechazadas por los certeros fuegos de la artillería de
Borgoño.
A
vista de la reserva, los batallones 8 de los Andes y 2
de Chile se rehacen y sobre la base de los Cazadores de
los Andes, que no Habían perdido del todo su formación,
entran en línea, mientras Quintana trepa la altura del
triángulo un poco a la derecha del punto por donde lo
había efectuado antes Alvarado. El ataque oblicuo se
iniciaba, y la batalla iba a cambiar de aspecto.
LA
GRAN CARGA DE MAIPU
Aislada
la izquierda realista, privada del apoyo de la caballería
que la ligaba con su línea de batalla y debilitada de
las compañías de granaderos que por orden de Osorio
habían acudido a formar la reserva general, Las Heras
se disponía a arrebatar su posición, cuando Primo de
Rivera que la mandaba, emprendió su retirada, dejando
abandonados en el mamelón sus cuatro cañones.
El
núm. 11 de los Andes y los Cazadores de Coquimbo,
convergen entonces hacia el centro, persiguiendo
activamente a las fuerzas de Primo de Rivera, y toman la
retaguardia enemiga, mientras el batallón Infantes de
la Patria de Chile, rehecho, vuelve a concurrir al
ataque de la izquierda. La batalla se concentraba en
breve espacio sobre la meseta triangular de la lomada de
"Espejo", donde iba a decidirse.
Casi
simultáneamente, el combate se renovaba con más
encarnizamiento por una y otra parte en la extremidad
opuesta de la línea. Para despejar el ataque por este
lado, San Martín ordena a los Cazadores montados de los
Andes y a los Lanceros de Chile, que arrollen la
caballería de la derecha enemiga.
Bueras
y Freyre cumplen bizarramente la orden: llevan una
irresistible carga a fondo a los "Lanceros del
Rey" y los "Dragones de Concepción" que
salen a su encuentro, los hacen pedazos y los persiguen
largo trecho en desbande hasta dispersarlos
completamente. Bueras muere en la carga, atravesado de
un balazo. Freyre, tomando el mando de todos los
escuadrones, trepa la altura y amaga el flanco derecho
de Ordóñez. La caballería realista de ambos costados
ha desaparecido. El combate final se traba entre la
infantería argentino-Chilena y la española.
Los
tres batallones de la reserva mandados por Quintana,
forman en línea de masas: el núm. 7 de los Andes más
avanzado a la izquierda; el núm. 3 y núm. 1 de Chile
al centro y la izquierda, un poco
más a retaguardia.
Al
trepar la altura, encuéntranse casi a quemarropa con
las columnas de Ordóñez y Morla, que ocultas por un
pliegue del terreno obligaban en aquel momento sobre su
izquierda para hacer frente al nuevo ataque, sin
cuidarse de la deshecha división de Alvarado. El
"Burgos", que no había entrado en pelea en el
primer encuentro, hace flamear su secular bandera,
laureada en Baylén y sus soldados entusiasmados gritan:
"¡Aquí está el Burgos! ¡Diez y ocho batallas
ganadas! ¡ninguna perdida!". La batalla se
empeña con nuevo ardor a los gritos de "¡Viva la
Patria! ¡ Viva el Rey!"
Independientes y realistas hacen esfuerzos
heroicos para alcanzar la victoria. Las distancias se
estrechan.
Los
independientes atacan con impetuosa intrepidez. Los
realistas resisten tenazmente, sin retroceder un solo
paso.
"Con
dificultad," dice San Martín en su parte, "se
ha visto un ataque más bravo, más rápido y más
sostenido, y jamás se vio una resistencia más
vigorosa, más firme y más tenaz."
La
división de Alvarado, rehecha en gran
parte, entra al fuego por el mismo punto por
donde había trepado antes la lomada, y concurre al
ataque de la reserva, a la vez que Borgoño con
ocho piezas marcha al galope a ocupar la puntilla
del este.
La
derecha patriota con la artillería de Blanco Encalada
avanzada, converge al centro y toma la retaguardia de
los realistas. La caballería de Freyre vencedora, amaga
su flanco derecho. El "Burgos" agita su
bandera, y pelea como un león. El batallón
"Arequipa", mandado por Rodil, mantenía impávido
su posición.
Los
batallones "Infante don Carlos" y
"Concepción", dirigidos personalmente por Ordóñez,
se baten con desesperación. En esos momentos, el
general en jefe del rey, abandona el campo de batalla y
se entrega a la fuga. Ordóñez, el más digno de mandar
a los realistas en la victoria y en la derrota, toma la
dirección de la formidable columna de la infantería
española, e intenta desplegar sus masas; pero el
terreno le viene estrecho, y se envuelve en sus propias
maniobras.
El
núm. 7 de los Andes y el núm. 1.
de Chile cargan a la bayoneta, a los gritos de
"¡Viva la libertad!" y la escolta de San Martín,
al mando del mayor Angel Pacheco, juntamente con Freyre
cargan sobre su flanco derecho. El "Burgos"
forma cuadro, y rechaza las cargas, aunque con grandes pérdidas.
Hacía media hora que duraba el porfiado combate. Los
realistas, circundados, sin caballería que los apoye y
exhaustos de fatiga, vacilan y empiezan a cejar, pero
sin desordenarse.
La
última esperanza, es la reserva de granaderos
desprendida de la izquierda que no pudo llegar a tiempo,
y los cazadores de Morgado que perseguidos de cerca por
Las Heras, quedan cortados y se precipitan en fuga sobre
el callejón de "Espejo". Ordóñez, con sus
filas raleadas emprende con serenidad la retirada hacia la hacienda de
"Espejo", formado en masa compacta.
San
Martín redobla sus órdenes para que la persecución se
haga vigorosamente a
fin de impedir toda reacción, y condensa su ejército.
Ordóñez continúa impávido su movimiento retrógrado,
y con sus últimos restos se refugia en la hacienda de
"Espejo".
PARTE
DE MAIPU
La
batalla estaba decidida por los independientes. San Martín,
con el laconismo de un general espartano, dicta desde a
caballo el primer parte de la batalla, y el cirujano
Paroissien lo escribe, con las manos teñidas en la sangre de los heridos
que ha amputado: "Acabamos de ganar completamente
la acción.
Un
pequeño resto huye: nuestra caballería lo persigue
hasta concluirlo. La patria es libre". Los enemigos
del gran capitán sudamericano han dicho, que San Martín
estaba borracho al escribir este parte. Un historiador
chileno lo ha vengado de este insulto con un enérgico
sarcasmo: "Imbéciles! ¡Estaba borracho de
gloria!".
En
ese instante oyéronse grandes aclamaciones en el campo.
Era O’Higgins que llegaba. El Director, al saber que
la batalla iba a empeñarse, devorado por la fiebre
causada por su herida, monta a caballo y al frente de
una parte de la guarnición de Santiago, se dirige al
teatro de la acción.
Al
llegar a los suburbios, oye el primer cañonazo y
apresura su marcha. En el camino, un mensajero le da la
noticia que el ala izquierda patriota ha sido derrotada,
y sigue adelante sin vacilar; pero al llegar a la loma
tuvo la evidencia del triunfo. Adelantóse a gran galope
con su estado mayor, y encuentra a San Martín a
inmediaciones de la puntilla sudoeste del triángulo, en
momentos que disponía el último ataque sobre la posición
de "Espejo": le echa al cuello desde a caballo
su brazo izquierdo, y exclama: "¡Gloria al
salvador de Chile!".
El
general vencedor, señalando las vendas ensangrentadas
del brazo derecho del Director, prorrumpe:
"General: Chile no olvidará jamás su sacrificio
presentándose en el campo de batalla con su gloriosa
herida abierta." Y reunidos ambos adelantáronse
para completar la victoria. Eran las cinco de la tarde,
y el sol declinaba en el horizonte.
RESISTENCIA
DE ORDOÑEZ
La
batalla no estaba terminada. Ordónez, sin desmayar, se
había posesionado del caserío de "Espejo",
dispuesto a salvar el honor de sus armas con la
resistencia, o la vida de sus soldados en una retirada
protegida por la oscuridad de la noche.
Reconcentró
allí las compañías de granaderos y cazadores casi
intactas, y los restos del "Burgos", el
"Concepción" y el "Infante don
Carlos", habiéndose el "Arequipa"
retirado del campo con su comandante Rodil.
El
valeroso general español, con una admirable sangre fría,
lo dispone
todo personalmente con habilidad y decisión. Coloca en
el fondo del callejón, tras una ancha acequia frente de
un puentecillo, los dos únicos cañones que le
quedaban, sostenidos por cuatro compañías de
fusileros.
Forma
el grueso de su infantería sobre una pequeña altura fronteriza a las casas, dando cara a los dos frentes
vulnerables; reconcentra en el patio de las casas su
reserva, pronta a acudir a todos los puntos amenazados;
cubre con destacamentos los callejones laterales, y
extiende en contorno, protegidos por las tapias y
emboscados en las viñas, un círculo de cazadores. En
esta actitud decidida espera el último ataque.
TRIUNFO
FINAL
Las
Heras es el primero que persiguiendo a los cazadores de
Morgado, llega a la
puntilla sudoeste, fronteriza a la boca alta
que domina el callejón de "Espejo". Dióse
cuenta inmediatamente de la situación, y prudentemente
dispuso que el batallón descendiera al llano y se
ocultase tras de un pequeño mamelón al oriente del
caserío (izquierda española) y esperase la señal de
un toque de corneta para coronarlo y romper el fuego.
A
medida que fueron llegando otros batallones, les señaló
sus puestos, y estableció convenientemente la artillería
en la parte alta de la puntilla, a fin de cañonear la
posición antes de dar el asalto.
En
esos momentos se presenta el general Balcarce, y ordena
imperiosamente que el batallón Cazadores de Coquimbo
ataque sin pérdida de tiempo por el callejón. El
comandante Thompson, da la señal y penetra
resueltamente en columna al desfiladero. Allí es
recibido por la metralla de las dos piezas que lo defendían.
Pretende avanzar; pero nuevas descargas de fusilería
del frente y de los flancos, lo detienen, y al fin lo
hacen retroceder
en derrota, dejando en el sitio 250 cadáveres, salvando
con todos sus oficiales heridos.
Volvióse
entonces al bien calculado plan de Las Heras. Los
comandantes Borgoño y Blanco Encalada rompieron el
fuego con diecisiete piezas que en menos de un cuarto de
hora desconcertó las resistencias, obligando a los
realistas deshechos por el cañoneo, a refugiarse en las
casas y en la viña del fondo. La señal de asalto se
da: el núm. 11, sostenido por dos piquetes del 7. y 8. de los
Andes, carga por el flanco rompiendo tapias, y pasa a la
bayoneta cuanto se le presenta.
La
batalla estaba terminada.
Los realistas se dispersan en pelotones en las
encrucijadas, viñas y potreros adyacentes. En ese
momento hace su aparición en la lucha final, un
regimiento auxiliar de milicias de Aconcagua, que lazo
en mano se apodera de centenares de prisioneros como de
reses en el aprisco.
Los
vencedores irritados por el sacrificio del Coquimbo,
continuaban matando, cuando se presentó Las Heras, y
mandó cesar la inútil carnicería. Pocos momentos
después le entregan sus espadas como prisioneros, el
heroico general Ordóñez, el jefe de estado mayor Primo
de Rivera, el jefe de división
Morla, los coroneles de la caballería Morgado y
Rodríguez, y con excepción de Rodil, todos los
oficiales de la infantería realista, Laprida, Besa,
Latorre, Jiménez, Navia y Bagona, y multitud de
oficiales.
Las
Heras alargó ambas manos a Ordóñez, y lo saludó como
a un compañero de heroísmo, ofreciéndole noblemente
su amistad, y amparando con su autoridad a sus compañeros
de infortunio.
TROFEOS
DE MAIPU
Los
trofeos de esta jornada fueron, doce cañones, cuatro
banderas,; un general, cuatro
coroneles, siete tenientes coroneles, 150
oficiales y 2.200 prisioneros de tropa; 3.850 fusiles,
1.200 tercerolas, la caja militar, el equipo y las
municiones del ejército vencido.
1200
realistas perecieron en el campo de batalla.
Esta
victoria, la más reñida de la guerra de la
independencia sudamericana, fue comprada por los
independientes a costa de la pérdida de más de 1.000
hombres entre muertos y heridos, pagando el mayor
tributo los libertos negros de Cuyo de los cuales quedó
más de la mitad en el campo.
Importancia
de Maipú
Más
que por sus trofeos, Maipú fue la primera gran batalla
americana, histórica y científicamente considerada.
Por las correctas marchas estratégicas que la
precedieron y por sus hábiles maniobras tácticas
sobre el campo de la acción, así como por la acertada
combinación y empleo oportuno de las armas, es
militarmente un modelo notable si no perfecto, de un
ataque paralelo que se convierte en ataque oblicuo, por
el uso conveniente de las reservas sobre el flanco más
débil del enemigo por su formación y más fuerte por
la calidad y número de sus tropas, inspiración que
decide la victoria, siendo de notarse, que San Martín,
como Epaminondas, sólo ganó dos grandes batallas, y
las dos, por el mismo orden oblicuo inventado por el
inmortal general griego.
Por
su importancia trascendental, sólo pueden equipararse a
la batalla de Maipú, la de Boyacá, que fue su
consecuencia inmediata, y la de Ayacucho que fue su
consecuencia ulterior y final; pero sin Maipú, no habría
tenido lugar Boyacá ni Ayacucho. Vencidos los
independientes en Maipú, Chile se pierde para la causa
de la emancipación, y con Chile, probablemente la
revolución argentina, encerrada dentro de sus fronteras
amenazadas por dos ejércitos vencedores por sus dos
puntos más vulnerables, desde entonces inmunes.
Sobre
todo, sin Chile, no se obtiene el dominio naval del Pacífico,
la expedición al Bajo Perú se hace imposible, y Bolívar
no hubiera podido converger hacia el sur, aún
triunfando en el norte de los ejércitos españoles con
que luchaba, y de hacerlo, se habría encontrado con
30.000 hombres que le hicieran frente y el mar cerrado.
Además,
Maipú quebró para siempre el
nervio militar del ejército español en América,
y llevó el desánimo a todos los que sostenían la
causa del rey desde Méjico hasta el Perú, dando nuevo
aliento a los independientes. Chacabuco había sido la
revancha de Sipe-Sipe: Maipú, fue la precursora de
todas las ventajas sucesivas. Tuvo además, el singular
mérito de ser ganada por un ejército derrotado e
inferior en número a los quince días de su derrota,
ejemplo singular en la historia militar.
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