Batalla de Chacabuco
Bartolomé
Mitre (1821-1906)
Presidente de la Nación. General.
Autor de Historia de San Martín y de la Emancipación
Sudamericana.
Un sillón de la Academia Sanmartiniana lleva su nombre.
La
noche era de luna. Al mismo tiempo
que la vanguardia realista se acordonaba sobre la
cumbre de la "Cuesta Vieja", el ejército
argentino formaba al pie de ella en el orden de batalla
prescripto.

Repartiéronse
las municiones a razón de 70 cartuchos por hombre; los
soldados abandonaron sus mochilas para marchar al
combate con más desembarazo, y a las 2 de la mañana
del 12 empezó a ascender la montaña en columna
sucesiva. Al llegar a la bifurcación de los dos caminos
antes indicados, la división de Soler tomó el de la
derecha, precedida por el batallón de cazadores, y la
de O'Higgins el de la izquierda (rumbo sur ambas)
siguiendo el general en jefe a retaguardia de ellas con
su estado mayor y la bandera de los Andes custodiada por
el resto del batallón de artillería, cuyos cañones de
batalla no habían llegado aún. Ya no era San Martín
el sableador de Arjonilla o de Bailen y San Lorenzo;
ganaba las batallas en su almohada, fijando de antemano
el día y el sitio preciso, y justamente en ese mismo día
estaba aquejado de un ataque reumático nervioso que
apenas le permitía mantenerse a caballo. Era su cabeza
y no su cuerpo la que combatía.
La
división de Soler se internó silenciosamente en los
tortuosos desfiladeros de la derecha, cubierta por una
larga cerrillada. La división de la izquierda trepó la
cuesta formada en columna. Una guerrilla del núm. 8,
con su correspondiente reserva, cubría su flanco
izquierdo por un sendero paralelo separado por una
quebrada, con el doble objeto de llamar la atención y
reconocer la posición enemiga a la vez que precaverse
de un ataque de flanco. Un piquete de caballería
exploraba los rodeos del camino a fin de levantar las
emboscadas en los recodos y descubrir si se habían
construido fortificaciones. La guerrilla flanqueadora se
posesionó de unas breñas inmediatas a la cumbre y
rompió el fuego, que fue contestado por otra guerrilla
que salió a su encuentro; pero apenas habían cambiado
algunos tiros cuando inopinadamente apareció la cabeza
de la columna de O'Higgins dando vuelta un recodo a tiro
de fusil, tocando los tambores a la carga. La vanguardia
realista, que no esperaba el ataque, y que había visto
la columna de la derecha argentina asomar por su flanco
izquierdo al término de la cerrillada que hasta
entonces la enmascaraba, y que a la vez se veía
acometida por el flanco y la retaguardia, abandonó
precipitadamente la posición sin pretender hacer
resistencia.
La
cumbre fue coronada por los atacantes con las primeras
luces del alba al son de músicas militares, y desde su
altura pudieron divisar la vanguardia que se retiraba en
formación cuesta abajo, y al pie de ella al ejército
enemigo formado en la planicie de Chacabuco. El primer
obstáculo estaba vencido, y la batalla se daría punto
por punto, con algunas
variantes,
según las previsiones de San Martín.
DISPOSICIONES
DE LOS REALISTAS
El
general realista, contando disponer de dos días más y
recibir en este intervalo mayores refuerzos, se había
movido en la madrugada de ese día de las casas de
Chacabuco y establecido su línea a cinco kilómetros
hacia el Este al pie de la "Cuesta Vieja". La
marcha anticipada del ejército argentino y lo rápido y
bien combinado del ataque no le dieron tiempo
ni
para ocupar la cumbre como lo había proyectado, ni para
proteger siquiera su vanguardia que descendía en fuga,
perseguida por la caballería argentina.
Las
disposiciones que tomó en tan crítico momento fueron
acertadas, cooperando eficazmente a ellas el valeroso
Elorreaga, que según la tradición, fue el verdadero
general en jefe. Tendió su línea de batalla plegada a
la falda de los cerros opuestos a la serranía de Chacabuco, extendiéndose por su perfil que se elevaba como
una plataforma sobre el llano, protegida en parte por
tapiales y cercos de espinos, de manera de cubrir la
bajada de la "Cuesta Vieja" y dominar con sus
fuegos el lecho de un estero como de 400 metros de
ancho, por donde corría un arroyuelo que descendía de
un profundo barranco del este. Apoyó su derecha en este
barranco, que era invulnerable, donde estableció dos
piezas de artillería que batían diagonalmente la boca
de la "Quebrada de los cuyanos", por donde debía
asomar el ala izquierda argentina, y su izquierda en un
mamelón escarpado que coronó de infantería.
Entre
estos dos extremos formó sus batallones en columnas
cerradas, intercalando entre ellas sus tres piezas
restantes. La caballería fue colocada a retaguardia
sobre el flanco izquierdo, y parte de ella en guerrillas
para proteger la retirada de la vanguardia. En esta
actitud esperó pasivamente pero con firmeza el ataque,
no obstante el desaliento visible de su tropa de que él
mismo participaba, aun antes de sospechar el movimiento
de la columna que debía tomarlo por el flanco izquierdo
y la espalda, cerrándole la retirada del valle. Eran
las 9 de la mañana cuando la vanguardia realista, en
fuga, pero no deshecha, alcanzó la planicie.
PRELIMINAR
DE CHACABUCO
Al
tiempo de coronar la cumbre el ala izquierda argentina,
los tres escuadrones de Granaderos mandados por el
coronel Zapiola tomaron la vanguardia y picaron la
retirada de lo s realistas , sosteniendo un fuerte
tiroteo; pero lo escabroso del terreno no permitía a la
caballería maniobrar con ventaja, y su avance hubo de
ser lento, de manera que sólo pudo llegar a la boca de
la quebrada a eso de las 10 de la mañana cuando la
división de O'Higgins se hallaba todavía a media
cuesta. La boca de esta quebrada, que da acceso a la
parte más estrecha del valle de Chacabuco, se
desenvuelve en un suave plano inclinado al tocar el
llano, y está flanqueada por un elevado cerro al este y
por un morro destacado al oeste, que desde entonces se
llamó de "Las tórtolas cuyanas". Si los
enemigos hubiesen ocupado esta fuerte posición, habrían
dificultado la marcha de O'Higgins; pero el avance de
los Granaderos no les dio tiempo para ello, aunque lo
intentaron. En un principio destacaron una guerrilla
sobre el morro del oeste o de las Tórtolas, que puede
contornearse por barrancos que son como caminos
cubiertos; pero fue contenida por una compañía
dispersa en tiradores, mientras un escuadrón impedía
el aproche (sic) del cerro del este y los dos
escuadrones restantes ocupaban el espacio intermedio. En
ese momento las dos piezas situadas sobre la derecha
realista, rompieron un vivo fuego a bala, y el coronel
Zapiola, considerando inútil exponer su tropa a
descubierto, tomó una posición más segura a
retaguardia. Eran las 11 de la mañana. En ese momento
llega el ala izquierda con O'Higgins a su cabeza, ocupa
a paso de trote la boca de la quebrada y despliega en línea
de masas sus batallones dejando en reserva los
Granaderos plegados en columna.
Éste
fue el preliminar de la batalla.
BATALLA
DE CHACABUCO
O'Higgins,
al ver retirarse la vanguardia realista perseguida por
los Granaderos, pidió autorización para esforzar la
persecución a fin de impedir se reorganizase al pie de
la cuesta, y el general se la dio, pero recomendóle que
no empeñase la acción, pues su papel era meramente
concurrente y sólo debía comprometerla cuando la
columna de Soler hubiese ejecutado el movimiento
decisivo que le estaba asignado.
O'Higgins
era un héroe en el combate, pero carecía de las
cualidades del general y de la sangre fría de un jefe
divisionario, estando además animado de pasiones
tumultuosas que lo precipitaban, como él mismo lo ha
dicho disculpándose; así es que, arrastrado por el movimiento impetuoso que imprimió a sus tropas, olvidó lo
acordado en la junta de guerra y las prevenciones del
general en jefe, y tomó imprudentemente la ofensiva no
obstante la inferioridad numérica de su fuerza.
Apenas
la columna de infantería argentina hubo pisado el último
plano de la "Cuesta Vieja", desplegó su línea
sobre la boca de la quebrada, según queda explicado.
Enseguida
se adelantó hasta el llano buscando campo para
desplegar, y trabóse inmediatamente un combate de
fuegos de posición a posición dentro del tiro de
fusil, que se prolongó por más de una hora. A las
primeras descargas cayó muerto Elorreaga, que mandaba
el ala derecha del ejército realista y que constituía
su nervio, experimentando por su parte algunas pérdidas
los argentinos. La acción estaba parcialmente empeñada,
y el ataque concurrente se convertía en principal, pero
sin prometer un resultado inmediato.
La
situación era crítica, pues si la retirada tenía sus
peligros, el avance era temerario, y cuando menos inútil
aun triunfando, pues según el plan combinado, los
realistas estaban irremisiblemente perdidos desde que
habían aceptado la batalla dentro de un recinto sin
retirada. Si el general español hubiese tenido
iniciativa, habría podido llevar en aquel momento un
ataque entajoso; pero se limitó a amagar débilmente
los flancos de su contrario con guerrillas que fueron
rechazadas, sosteniendo pasivamente el
fuego de fusil y de cañón.
Por
su parte O'Higgins, con sus instintos heroicos, y
deseoso tal vez de decidir por sí solo la victoria sin
el concurso de Soler con quien estaba enemistado, ordenó
el avance repitiendo las históricas proclamas del Roble
y de Rancagua: "¡Soldados! ¡Vivir con honor o
morir con gloria! ¡El valiente siga! ¡Columnas a la
carga!" Los tambores dieron la señal con el toque
estremecedor de calacuerda, y lanzóse a paso acelerado
en columnas de ataque con 900 bayonetas, de los
batallones 7 y
8 mandados por Conde y Crámer contra 1.500 infantes
bien posesionados y sostenidos por artillería,
ordenando a Zapiola que con los Granaderos procurase
penetrar por su derecha sobre la posición enemiga.
Los
batallones argentinos marcharon valerosamente a la carga
sin disparar un tiro, inflamados por las palabras y el
ejemplo del general; pero antes de llegar a la falda de
los cerros que ocupaban los enemigos, encontráronse con
el obstáculo del arroyo que baja del barranco en que éstos
apoyaban su derecha, a la vez que las piezas situadas en
este punto los tomaban por el flanco y la fusilería los
quemaba dentro de la zona peligrosa del punto en blanco
por el frente.
A
pesar de esto, hicieron tenaces esfuerzos para arrebatar
la posición; pero no
pudiendo salvar el perfil de la barranca en que
estaban acordonados los realistas, hubieron de
retroceder en desorden a su primera posición de la boca
de la quebrada en que se rehicieron fuera del alcance de
los fuegos. Por su parte los Granaderos habían
intentado en vano penetrar
por entre el flanco izquierdo del centro enemigo y el
mamelón en que apoyaba este costado, que era un
verdadero castillo, y volvieron en orden a situarse tras
el morro de "Las tórtolas cuyanas".
San
Martín, contando llevar la victoria en el bolsillo y a
la espera del desenvolvimiento de su plan, que no sólo
se la aseguraba sino que le prometía la rendición del
enemigo, llegó a temer por la suerte de la división de
O'Higgins al verla imprudentemente comprometida contra
sus órdenes, y extendiendo el brazo hacia la
"Cuesta Nueva", en la actitud en que lo
representa su estatua ecuestre, gritó a su ayudante de
campo Álvarez Condarco: "Corra usted, y diga al
general Soler, que cargue lo más pronto posible sobre
el flanco del enemigo". Enseguida, lanzó su
caballo cuesta abajo con toda la velocidad que permitía
lo escabroso del terreno, y llegó a la boca de la
quebrada en circunstancias en que O'Higgins se había
adelantado otra vez sobre el llano con el propósito de
renovar el combate, y ya no podía retroceder. Era la
una y media del día.
A
esa hora notóse que la línea enemiga vacilaba, y que
algo extraordinario pasaba en sus filas. Era que la
vanguardia del ala derecha argentina, cuyo movimiento no
había alcanzado Maroto, desembocaba al valle de
Chacabuco y avanzaba a paso de trote y al galope sobre
la izquierda de la posición. E1 momento decisivo había
llegado.
JUICIOS
ACERCA DE LA BATALLA
DE
CHACABUCO
Lanzadas
de nuevo las columnas de O'Higgins al ataque, San Martín
ordenó a los tres escuadrones de Granaderos mandados
por los comandantes Melián, Manuel Medina y mayor
Nicasio Ramallo, con Zapiola a su cabeza, dieran una
carga a fondo hasta chocar con la caballería realista
situada a la izquierda de la retaguardia enemiga.
El
escuadrón de Medina, pasando atrevidamente por un claro
de la línea de infantería en marcha, cayó sobre la
izquierda del centro enemigo acuchillando a sus
artilleros sobre sus cañones, mientras Zapiola con los
otros dos penetraba por su costado derecho, al mismo
tiempo que los batallones núm. 7 y núm. o encabezados
por O'Higgins tomaban a la bayoneta la posición. Los
fuegos del mamelón se habían apagado, y la infantería
realista formaba cuadro en el centro de su campo.
Simultáneamente
el coronel Alvarado, que con el batallón núm. 1
llevaba la vanguardia
del ala derecha argentina, desprendía dos compañías
al mando del capitán Lucio Salvadores, y teniente
Zorrilla que se apoderaban del mamelón, matando a
Marqueli que lo sostenía. Necochea con el escuadrón
Escolta, sostenido por el 4. de Granaderos de Escalada,
penetraba por la retaguardia y arrollaba a la caballería
realista por la izquierda a la vez que Zapiola ejecutaba
idéntica maniobra por el otro extremo.
Todas
las fuerzas vencedoras convergieron sobre el cuadro, que
en menos de un cuarto de hora fue hecho pedazos, retirándose
sus últimos restos dispersos a la hacienda de Chacabuco
por entre los cerros de su espalda. Allí encontraron
cortada su retirada por la división de Soler que ya
ocupaba el valle, y pretendieron hacer resistencia
parapetados tras las tapias de la viña y del olivar
contiguo, pero fueron rendidos a discreción. Los que
buscaron su salvación
huyendo
por el estero y en la prolongación del valle hacia el
sur, fueron exterminados
en
la persecución, quedando el camino sembrado de muertos
desde Chacabuco hasta cerca del portezuelo de Colina.
Los sables afilados de los Granaderos hicieron estragos:
en el campo de batalla encontróse un cráneo dividido
en dos partes y el cañón de un fusil tronchado como
una vara de sauce.
TROFEOS
DE CHACABUCO
Los
trofeos de esta jornada, fueron: 600 prisioneros, su
mayor parte de infantería; la artillería, un
estandarte y dos banderas; el armamento y parque de los
vencidos y la restauración de la revolución chilena.
Las
pérdidas realistas fueron: 600 muertos.
Las
pérdidas de los argentinos fueron: 12 muertos y 120
heridos; lo que demuestra numéricamente, que si el plan
de San Martín se hubiese ejecutado punto por punto,
como pudo y debió hacerse, la batalla habría terminado
por una rendición del enemigo, sin la inútil aunque
escasa efusión de sangre que causó la temeridad de
O'Higgins, quien sin embargo fue el héroe del día,
como combatiente.
BOLETIN
DE CHACABUCO
El
general vencedor al dar cuenta de esta victoria
compendiaba su memorable empresa en estos concisos términos:
«Al ejército de los Andes queda la gloria de decir: EN
VEINTICUATRO DIAS HEMOS HECHO LA CAMPANA, PASAMOS LAS
CORDILLERAS MÁS ELEVADAS DEL GLOBO, CONCLUIMOS CON LOS
TIRANOS Y DIMOS LA LIBERTAD A CHILE"
GLORIA
DE CHACABUCO
El
mérito militar de la batalla de Chacabuco consiste
precisamente en lo contrario de lo que constituye la
gloria de las batallas. Resultado lógico de las hábiles
combinaciones estratégicas de la invasión, estaba
ganada por el General antes que los soldados la dieran,
respondiendo a un plan metódico en que hasta los días
estaban contados y los resultados previstos. Fue una
sorpresa a la luz del día en que nada se libró al
acaso.
El
hecho de batir a una fuerza menor con otra mayor, - que
es el primer resultado que se busca en la guerra para
triunfar con seguridad -, fue la consecuencia necesaria
de los ardides y movimientos calculados que la
precedieron, dando a ciencia cierta al enemigo un golpe
de muerte y apoderándose en un solo día del territorio
invadido, y esto con la mayor economía de tiempo, de
medios, de sangre y de esfuerzos.
Con
más precisión táctica que la batalla de Hohenlinden -
que en algo se le parece -, tiene la originalidad de un
plan que se adapta a un terreno, en que las operaciones
se encierran dentro de líneas matemáticas, a la manera
de un problema geométrico con su método riguroso de
solución. Habría dado por resultado - como se ha
visto- una rendición completa, tal vez con una sola
carga, si el plan hubiese sido ejecutado
puntualmente, bastando asimismo que él se
desenvolviese en parte en las condiciones más
desventajosas para asegurar una victoria decisiva.
Por
lo tanto, puede presentarse como un modelo clásico del
arte militar, en que la habilidad debilita al enemigo y
lo desmoraliza, la previsión asegura el éxito final, y
la inteligencia es la que combate en primera línea,
interviniendo la fuerza como factor accesorio.
Como
acontecimiento político y en relación con los destinos
americanos, su importancia es mayor aún, como lo han
reconocido los primeros historiadores y hasta los mismos
adversarios vencidos. Ella dio la primera señal de la
guerra ofensiva de la independencia sudamericana, y
conquistó para siempre su sólida base de operaciones
en el mar y las costas del Pacífico. Dio sobre todo, el
ejemplo del plan de campaña continental a la revolución
del nuevo mundo emancipado, aislando al poder español
en sus colonias dentro del estrecho recinto del Perú,
donde había de ser vencido en palenque cerrado por
efecto de su impulsión inicial.
Salvó
a la revolución argentina de su ruina y contuvo la
invasión que la amenazaba por el Alto Perú,
suprimiendo un enemigo peligroso que la amenazaba por el
flanco, y dio le expansión, sin lo cual habría tal vez
sido sofocada en su cuna. Fue la primera batalla
americana con largas proyecciones históricas.
El
virrey del Perú, Pezuela, confiesa que marcó el
momento en que la causa de España empezó a retrogradar
en América y su poder a ser conmovido en sus
fundamentos. "La desgracia que padecieron nuestras
armas en Chacabuco, poniendo el reino de Chile a
discreción de los invasores de Buenos Aires, trastornó
enteramente el estado de las cosas, fue el principio de
restablecimiento para los disidentes, y la causa
nacional retrogradó
a
gran distancia, proporcionando a los disidentes puertos
cómodos donde aprestar fuerzas marítimas para dominar
el Pacífico. Cambióse el teatro de la guerra: los
enemigos trasladaron los elementos de su poder a Chile,
donde con más facilidad y a menos costa podían
combatir al nuestro en sus fundamentos".
Un
historiador español, general que a la sazón militaba
bajo las banderas del rey, sintetiza sus resultados
generales con tanta tristeza como concisión. "La fácil
pérdida del reino de Chile fue un suceso de inmensa
trascendencia para las armas españolas" (17).

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