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Logística y organización
LOS
MILICIANOS CON LAS ZORRAS
Había
caminos por los que era absolutamente imposible
arrastrar la artillería. San Martín no ignoraba esta
realidad y así se explica el que hiciera retobar todas
las piezas con cueros vacunos, así para que no se
deterioraran en la posibles caídas y golpes, como para
poder sujetarlas más fácilmente con cuerdas y sogas, y
poder así llevarlas alzadas sobre el suelo, en los
caminos estrechos, y para poder descenderlas y subirlas
con cabrestantes en los pasos difíciles. Por el camino
de Uspallata, el más corto y el menos arriesgado de los
caminos seguidos por el ejército de los Andes, se
llevaron así 16 cañones de calibres diversos, según
refería después San Martín y nos informa, además,
que "eran conducidas por 500 milicianos con zorras
y mucha parte del camino a brazo y con el auxilio de
cabrestantes para las grandes eminencias" , así
para subirlas como para bajarlas.
Es
imponderable lo que estas operaciones exigían de
hombres cansados y fatigados, sobre todo en las cercanías
de la cumbre, cuando la puna los tenía a todos ellos,
con poquísimas excepciones, desalentados, medio
asfixiados, con terribles dolores de cabeza y de oídos,
con angustias en todo el diafragma, incapacitados de
agacharse y aun de subir una pendiente suave, casi
plana. A excepción de muy pocos, no eran hombres
habituados a esas alturas.
PUENTE
ARMABLE Y DESARMABLE
Para
cruzar los ríos colmados de agua, fue necesario llevar
un puente, armarlo y desarmarlo cada vez que se usara.
Era un puente de maronas, de una extensión de cuarenta
metros, utilizable en todos los pasos difíciles, sobre
todo en el cruce de ríos cajones. Los milicianos
tuvieron que cargar también con el traslado de dos
anclotes. "Se llevaban, escribe Espejo, para suplir
las funciones de cabrías o cabrestantes en los grandes
precipicios, adhiriéndose aparejos o cuadernales de
toda clase o potencia, según los casos".
Espejo
indica que no fue necesario usar los anclotes para
salvar los cañones, aunque sí para salvar la carga de
las mulas, que caían a los abismos menos profundos,
pero sabemos por Beltrán que en las cortaderas un cañón
rodó al abismo y fue rescatado sin otros perjuicios que
la ruptura del eje y que más de treinta cargas fueron
igualmente rescatadas.
No
nos consta, pero suponemos, que en puntos de ascenso tan
marcados como los de Picheuta y Puente del Inca, y en
descensos tan vertiginosos como el de Caracoles, si no
los anclotes, ciertamente las cabrías debieron de ser
sumamente serviciales. Tan empinado es el ascenso hasta
la cumbre como precipitado el descenso, una vez pasada
la misma. Las ochenta y seis vueltas cerradas en la
cuesta de los Caracoles "parecen estrangular el
camino entre el abismo y la montaña", y por eso
debió ser "penoso el descenso de la columna del
general Las Heras". No hay que olvidar que para
pasar por el llamado Paso de la Iglesia, tuvo que subir
novecientos metros más arriba del túnel, que ahora
utilizan, así los trenes como los autos.

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