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Cancharrayada
Observando
las maniobras de los patriotas posteriores a Chacabuco,
y convencidos de su gran superioridad, los españoles
celebraron al oscurecer una junta de guerra en la sala
capitular del convento de los dominicos.
Todos
fueron de opinión de que una batalla campal les sería
adversa; pero unánimemente se pronunciaron por la
resistencia. Osorio, que desde que emprendió su
retirada de Camarico se inclinaba a retroceder hasta
Talcahuano, propuso continuarla hasta este punto,
reembarcarse en él con el grueso del ejército según
el plan trazado con el virrey, para efectuar la invasión
por Valparaíso, cubriendo la línea del Maule con un
cuerpo de observación que ocultase este movimiento.
Ordóñez
combatió enérgicamente
este plan, y demostró, que aun siendo bueno, era
imposible, por cuanto antes de atravesar el Maule serían
irremisiblemente destruidos y activamente perseguidos
por una caballería superior en
número y calidad; opinó que sólo un golpe de
audacia podía salvarlos, haciendo una salida durante la
noche, para caer de sorpresa sobre el campo enemigo, y
ofrecióse a ejecutar personalmente la empresa. La mayoría
de los jefes apoyó este parecer.
Osorio,
irresoluto, difirió su voto, manifestando que su
esperanza estaba en el favor del cielo y en la
intervención de la virgen del Rosario, patrona jurada
de las armas españolas, y se retiró a orar en la
iglesia del convento.
SORPRESA
EN CANCHARRAYADA
A
las 7.30 de la noche revistaba Ordóñez la columna
expedicionaria, y la proclamaba infundiéndole su
heroico espíritu. A las 8, desplegaba la línea de
masas en el llano de Cancharrayada en tres divisiones
centrales de dos batallones cada una y dos escuadrones
de caballería en ambas alas.
Tomó
el inmediato mandode la columna central con el
"Burgos" y el "Arequipa"; dio el de
la derecha, compuesta de las compañías y Granaderos, a
Primo de Rivera, y el de la izquierda con el
"Concepción" y el "Infante don
Carlos" al coronel Bernardo Latorre. En este orden,
hizo la señal de marcha y avanzó silenciosamente en
medio de la oscuridad, guiándose por los fuegos del
campo patriota, que el general O'Higgins había hecho
encender a vanguardia de las líneas para alumbrar el
terreno.
La
columna de la derecha, que era la más avanzada en razón
de la menor distancia que recorría por la oblicuidad de
la línea en su punto de partida, recibió los fuegos de
la partida de caballería patriota que dio la señal de
alarma. El resto aceleró su marcha, y siguió en
perfecto orden con resolución y confianza. Al
aproximarse a la altura en que al anochecer habían
visto formada la primera línea patriota, encontraron
desocupado el terreno, y a poco andar fueron recibidos
por sucesivas descargas cerradas que les derribaron más
de cien soldados muertos y varios oficiales, y entre
ellos el coronel del "Concepción", Juan José
Campillo. Era O'Higgins que resistía con la segunda línea.
Casi
al mismo tiempo otra descarga recibía el extremo
izquierdo de la línea atacante, que venía más
atrasada. Era una compañía destacada por Las Heras, al
mando del capitán Deheza, que con arreglo a sus
instrucciones apagaba sus fuegos y se replegaba a la
nueva posición de la división derecha. Hubo un momento
de vacilación en las filas españolas, y sin la
presencia de espíritu de Ordóñez que se puso a su
cabeza y alentó a todos con su ejemplo cargando intrépidamente
a la bayoneta, tal vez hubieran desistido de su empresa.
El
general O'Higgins, a la cabeza de los batallones núm. 1
de Cazadores y 7 de los Andes y el núm. 2 de Chile, que
formaban la segunda línea, sostuvo con denuedo el
desigual combate, cayendo muerto de un balazo el caballo
que montaba y recibió una herida en el codo, a tiempo
que subía sobre otro que le presentaba uno de sus
ayudantes. Desde este momento, todo fue confusión en el
campo patriota.
La
artillería de la izquierda quedó abandonada, los
Granaderos a caballo despertados al ruido de las
descargas se dispersaron poseídos de pánico. La
caballería de la derecha se replegó en desorden al
cuartel general situado más a retaguardia en la falda
occidental de los cerrillos. El batallón núm. 1 de
Chile que ocupaba el centro, se desorganizó, y replegóse
sobre el núm. 8 que formaba la reserva, siendo recibido
a balazos en los primeros momentos por considerarlo
enemigo.
El
comandante Alvarado que con el núm. 1 de Cazadores de
los Andes cubría la izquierda, considerando inútil
toda resistencia en la posición que ocupaba, tuvo la
inspiración del momento: mandó avanzar de frente
inclinándose sobre
su derecha, dio un rodeo, y pasando atrevidamente por el
flanco derecho del enemigo se corrió por su retaguardia
en busca del ala derecha cuya nueva posición
conocía, y al aproximarse sufrió una
descarga que le. derribó 24 hombres; pero
reconocido luego como amigo, se incorporó a ella. El núm.
2 de Chile, mandado por el mayor José Rondizzoni,
distinguido oficial italiano del ejército de Napoleón,
que ocupaba el extremo opuesto, tuvo la misma inspiración,
y describiendo una curva a retaguardia fue a reunirse
con Alvarado sobre el flanco izquierdo del enemigo.
Ordóñez,
prosiguiendo su victoria trepó por su extremidad sur
los cerrillos de Baeza y mandó romper el fuego en todas
direcciones, esparciendo el espanto en las informes
masas contrarias. Las balas del cerro llegaban hasta el
cuartel general situado al pie, y una de ellas mató al
lado de San Martín, a su ayudante Juan José Larrain,
miembro de la patriota familia chilena del mismo nombre,
que lo acompañaba como voluntario.
El
general, despechado, se negaba a alejarse del fuego, y
parecía haber perdido su habitual sangre fría; pero
pronto reaccionó sobre sí mismo y comenzó a dictar
con precisión las órdenes convenientes para salvar al
menos las reliquias de su disuelto ejército, mandando
retirar la reserva y concentrarse en el cerrillo del
norte, y al efecto empeñó un corto y desordenado
combate; pero vióse muy luego obligado a ponerse en
retirada con los dispersos, perseguido muy de cerca.
O'Higgins
le siguió con el resto de su división y la artillería
de reserva, y ambos atravesaron sucesivamente el Lircay
en la noche. Todo parecía perdido.
FAMOSA RETIRADA DE LAS HERAS
Eran
las 11 de la noche. La luna de otoño aparecía en aquel
momento en el cielo sombrío, esparciendo una pálida
claridad sobre el campo antes ocupado por el ejército
argentino-chileno, que yacía en
profundo silencio.
A
la distancia se oían algunos tiros, y las carreras de
la caballería realista que perseguía a los fugitivos.
Mientras tanto, la división de la derecha que había
cambiado de posición
las 8 de la noche, reforzada con los batallones 1
de cazadores de los Andes y núm. 2 de Chile, permanecía
formada sobre la izquierda de los vencedores en la
sorpresa, abrigada al frente y al flanco por el barranco
antes señalado.
A
su frente se divisaba una masa negra, que permanecía
inmóvil: era un escuadrón que estaba en observación,
y que por varias veces dio el ¿quién vive? a la línea
confusa que percibía a su costado, sin acertar a
distinguiría. La división que no había podido tomar
parte en la acción permanecía en inacción y silencio.
No
tenía quien la mandase. Su jefe, el coronel Hilarión
de la Quintana había acudido en los primeros momentos a
tomar órdenes del cuartel general, y no aparecía. En
tal situación, los jefes en junta de guerra,
resolvieron ponerse bajo las órdenes del coronel Las
Heras, como el más caracterizado y el más capaz de
salvarlos.
Las
Heras, asumió el mando con serenidad, penetrado de su
gran responsabilidad. Pidió una noticia verbal de la
fuerza, y resultó que podía contar con 3.500 hombres.
Mandó preguntar al comandante Blanco Encalada, jefe de
la artillería, cuál era su estado y le fue contestado
que no tenía ni un cartucho por pieza, por haber
agotado sus municiones en el
cañoneo de la tarde. No contaba, pues, con
artillería, ni tampoco con un solo soldado de caballería.
La situación era apurada; perro tenía cinco batallones
de infantería intactos con cincuenta tiros en la
cartuchera, y esto bastaba para pelear en caso
necesario. Dispuso entonces que la artillería, que
ocupaba el flanco derecho, pasase a vanguardia para
ponerla a salvo. Con los batallones 11
y 7 de los Andes, Cazadores de Coquimbo y núm. 1
de Chile, formó una columna en masa, pregonando a la
sordina un bando de pena de la vida al que se separase a
diez pasos de los flanqueadores.
A
retaguardia, colocó el batallón núm. 1
de Cazadores de los Andes para cubrir la
retirada. En esta disposición, rompió la marcha, a las
12.45 de la noche, siguiendo el camino de Talca a
Santiago recorrido en la tarde por el ejército español,
y atravesó el Lircay, perseguido por el escuadrón
realista, al que contuvo con su actitud en el vado.
Al
amanecer el día 20 la columna de Las Heras se hallaba a
26 kilómetros del campo de batalla. Dio una hora de
descanso a su tropa, y pasó una revista, resultando de
ella que en la noche se habían dispersado como 500
hombres. A las 10 de la mañana continuó su marcha y a
poco andar se encontró con algunas municiones de
artillería extraviadas, con las cuales dotó sus
piezas, disponiéndolas convenientemente a los flancos y
la retaguardia de un cuadro de columnas, que circundó
por cortinas de tiradores, formadas al efecto. Hacía
dos días que no comían.
Dos
soldados acosados por el hambre separáronse de la
columna y robaron una gallina. En cumplimiento del
terrible bando, fueron fusilados en el acto, y la
columna pasó a tambor batiente sobre sus cadáveres. A
las 5 de la tarde llegó a Quechereguas, en cuya
hacienda se fortificó en disposición de resistir todo
ataque. A las 12 de la noche, atravesó el Lontué, y el
21 al amanecer acampaba sobre la margen derecha de este
río y continuó su fatigosa retirada.
A
medio día llegó al estero de Chimbarongo, y allí tuvo
noticias de que el general San Martín unido con O’Higgins
se hallaba en San Fernando, reorganizando el batallón núm.
8 y reuniendo la caballería que había cruzado en
desbande el Lontué.
RETIRADA
DE SAN MARTIN
El
general salió al encuentro de la columna de Las Heras,
para darle las gracias por su
valeroso comportamiento, dirigiéndole palabras
de aliento, que fueron contestadas con
aclamaciones, y ordenó al coronel que continuase
su marcha hacia Santiago. De regreso a San
Fernando,
encontró allí a O'Higgins, presa de la fiebre, a
consecuencia de la herida, que se disponía a pasar a la
capital para reasumir el mando.
El
cirujano Paroissien, que lo curaba, decíale, que
mientras estuviesen en pie las Provincias Unidas no había
por qué perder la esperanza. O'Higgins le contestaba
con entereza, que mientras tuviera un soldado, pelearía
en Chile.
En
cuanto a San Martín, escribió desde allí su conciso
parte de la derrota en términos francos y varoniles:
"Acampado el ejército de mi mando en las
inmediaciones de Talca, fue batido por el enemigo, y
sufrió una dispersión casi general, que me obligó a
retirarme. Me hallo reuniendo la tropa con feliz
resultado, pues cuento ya 4.000 hombres desde Curicó a
Pelequén.
Espero
muy luego juntar toda la fuerza y seguir mi retirada
hasta Rancagua. Perdimos la artillería de los Andes,
pero conservamos la de Chile". Los caracteres se
ponían a prueba y reaccionaban contra la derrota.
El
director Pueyrredón al recibir la noticia escribía
desde las márgenes del Plata: "Nada de lo sucedido
en la poco afortunada noche del 19 vale un bledo, si
apretamos los puños para reparar los quebrantos. Nunca
es el hombre público más digno de admiración y
respeto, que cuando sabe hacerse superior a la
desgracia, conservar su serenidad y sacar todo el
partido que quede al arbitrio de la diligencia. Una
dispersión es un suceso muy común, y la que hemos
padecido cerca de Talca, será reparada en muy poco
tiempo".
La
jornada de Cancharrayada costó poca sangre. Los
patriotas habían perdido como 120 muertos, además de
los dispersos y prisioneros, 22 piezas de artillería,
cuatro banderas y todo su parque; pero el núcleo del ejército
argentino-chileno estaba salvado, y con él la causa de
la independencia americana, que habría sucumbido de
haberse posesionado entonces los españoles de Chile. La
pérdida del ejército realista fue mayor en muertos y
heridos, pues pasó de 200 hombres, y su dispersión fue
igualmente considerable, de manera que se halló en la
imposibilidad de aprovechar inmediatamente su victoria,
quedando lleno de cuidados por la retirada de la columna
de Las Heras.
EL
PAVOR DE CANCHARRAYADA
La
noticia del desastre de Cancharrayada llegó a Santiago
en la tarde de 21 de marzo,
propagada por los principales jefes de cuerpo del
ejército, y entre ellos el mariscal Brayer, jefe del
estado mayor.
Todo
lo daban por perdido. Se daba a San Martín por muerto;
y algunos aseguraban haber visto su cadáver. O´Higgins
mortalmente herido. Todo estaba perdido, según ellos.
El pavor se difundió en la población. Grupos de
mujeres levantando los brazos al cielo y mesándose los
cabellos y hombres de todas las clases se reunían en la
plaza pública, y se dispersaban llenos de consternación.
En
los barrios apartados se oían gritos aislados de ¡viva
el rey! y se anunciaba en voz baja la próxima llegada a
la capital de su ejército triunfante. Los más cobardes
se disponían a emigrar a Mendoza o fugaban a refugiarse
en los buques de Valparaíso. La aparición de cincuenta
hombres del enemigo habría bastado para rendir la
plaza.
Los
realistas, llenos de júbilo, y algunos notables de la
aristocracia chilena para congraciarse se apresuraban a
abrir comunicaciones con el vencedor, y uno de ellos
mandó preparar un caballo de gala con herraduras de
plata para ser presentado al general Osorio en su
entrada triunfal. Aquella noche nadie durmió en
Santiago.
PANICO
DE CANCHARRAYADA
El
gobierno, conturbado, no acertaba a dictar medidas, y
mandaba construir una fortaleza en la estrechura de
Payne, según el tradicional plan militar de 1812 y
1814, para contener la marcha del enemigo, a la vez que
hacía retirar al norte los caudales públicos para
ponerlos a salvo.
El
director delegado de la Cruz, hombre más de
administración rutinaria que de gobierno en
circunstancias extraordinarias, se afanaba, empero, en
hacer frente a la situación, allegando elementos
militares.
Al
efecto, mandó reconcentrar el batallón chileno de
Infantes de la Patria y la
artillería que guarnecía a Valparaíso, y
reunir la guardia nacional de infantería y caballería
de la capital, Quillota, Melipilla, Aconcagua y Petorca,
mientras recibía noticias oficiales para darles dirección.
No encontrando inspiraciones dentro de sí mismo para
levantar el espíritu público abatido, convocó un
cabildo abierto, a que fueron citadas las corporaciones
civiles y los notables de la ciudad. La reunión tuvo
lugar el 22 por la mañana, en momentos que se recibía
la noticia de hallarse San Martín en San Fernando
reuniendo sus dispersos. El Director delegado que la
presidía, manifestó los peligros de la situación y su
resolución de poner en juego todos los elementos para
hacer frente a ellos.
Interpelado
por él, Brayer que se hallaba presente, para que como
actor en la sorpresa de Cancharrayada expusiese su opinión,
el general, después de titubear un momento, contestó
que "no había esperanza de reaccionar contra la
derrota sufrida.
"
Todos quedaron mudos y consternados ante esta declaración
del famoso mariscal de Napoleón. Entonces se levantó
la voz de don Tomás Guido, que en su calidad de
representante del gobierno argentino había sido
invitado a tomar parte en la deliberación. "No
puede juzgar, - dijo -, del estado del ejército en
retirada, el que ha dejado el campo bajo la impresión
de un desastre.
Yo
puedo asegurar que el general San Martín, aunque
obligado a replegarse, dicta las más premiosas órdenes
para la reconcentración de sus tropas. No hay, pues,
razón para temer que no veamos pronto a nuestro ejército
en estado de combatir y de conquistar la victoria con el
apoyo y energía del país, decidido a todo sacrificio
para sostener su independencia".
A pesar de estas confortantes palabras, la reunión se
disolvió perpleja sin tomar resolución alguna, poseída
de un desaliento que deprimió más el estado de la
opinión.
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